Martin Scorsese, con su fondo católico y experiencia de monaguillo, se sintió impactado cuando leyó la novela de Shusaku Endo en 1989, en un tren en dirección a Kioto. El retrato del autor japonés servía de recordatorio de la participación de los jesuitas en el inicio del cristianismo en Japón, con la llegada del español San Francisco Javier en 1549, y su éxito inicial de abundantes conversiones, seguido por una cruda persecución.
Ese período negro para los cristianos en el lejano país comenzó el 25 de julio de 1587, cuando Toyotomi Hideyoshi, el daimio unificador de Japón, expulsó a los jesuitas y la iglesia tuvo que pasar a la clandestinidad y al martirio de más de 90 jesuitas, tres canonizados y 37 beatificados, durante más de dos siglos.
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