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El pecado es un engaño

Por Redacción

Escribe Monseñor DR. JOSE LUIS KAUFMANN

Queridos hermanos y hermanas.

Entre los males nefastos instaladas en el mundo actual encontramos la ideología del relativismo, que se hace evidente en la teorización y en la defensa encarnizada de un pluralismo ético, y que además determina la decadencia de la razón y de los principios de la ley natural.

El relativismo es una especie de ley de conveniencia: todo es lícito y válido en cuanto convenga o no al capricho del individuo. Se trata de una auténtica corrupción moral.

Cuando el ser humano se conduce sin un arbitrio inteligente, es decir guiado por sus ocurrencias del momento, considerando que todo le está permitido en aras de lo que erróneamente llama su libertad, es potencialmente capaz de los desenfrenos más sorprendentes.

Existen intereses ocultos, aunque de presencia internacional, que están empeñados en la destrucción de los valores objetivos, a fin de imponer su propia ideología, sin importarles el costo ni las consecuencias.

Ellos presentan sus falacias en los mejores envoltorios, de modo que los descuidados e ingenuos jóvenes y adultos queden encandilados y se dejen atrapar fácilmente en las redes maléficas, sin reconocer ninguna perversidad.

Así, por ejemplo, la venta y utilización habitual del preservativo en las relaciones conyugales y en otras prácticas eróticas totalmente contrarias a la naturaleza, haciendo del sexo el medio de denigración de varones y mujeres, cuando en realidad es en sí mismo un valor de índole sagrado. Y ahí está el pecado engañoso. Porque, cuando la relación sexual está en sintonía con el designio de Dios es un acto sublime que da gloria a Dios; mientras que de cualquier otro modo sólo es un daño para el ser humano y por lo mismo una ofensa a Dios.

El engaño que padece el ser inteligente está en que desplaza su inteligencia para que predomine y actúe únicamente su animalidad. La razón queda sin actuar y la pasión se impone.

Existen intereses ocultos, aunque de presencia internacional, que están empeñados en la destrucción de los valores objetivos, a fin de imponer su propia ideología, sin importarles el costo ni las consecuencias

Cuando la conciencia todavía está sana puede reconocer la verdad y enmendar su conducta, si lo quiere; pero cuando ya no es así, y la conciencia está enferma u oscurecida, nada reprochará el proceder incorrecto y avanzará - engañado - en ese y otros modos contrarios al mismo fin del ser humano.

Dice Dios: “Pondré mi Ley dentro de ellos, y la escribiré en sus corazones: Yo seré su Dios, y ellos serán mi Pueblo” (Jer 31, 33). En efecto, la Ley de Dios está grabada en cada corazón humano, es decir en la conciencia individual, a fin de poder discernir entre lo bueno y la malo, optando siempre libre y gozosamente por el bien.

Todo pecado siempre es un engaño, porque siempre se opone a la verdad. Pero, “no existe pecado alguno, aun el más íntimo y secreto, el más estrictamente individual, que afecte exclusivamente a aquel que lo comete. Todo pecado repercute, con mayor o menor intensidad, con mayor o menos daño en todo el conjunto eclesial y en toda la familia humana” (San Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia [02.12.1984], 16).

Para no caer en el engaño del pecado, basta con cultivar una conciencia recta, sin prejuicios ni acomodos, es decir: viviendo en la honesta coherencia, propia de los varones y mujeres equilibrados, que reconocen su condición de criaturas y sobre todo de hijos de Dios, por Quien se vive.

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