Por MERCEDES ROZENTAL (*)
El Día de la Discapacidad permite hacernos preguntas como ¿qué conmemoramos?, ¿cuál es el objetivo?, ¿de qué queremos dar cuenta?, ¿por qué es necesario? Ellas nos llevan a cuestionar en qué pensamos cuando hablamos de personas con discapacidad. En nuestra vida cotidiana solemos encontrar dos universos conceptuales. Por un lado, lo dependiente, incapaz, improductivo, y por otro, la superación y lo angelical. En ambos casos, se abre una pregunta, ¿dónde está la persona?, ¿quién es?, ¿qué desea?.
La Convención Internacional sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad adopta la perspectiva de derechos humanos y los legitima desde el paradigma de autonomía personal. Nuestro país la ratificó con la Ley 26.378 en 2008 y le otorgó jerarquía constitucional en 2014 a través de la Ley 27.044. La Convención representa el marco filosófico y normativo que origina los fundamentos de toda práctica respetuosa del lema “Nada sobre Nosotros sin Nosotros”.
Habilitar nuestra capacidad de sorpresa y de creatividad resulta clave para poder relacionarnos con lo que las personas atraviesan, desean y necesitan, con lo que las personas son. Ahí donde se explicará la exclusión por el déficit debemos comenzar a buscar respuestas en el entorno: ¿es accesible?, ¿cuenta con los apoyos necesarios?, ¿es la protagonista de su propia vida?, ¿se la llama por su nombre?, ¿hablamos con la persona y no con su acompañante o asistente?
La naturalización del modelo médico nos lleva a una equivalencia indiscutida, discapacidad es igual a déficit, incapacidad. Este modo de conceptualizar funda una respuesta comunitaria particular, caracterizada por posicionar a las personas con discapacidad por fuera, habilitando relativizar el cumplimiento de los derechos en igualdad de condiciones con los demás.
En tanto parte de una sociedad, todos somos agentes de reproducción o de trasformación. Contrastar nuestros representaciones es el ejercicio que nos permitirá cuestionar aquello que reproducimos aún sin saber que lo hacemos. En este sentido, siempre podemos “desafiar los prejuicios” promoviendo la diversidad como la mayor riqueza humana.
El cambio de paradigma resulta de una multiplicidad de acciones, entre las que se encuentra romper con los estereotipos que impiden al colectivo de personas con discapacidad formar parte de nuestra comunidad con equidad. El modelo social abre un camino de implicaciones colectivas sobre los procesos de inclusión, incorporando en su definición las barreras físicas, comunicacionales o actitudinales construidas y sostenidas por el entorno.
La inclusión es un proceso sin fin, que en la actualidad tiende a expandirse. Debido a la mayor toma de conciencia el rol protagónico de las personas con discapacidad y las experiencias positivas y concretas, los entornos se transforman de una vez y para siempre.
Una sociedad inclusiva es de y para todos, porque sienta sus bases en celebrar la diversidad. Visibilizar el “Día Internacional de las Personas con Discapacidad” invita a hacer correr la voz de la convicción de la inclusión. Porque mientras la pretensión de lo homogéneo sea la norma, la exclusión permanecerá invisibilizada. Así, el acto de interpelarnos en la reproducción circular de las representaciones culturales será revolucionario. Todos debemos ser agentes de transformación porque la vida de las personas es ahora. El tiempo del cambio cultural es hoy.
(*) Licenciada en Psicología
SUSCRIBITE a esta promo especial