ROMA
La gira por Myanmar (la ex Birmania) y Bangladesh que el papa Francisco concluyó ayer tuvo como telón de fondo el restablecimiento de las relaciones, rotas desde 1951, entre el Vaticano y China, dos estados con un mutuo interés político internacional, pero con escollos -Taiwán y la nominación de obispos- que se están limando con la llamada “diplomacia de los sentidos”.
El entramado que une y separa ambos estados es largo y complejo, y el diálogo actual va entre el pragmatismo, la buena voluntad, la necesidad mutua y la fuerza de disuasión. En el final de la visita papal a dos países en el primer círculo de interés chino, hubo guiños de los medios de comunicación oficiales en Bejing que hablaron de un “Papa por la paz”. Nada es casual en la prensa china; cuando se pone el foco, detrás hay un estado que ya observó.
Las relaciones entre ambos Estados se rompieron cuando Mao Tsé Tung expulsó del país al Nuncio y a sus misioneros; recién con el pontificado de inauguraron una exposición de obras de arte con doble sede, tanto en el Vaticano como en Beijing. La elección de Francisco y la asunción de Xi Jinping fue casi en la misma fecha y los vínculos comenzaron a mejorar y hoy es un objetivo principal de la política exterior vaticana (TÉLAM).
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