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Las joyas olvidadas

Por Redacción

Por SERGIO SINAY
sergiosinay@gmail.com

Una sonrisa, un gracias y un por favor. Tiempo atrás una señora me contaba que, desde su adolescencia, o incluso antes, su madre le insistía en que nunca saliera de casa sin llevar esas tres cosas consigo. “Podés olvidarte el rímel, el lápiz de labios y hasta los documentos, le decía, pero nunca eso”. Y tanto machacó que, según la mujer, se le había hecho costumbre, incluso ahora, en su madurez, llevar siempre aquello. Y no solo llevarlo. Sobre todo, usarlo. Porque, decía sabiamente, a partir de que uno pisa la calle y hasta que regresa a casa en la noche, tiene decenas de oportunidades de usarlo.

Las tres cosas de esa recomendación materna son herramientas morales. Porque la moral comienza con la presencia del otro. Es al semejante, al prójimo, a quien le decimos gracias, o por favor, o le sonreímos. Claro que para eso hay que salir del ensimismamiento, de la cápsula impenetrable en la que nos hemos ido encerrando o refugiando con ayuda de aparatos tecnológicos y de redes sociales y otros juegos de la época, que aíslan e incomunican mucho más de lo que dicen comunicar. En verdad solo conectan. Aunque, además de la tecnología, cuenta principalmente el factor humano. Nuestra es la decisión de cómo, para qué y con qué consecuencias usar la tecnología. Y es también la responsabilidad del buen trato hacia y con el otro, de la comunicación y el encuentro real, y de enseñar (con la palabra, y sobre todo, con la conducta) cuál debe ser la actitud hacia ese semejante. La anécdota real con la que he iniciado esta columna muestra un ejemplo de cómo hacerlo. Un ejemplo exitoso, además.

“Los deseos no son derechos, y los otros (con sus necesidades, sus derechos y sus necesidades) siguen existiendo, aunque los omitamos”

VOLVER A TEJER LA TRAMA

Gracias, por favor, perdón, “respeto tu pensamiento aunque no la comparto”, “enseñame porque no sé”, “¿necesitás ayuda?”, son apenas algunas palabras o frases de las muchas que parecen olvidadas y que resultan esenciales para construir campos de cooperación, de convivencia, de encuentro. Para tejer, en fin, la trama humana de la que cada uno de nosotros es apenas una parte que necesita de las otras partes, y nunca es el todo. Es cierto que a veces emitimos estas frases y palabras, pero solemos hacerlo como formulismo, como un comodín para seguir adelante con lo que estamos haciendo. Del mismo modo que el “¿Todo bien?” con el que nos saludamos. Una pregunta cerrada, con respuesta incluida de antemano, que no admite respuesta negativa o bajoneante. “¿Cómo están tus cosas?” es más abierta, permite iniciar una conversación acerca de ese estado por el que se pregunta. Lo mismo ocurriría posiblemente con “¿Cómo te sentís?”, pregunta que abre un espacio para hablar sobre algo que ocurrió o que se espera. Pero todo esto lleva tiempo, pide escucha, reclama paciencia y atención. Todos ingredientes esenciales de un vínculo verdadero entre personas reales. Y acaso, también, ingredientes difíciles de hallar en un tiempo de prisas, ansiedad, impaciencia, aislamiento y contactos leves y superficiales.

La psicoterapeuta y escritora vienesa Elisabeth Lukas (dilecta discípula del gran médico y pensador que fue Víktor Frankl) dice en su ensayo “La felicidad en la familia” hay tres regalos inmateriales, a los que llama joyas, que todo ser humano espera y merece recibir: tiempo, respeto y gratitud. Lo realmente importante, apunta Lukas, es que estos regalos sigan continuamente un camino de ida y vuelta, que sean recíprocos. Donde estas tres joyas prevalecen, insiste la terapeuta austriaca, los vínculos se preservan y se fortalecen y no hay hogares desechos. Citando a Antoine de Saint Exupery, autor del inmortal “El principito”, recuerda que obsequiar y ser obsequiado con joyas como estas “tiende un puente sobre el abismo de la soledad”.

La gratitud, el respeto, el tiempo, la comprensión, la paciencia, la cortesía, la aceptación y otras valiosas joyas inmateriales como estas, que se van convirtiendo en palabras y acciones en desuso, adquieren un valor aun mayor, si eso fuera posible, cuando impera un estilo de vida en el cual estar frenéticamente ocupado es un símbolo de estatus, como describe la propia Lukas, en el que nos distraemos en competir compulsivamente, en consumir con voracidad todo aquello que se nos hace creer que necesitamos, aunque se trate de cosas superfluas, en que se nos seduce continuamente con incitaciones tecnológicas, con modas imperativas, en que se nos regalan toneladas de excusas para que nos ocupemos primero de nosotros, después de nosotros y, en tercer lugar, de nosotros, sin distraernos en los que nos esperan, nos necesitan o aguardan en vano un encuentro, ya se trate de personas cercanas o quizás más alejadas de nuestro círculo inmediato, pero también habitantes de este mundo.

“Hay tres regalos inmateriales, a los que llama joyas, que todo ser humano espera y merece recibir: tiempo, respeto y gratitud”

El olvido de estas palabras y estas acciones se verifica en pequeños actos. Abrimos una puerta o cedemos el paso y no se nos dice “gracias” (o no lo decimos, si ocurre a la inversa). Pedimos o se nos pide algo (en casa, en el trabajo, en un bar) y no agregamos “por favor”, pareciera que el otro es nuestro sirviente. Saludamos (o se nos saluda) y está ausente la respuesta de un “buenos días”, “buenas tardes” o “buenas noches”. Sonreímos a alguien (en la calle, en un negocio, en cualquier situación) y lo más común es la indiferencia o un gesto adusto, como si la sonrisa fuera algo de lo que hay que cuidarse o sospechar.

Se podría agregar una tendencia inquietante. La de creer que el solo hecho de desear algo lo convierte en nuestro derecho. Y que por tal motivo estamos autorizados a pasar sobre quien fuere, y del modo que sea, para obtenerlo. En cuyo caso todas las palabras que tienden puentes se olvidan definitivamente. Sin embargo, los deseos no son derechos, y los otros (con sus necesidades, sus derechos y sus necesidades) siguen existiendo, aunque los omitamos.

UN EJERCICIO PARA TODOS

Elisabeth Lukas propone en su libro un ejercicio tan sencillo como poderoso, que todos estamos posibilitados para hacer. “Mi consejo, dice, es que, de tanto en tanto, volvamos sobre nuestros pasos y obsequiemos respeto a nuestro prójimo, y que estas muestras de respeto sean claras y evidentes”. En esa vuelta sobre los propios pasos también podríamos preguntarnos qué tenemos para agradecer, y a quién, y hacerlo, también con acciones claras y evidentes. ¿Quién podría decir que esto lo excede, que está fuera de sus posibilidades? Ocurre que realizar este pequeño ejercicio puede requerir de otra palabra que suele quedar olvidada por ahí: humildad.

El filósofo francés André Comte-Sponville, define a la humildad (en su “Breve tratado de las grandes virtudes”), como “la virtud de la persona que sabe no ser Dios”. Porque la humildad no trata de lo que somos, sino que refleja el reconocimiento de lo que no somos. De lo que podemos reparar. De las joyas que olvidamos y que todos necesitamos.

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