Ciento seis muertos, dice la estadística, cuando todavía faltan días para que termine 2017. Ciento seis vidas perdidas en accidente de tránsito en la Región. Muertos , en su mayoría jóvenes. Vidas innecesariamente perdidas, sin contar aquellas que quedaron marcadas para siempre, postradas o golpeadas por las gravísimas heridas recibidas también en accidentes.
Historia vieja y repetida a la que no se le encuentra solución y por la que no se percibe en las autoridades, ni municipales, ni provinciales, una preocupación seria para ponerle fin.
Las calles de la Ciudad siguen siendo territorio de nadie. Las madrugadas son un vía libre para la utilización de calles y avenidas como virtuales pistas de carreras. Los pocos controles de alcoholemia o de titularidad de motos, por ejemplo, parecen responder más a la presión social y a veces mediática, que a un convencimiento pleno de la necesidad de terminar con la lenta pero continua sangría, se reitera, de gente mayormente joven.
Las autoridades, a lo largo del año que se va, han demostrado ser muy duchas a la hora de declarar, de prometer y de anunciar planes que, o no se cumplieron, o no dieron resultado.
La Plata tiene una de las tasas de mortalidad más alta del país. Aquí, en estas calles, muere un automovilista cada 6.306 habitantes. En la ciudad de Buenos Aires, pierde la vida uno de cada 26.000. La diferencia es tan brutal que abruma.
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