Si los paros sirvieran para mejorar los salarios y las condiciones laborales de los docentes, un maestro bonaerense en la actualidad no cobraría un sueldo; cobraría un “sueldazo”. Porque si algo probaron los docentes fue la estrategia de los paros: hicieron 110 jornadas de huelga en diez años. ¿Y a dónde se ha llegado? Al mismo reclamo, a la misma situación. En el camino, hay una generación de chicos que ha perdido casi un año entero de su escolaridad como consecuencia de los paros (110 días de huelga equivalen a más del 60 por ciento de un año escolar que, teóricamente, debería ser de 180 días).
Si los paros no han servido para mejorar las cosas, ¿no habrá que probar con otras herramientas y estrategias?
Decir que los chicos son los más perjudicados y son tomados de rehenes del conflicto, es decir algo ya demasiado sabido y demasiado obvio. Hay que observar que, a la luz de los resultados, los propios docentes parecen también perjudicados por una metodología de reclamo que puede haber hecho “fuertes” a algunos dirigentes sindicales pero que no ha mejorado su propia situación a lo largo de los años. De lo contrario, las cosas no estarían hoy en el punto en el que están.
Hay otro dato estadísticamente comprobado: la escuela pública ha perdido matrícula en beneficio de los establecimientos privados. Los paros son mencionados como un factor determinante por la mayoría de los padres que sacan a sus hijos del sistema educativo público. En definitiva, la estrategia de reclamo sostenida durante años, no sólo no ha mejorado la situación de los docentes y ha generado un perjuicio irreparable a los alumnos. También ha debilitado a la escuela pública, a la que se dice defender. Los docentes volverán a parar. ¿Las cosas van a cambiar?
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