Flor Vigna esperó mucho para estar en el “Bailando”. Durante sus tres años como capitana del Equipo Rojo en “Combate”, el éxito juvenil del que Tinelli extrae cada vez más figuras, sus fans insistieron mucho para verla en la pista y, finalmente, en 2016 logró ingresar como bailarina de Peter Alfonso: hoy, es bicampeona del certamen más popular del país.
La vida de la bailarina, gimnasta y actriz rubia está marcada por historias de perseverancia: desconocida para el gran público hace apenas dos temporadas, hoy es una de las estrellas del medio, y eso que por personalidad no ha buscado polémicas y escándalos por un puñado de votos telefónicos. O quizás, justamente sea allí donde Flor ha construido su base de fieles seguidores que el lunes inclinaron la balanza para coronarla reina de la pista: por su frescura, por su tranquilidad, Vigna se ha convertida en ídola de miles de chicos. “Depende de uno poner la vara y dar un mensaje de no agresión entre nosotros. Son chicos de una edad donde todos es muy sensible. Somos una especie de ejemplo”, dice: ese ejemplo le permitió que el público la salvara en cuartos de final y que a pesar de que el jurado había dado todos los puntos de los cuatro ritmos a la pareja rival, Piquín-Rinaldi, en semis, fuera otra vez el voto telefónico (por duplicado: para empatar primero en 4 el puntaje, y para desempatar después) el que la llevara a la final.
INFANCIA DIFÍCIL
La fuerza de Vigna se ve reflejada en las redes, donde la sigue más de un millón y medio de personas que la han consagrado como una “it girl” de clase popular, una ídola que como la audiencia sabe lo que es lucharla: criada en Floresta, donde todavía viven las amigas que la bajan a tierra, Flor tuvo una difícil infancia en el seno de una familia de clase media baja donde abundaba la violencia familiar.
Flor fue testigo de momentos de peleas, golpes y violencia psicológica. Su madre estaba además ausente durante casi todo el día, juntando el mango, y aunque hoy se arrepiente de esa ausencia, aquellos eran días donde el esfuerzo era crucial para mantener abierta la perfumería y brindar un futuro mejor a sus hijos.
“Soy de clase media baja, salí a remarla como otros lo hacen y encontré personas que tuvieron vida difíciles que les ayudó sumarse a esa disciplina”, contó Flor, y esa propensión al esfuerzo se nota en la ajetreada agenda que manejó toda su vida, entre estudios y proyectos. Vigna recordó también que “los primeros dos años de mi vida no teníamos casa y dormíamos en el negocio familiar. Mis viejos tenían una especie de kiosco, pero en realidad vendían todo lo que les hacía falta a los vecinos. Me acuerdo que había una pila de pañales, de esos que vienen en bolsas de un metro y medio, y jugábamos a la lucha con mi hermano Migue ahí. La pasábamos genial, no es que tengo un mal recuerdo. Eso sí: mis papás laburaban hasta en Navidad y Año Nuevo. Hubo mucho esfuerzo de parte de ellos. Eran dos chicos que no tenían nada pero que igual siempre nos dieron todo”.
Y ya en aquellos años, la rubia de los abdominales de acero ya mostraba su inclinación artística: desde su más tierna infancia Flor se alejaba de los problemas cursando talleres artísticos o refugiándose en un centro cultural. “Flor desde chica buscaba ser lo que quería ser. Desde chica se motivó sola. Se iba en bicicleta a todos lados y mostró que iba a tener un carácter fuerte’, dijo la mamá en una entrevista, recordando “a esa niña de 5 años que bailaba Lari-larie de Xuxa o los temas de Caramelito pase lo que pase. A esa adolescente que esperaba fin de año para la muestra en el club de coreo, como si fuera el Luna Park de su vida”.
DÍAS DE ACADEMIA
La mamá de Flor también recuerda lo que siguió, a esa piba “que se levantaba a las 7 para cubrir su beca en la Academia y no paraba de tomar clases y ensayar hasta la 1 de la madrugada”: la academia es la Fundación Julio Bocca, a la que ingresó becada a los 17 años. “Me hacían atender el teléfono o cambiar el papel higiénico del baño. Era la manera en la que, sin pagar, podíamos ayudar a la academia. A mí no me molestaba, todo lo contrario”, contaba de aquellos años Flor.
Vigna estudió tres años y, al borde de terminar la carrera, se le presentó la oportunidad de ser parte de “Combate”, el programa de desafíos físicos de Canal 9 que causa furor entre los jóvenes. Dudó si dejar los estudios era lo correcto, pero se lanzó, para dejar atrás los días en que, según sus propias palabras, “actuaba en teatros chiquitos” y se la “pasaba más volanteando que arriba del escenario” para que la gente la vaya a ver.
Fue el golpe de suerte que necesitaba: Flor, que por entonces estudiaba también comedia musical, no creía en los castings. Había pasado incluso por Ideas del Sur, donde le cerraron la puerta en varias ocasiones antes de convertirla en la bicampeona de su programa emblema. “No quedaba y llegaba a casa como frustrada. A veces pensaba que ya no había lugar para la gente nueva”, cuenta. Remó y remó. Se convirtió en estrella de “Combate”. Y Tinelli terminó obedeciendo el clamor 2.0 y la llevó, en 2016, a la pista. Y el resto es historia: primero campeonó con Peter Alfonso, otra fuerza de la naturaleza en cuanto a popularidad 2.0, y luego revalidó su estatus de estrella juvenil este año, ganando a fuerza de sangre, sudor y voto telefónico el concurso por segunda vez.
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