Hace ya muchos años que la Ciudad tiene una deuda pendiente con el estado de sus veredas, cada día más intransitables tanto en sectores céntricos como en los barrios y localidades de la periferia. Caminar por ellas se ha convertido en una aventura reservada a personas ágiles y con reflejos aptos para enfrentar los múltiples obstáculos que ellas ofrecen. Pero las personas de edad –una franja social que crece día a día- así como quienes sufren algún tipo de dificultad física, temporal o permanente, encuentran en ella tantos obstáculos como riesgos para su integridad.
Una reciente nota publicada en este diario reflejó la queja de los vecinos por el estado de total abandono que presenta una de las veredas de 43 entre 27 y 28, que exhibe no sólo la falta de baldosas sino un alto pastizal, propio de un paisaje solitario de la llanura. Los frentistas protestaron, asimismo, por el hecho de que el lugar es propicio para roedores y toda clase de insectos.
Los antecedentes de este tema dejan en evidencia que buena parte de los vecinos sigue sin conocer que el mantenimiento de las veredas es responsabilidad de cada uno de los frentistas. Sin embargo, se conoce perfectamente que muchos de esos propietarios -entre ellos podría incluirse a algunos organismos públicos, cuyas veredas suelen lucir tanto o más rotas que las de los frentes a cargo de los particulares- no sólo no cumplen con la obligación de mantenerlas en buen estado, sino que ni siquiera se ocupan de barrerlas y limpiarlas. El resultado global de esas actitudes es que buena parte de las veredas de la Ciudad aparecen rotas, sucias y abandonadas.
Desde luego que la falta de compromiso de los frentistas no sólo tiene que ver con problemas educativos de base –y, más concretamente, de la falta de conciencia de muchas personas acerca de lo importante que resulta mantener en condiciones a los espacios públicos-, sino también de un endémico desinterés de la Comuna, que no obliga a los propietarios a que cumplan con las ordenanzas vigentes en la materia. En este sentido, la omisión resulta especialmente inexplicable en sectores céntricos y barrios residenciales donde, se supone, no existen las dificultades económicas propias de sectores de bajos recursos.
En varias oportunidades a lo largo de los años la Municipalidad aludió a la alternativa de cursarles intimaciones a los propietarios remisos en arreglar sus veredas y, se aclaró, en caso de no ser acatadas, se avanzaría igual con las reparaciones a cargo de cuadrillas municipales, para luego cobrar el costo de arreglos e insumos a partir de mecanismos como el pago en cuotas. Sin embargo, esa iniciativa nunca pasó del plano declamativo.
Desde el punto de vista que quiera vérsela -sea el arquitectónico, el histórico o el político- es demasiado importante nuestra ciudad como para permitir que los vecinos y los organismos públicos se desentiendan del estado de sus veredas. Se trata de una omisión que, desde luego, resulta absolutamente injustificada.
De allí que sea necesario hacer efectiva la puesta en marcha en la Municipalidad -no tan sólo la formulación de un anuncio- de un plan integral de reparación de veredas, que obligue los propietarios a cumplir con el deber que tienen de mantener esos espacios en buen estado, de modo que los habitantes dispongan de una ciudad en mejores condiciones, digna de ser vivida.
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