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Izquierda, derecha, populismo, y las confusiones argentinas

Por Redacción

Entre las ultra simplificaciones engañosas que se han generalizado en la Argentina ocupa un lugar trascendente la aplicación de los calificativos de “derechistas” o “izquierdistas”. Las dos palabras usadas como adjetivo para partidos o líderes se utilizan a fin de confundir desmereciendo el significado de ambas términos y para peor aún se ha agregado en la actualidad un término indefinible: populismo.

Vale la pena recordar que la antigua terminología surgió de la Asamblea Nacional Constituyente luego de la Revolución Francesa de 1789 por la ubicación de los grupos parlamentarios a la derecha o a la izquierda del presidente de la Asamblea. Mayormente los ubicados en esa última posición eran republicanos y al otro lado se sentaban quienes sostenían que podía existir una monarquía constitucional. La llamada “izquierda” fue ganando poder y en 1793 su líder Maximilien Robespierre instauró el “Reino del Terror” que tal vez fue un antecedente directo del estalinismo en Rusia, considerado por muchos intelectuales como “progresista” -en términos actuales- aún cuando pactaba con la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial.

“En el país se denominan izquierdistas a grupos autoritarios que califican de derecha a quienes piensan diferente”

Pero la “izquierda” contuvo a sectores diferentes como los comunistas y otros partidarios de la “dictadura del proletariado”, también a los anarquistas que planteaban la destrucción de todo poder y a los social demócratas que consideraban que a través del sufragio era posible orientar a las sociedades en libertad hacia la igualdad de oportunidades. En la “derecha” se englobó vulgarmente a fascistas, nazis y conservadores que tampoco tenían afinidades entre si como se demostró en la férrea y decisiva oposición política y militar del conservador Winston Churchill a las potencias del eje.

En la Argentina tal vez por la ausencia de un partido socialista con peso electoral en todo el país se ha dado en llamar izquierdistas especialmente a los grupos decididamente autoritarios y que califican de derecha a quienes piensan diferente. Lo cierto que como señala la repetida frase: los extremos se unen básicamente en la concepción de que el pueblo no sabe elegir su propio destino y en la necesidad de tutelar a los ciudadanos a través de vanguardias o elites “iluminadas”. Ese es el motivo por el que desprecian las instituciones de las repúblicas con regímenes constitucionales que consagran la división de poderes y en las cuales los gobiernos dependen cada cierto período en el voto popular. Ese paternalismo, basado en un complejo de superioridad, suele culminar en dictaduras con la supresión de las libertades, el atraso económico y la más desenfrenada corrupción como ocurre en estos días en Venezuela.

La división real de nuestros días en el mundo es entre autoritarios y demócratas. Ya no puede considerarse como “progresistas” a los gobiernos de Rusia, China y otras dictaduras de diferente tipo que eran calificados como de “izquierda”. Tampoco puede ignorarse las diferencias que se imponen en los países democráticos como ocurre con los escandinavos y los Estados Unidos en los que la alternancia en el poder y la división de poderes hacen que ni líderes como el señor Trump puedan terminar con las libertades aunque si producir retrocesos en el camino hacia la igualdad de oportunidades. Por otra parte los autoritarismos de un extremo o del otro suelen parecerse tanto que el señor Putin es admirado por líderes que son calificados de “derechistas”.

Lo cierto es que aquellos términos surgidos en la Revolución Francesa han perdido significado y sólo sirven para generar confusiones y enmascarar la disyuntiva de nuestra época: autoritarismo o democracia. Quienes aspiran a ejercer poderes absolutos sosteniendo que es la única manera de promover la evolución de las sociedades, en general terminan ejerciendo la violencia ya desde la oposición. A pesar de todos los fracasos en el mundo de esta forma de pensar en la Argentina los grupos alineados tras estas ideas todavía demuestran cierta capacidad para organizar importantes y violentas manifestaciones callejeras aunque no logran apoyos en las urnas. Simplemente tratan de obstaculizar el funcionamiento de la democracia con lo cual postergan las transformaciones que la Nación exige y que se han demorado, en gran parte, por la acción de sectores autoritarios de izquierda, derecha o populistas.

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