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Jorge Maiztegui

Jorge Maiztegui

Por Redacción

Docente incansable y profesional minucioso, el ingeniero Jorge Osvaldo Maiztegui fue, por sobretodas las cosas, un hombre íntegro que encontró su equilibrio vital entre el compromiso con su profesión y una entrega sin concesiones a los suyos. Por eso su fallecimiento, ocurrido a los 68 años, generó profundas muestras de pesar en los distintos círculos platenses en los que era ampliamente reconocido, tanto por sus cualidades profesionales como por su calidez humana.

Había nacido el 24 de agosto de 1948 en Berisso, aunque pasó su infancia y adolescencia en el barrio de 46 entre 13 y 14, donde vivía junto a sus padres -Jorge Fernando Maiztegui y María E. Iriarte- y su hermana, María Angélica.

Hizo la primaria en la escuela 10 y luego el secundario en el Colegio Nacional. Cuando completó esa etapa de su formación se anotó en la facultad de Ingeniería de la UNLP, de donde egresó con el título de Ingeniero en Construcciones en 1973.

Alumno aplicado y entusiasta, ya desde antes de recibirse se desempeñó como ayudante de cátedra. Ese fue el inicio de un fructífero vínculo que mantuvo durante 35 años con el quehacer universitario: como docente de Ingeniería, Maiztegui integró las cátedras de Puentes y Estructuras, llegando a desempeñarse como titular de esta última, al igual que en Arquitectura.

Era un fanático de la docencia que vivía pensando en sus alumnos. Fotografiar construcciones y estructuras que le llamaban la atención era parte de su rutina. Utilizaba luego esas imágenes con fines didácticos, contagiando a sus estudiantes el entusiasmo y renovado interés que sentía por su profesión.

Curioso y comprometido con su labor, nunca dejó de formarse. Especialista en Cálculo Estructural, completó cursos de posgrado en Arquitectura y encabezó el Departamento y el Laboratorio de Construcciones de Ingeniería, donde encaró distintas investigaciones.

También ejerció la profesión de forma liberal, primero en el estudio del ingeniero Somerson, y luego en un estudio propio, junto a su colega Rubén Valente.

Diana de Villalobos fue el amor de su vida. Tres años menor que él, se conocieron cuando Maiztegui hacía la conscripción y se volvieron inseparables. En 1974 se casaron en la parroquia Nuestra Señora de Guadalupe y la unión se prolongó en cuatro hijos: Bárbara, Laura, Verónica y Santiago. Con ellos fue un padre siempre presente, cariñoso y compañero.

En su tiempo libre se abocaba a la lectura y su amplia biblioteca se nutría de libros de todos los géneros. Escuchar música era para él una fuente inagotable de deleite. Apasionado también por los deportes -de joven practicó rugby- transmitió a sus hijos esa llama y junto a su mujer los acompañó en cada una de sus actividades deportivas.

De espíritu sosegado, afable y cordial, siempre estaba dispuesto a dar una mano a quien lo necesitara. Entre quienes lo conocieron y valoraron será sin dudas recordado por esos nobles valores.

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