Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia: Reeves, al contrario que su personaje, disfruta con las pequeñas cosas de la vida: “Mi idea de la felicidad es una buena comida, un buen vino y montar en moto por Sunset Boulevard”. No es un discurso extraño para alguien que vivió en hoteles y caravanas hasta 2008, cuando compró su primera casa.
Nacido en Beirut y criado en Canadá, a los 20 años se subió a su primer coche -un Volvo 122 de 1969- y condujo desde Toronto hasta Los Ángeles en busca de una oportunidad como actor. Era la época en la que soñaba con formar parte de ese Hollywood de las estrellas que año tras año, junto a su madre, veía en cada ceremonia de los Oscar.
“Por entonces, aquello significaba algo para mí. Hoy no es algo que me obsesione, aunque si ocurriera, no me lo tomaría a la ligera”, declaró, consciente de que sus dotes interpretativas nunca despertaron clamores entre la crítica.
Sus victorias son otras. Y el público está con él: “Eso es lo fundamental. Mi intención siempre fue conectar con el espectador”.
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