“La La Land” es una película de nostalgias. Su personaje es nostálgico, su estética es un llamado a los musicales clásicos y, en particular, a su reinvención de parte de Jacques Demy en los ‘60, y sus sonidos, creados por Justin Hurwitz, también llevan el oído a las viejas bandas sonoras cargadas de melodrama, romance y magia.
Pero no sólo en los contenidos es “La La Land” una película que mira con añoranza el pasado: también en sus métodos. La tendencia musical en Hollywood se compone de dos tendencias: la música realizada a través de computadoras, es decir, sin una gran orquesta que interprete la música, y escrita a partir de “música temporal”, algo que genera la repetición de motivos hasta volverlos inofensivos. Algunos críticos han señalado, incluso, que esta caracterítica es adrede: la música debe hoy subrayar, casi sin matices, lo que se ve en la escena, y sobre todo pasar desapercibida.
La música en “La La Land”, claro, no pasa desapercibida sino que está en el centro: realizar un musical original es, en este sentido, un desafío “retro” que director y compositor completaron al decidir grabar con orquesta, y realizar muchos números del filme, musicales y danzados, en vivo y sin cortes, a pesar de que se pudieran detectar pequeños errores técnicos.
¿El objetivo? Las pequeñas imperfecciones, sutilezas y suspiros del vivo, de las tomas continuas y la grabación de las voces en escena fueron un instrumento en que el director buscó poner en primer lugar la humanidad de sus personajes.
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