Ya está. Costó, pero se consiguió. Se va 2017 y uno, por esa costumbre que viene desde tiempos inmemoriales, se siente propenso a someterse a esa costumbre del balance.
Es cierto que el año quiere despedirse con una semanita de calor como para que nos acordemos durante siglos de lo que nos deparó. Pero uno, de optimista que es nomás, prefiere ponerle unas fichitas al que se viene, más que recordar todo lo malo que este que nos está dejando. Al final de cuentas, calor, lo que se dice calor, hizo siempre. Y antes, los que ya peinamos canas, ni siquiera teníamos la opción de aire acondicionado. El ventilador era ya un lujo. Así que a no quejarse.
Para hoy nos prometen que baja la temperatura, incluso, que hasta podría llover. Eso si, hay que confiar en los pronosticadores de turno que, justo es decirlo, a veces -solo a veces- la aciertan con esas cambiantes cuestiones del clima y del tiempo.
Piense que es el segundo fin de semana largo seguido que le toca. Y que un año que empieza con un fin de semana extra large, tan malo no puede ser.
Además, gran ventaja, ponga desde ya en la columna de lo positivo de 2018 que ¡no habrá elecciones!
Un año entero sin publicidades políticas, tampoco es poca cosa. Eso si, ponga en la columna de los “deberes” ocuparse desde el minúsculo puesto que ocupamos en la escala de social, de recordarles a los políticos que este que se viene es un año para trabajar (cloacas, agua corriente, seguridad, hospitales, rutas, escuelas) y que, disimuladamente, o no, vamos a ir tomando nota de lo que hagan para tenerlo bien presente en 2019, cuando vayamos a votar por las ligas mayores de la elección presidencial, gobernación e intendencia.
Y ahí está, 2018 a la vuelta de la esquina. Se insiste: vamos a ponerle onda. No le demostremos de entrada que lo miramos con desconfianza (aunque motivos no nos falten); pero tampoco le metamos miedo al pobre año recién nacido.
Para romper el hielo con ese desconocido que nos viene encima, la fórmula recomendada no escapa de la tradición: mesa familiar (sin conversaciones políticas, por favor), buena cara, un gran brindis y el mejor de los abrazos, hasta con la suegra o con el tío insoportable.
No perdamos de vista que, siempre, pero siempre siempre, todo va mejor cuando nos refugiamos en el calor de la mesa familiar donde, más allá de las diferencias y de las broncas circunstanciales, siempre habrá una mano tendida y un pecho en el que refugiarse.
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