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El amor que viene de afuera

Por LEANDRO GIANELLO

En Argentina cada vez más personas encuentran pareja o forman familias con extranjeros. El rol de las redes sociales es importante, pero más aún lo son las experiencias de viaje en las que se conoce a alguien fuera del país. Tres historias de amor que acercan distancias

¿Viajamos para encontrar el amor o simplemente nos enamoramos de un viajante? Vivimos en una era de distancias efímeras. La masificación de las tecnologías y el acceso cada vez más simple y económico a un medio de transporte como el aéreo permite que las relaciones humanas superen el límite geográfico y cultural.

A pesar de los esfuerzos permanentes por levantar muros, las fronteras entre naciones se vuelven cada día más porosas. Las personas viajan a través de continentes, conocen playas y océanos, exploran ruinas y ciudades lejanas, disfrutan de lo exótico en todo sentido y también encuentran el amor. Ese objeto del deseo que a veces, no necesita ni un idioma en común. Es suficiente con que dos personas se encuentren en el momento correcto, en el lugar indicado, más allá de que eso, para una de ellas, suponga estar muy lejos de casa.

Según datos publicados en el Anuario Estadístico de la Ciudad de Buenos Aires, la proporción de matrimonios con al menos un extranjero creció del 14 por ciento en 1990 a casi un 29 por ciento en el 2015. Si bien los números sólo exhiben los casamientos en ese distrito, la cifra refleja una tendencia: el amor que no tiene fronteras.

El amor viaja en bondi

Se conocieron en el 2015 en un micro a Nicaragua. Él, iba con amigos. Ella, sola. Jair (31), hace poco dejó su Berisso natal para compartir un tiempo en Melbourne con Elesha (33), australiana, escritora y autora del blog “4000 Sundays”. “A veces, en la senda del camino por el que viajás”, cuenta ella, “también podés encontrar el amor”.

“Tuvimos una relación muy natural desde el principio, hubo mucha química”, asegura Jair, fotógrafo y técnico en seguridad e higiene.

Al volver cada uno a su país, la relación se construyó de a poco en la distancia. Hasta que decidimos hacer un viaje entre los dos al norte argentino. Siete meses después ella estaba en Berisso y nueve meses más tarde, él en Melbourne.

El choque cultural típico de las relaciones entre parejas binacionales se fue ablandando y hoy por hoy, concuerda la pareja, “hay más coincidencias que diferencias”. Con Elesha comparten gustos por la gastronomía, la música y el minimalismo y, hasta, dicen que Argentina y Australia son muy parecidos: naciones construidas en tierra ajena en base a la inmigración europea y consumistas de la industria cultural ‘Americana’. Todas razones para sentirse en casa, fuera de casa.

“Es interesante comprender con mi experiencia cultural el término ‘girlfriend’ (novia en inglés). Haciendo una traducción literal, significa ‘amiga mujer’, y eso me rompió el molde. Si bien hay diferencias, las sabemos llevar, el secreto es adaptarse y aprender de esas cuestiones que al fin y al cabo enriquecen”, dice Jair y bromea: “Lo más difícil por ahora es que ella aprieta el tubo de dentífrico por el medio, y yo desde atrás”.

¿Qué es una ‘pareja binacional’?

Las parejas binacionales están conformadas por dos sujetos “que se han historizado, es decir criado, en diferentes culturas”, apunta Pablo Gabriel Pérez Cano, Profesor y Licenciado en Psicología. “Ambos tienen un sentido de pertenencia, de hábitos, costumbres y símbolos distintos, que al encontrarse y provenir de dos mundos diferentes se tiene que asimilar, acomodar y adaptar. Necesita de un proceso que demanda a los integrantes repensar las costumbres, que ambos sostuvieron mientras transitaban solos la vida, obligándolos a adaptarse para que la pareja tenga éxito”.

La clave: que ninguna de las dos partes pierda la posibilidad de ser sujetos, lo que implica que ambos no pierdan su dignidad ni quedar a merced del otro.

Una relación nacida de las olas

Franco (34) había llegado hacía menos de dos años a Cabarete, paraíso surfer al norte de la República Dominicana y punto de encuentro multicultural por excelencia.

A esas playas de arenas pálidas y paisaje idílico también llegó Anastasia (26), una rusa que trabajaba de secretaria en Moscú. Fue en el 2014, él había terminado de estudiar Diseño Gráfico, jugaba al póker online de forma profesional y empezó a viajar. Ella se había ido de vacaciones, pero se quedó a vivir.

“Al principio fue difícil la comunicación, ambos hablábamos en inglés pero con tonada”. Franco se topó con una grieta cultural que no sólo se profundizó por lo idiomático, sino también por las costumbres rusas de Anastasia.

A veces, esa crianza religiosa y familiar choca de frente con los valores más bien occidentales y costumbristas argentinos, como por ejemplo, durante la convivencia. “Hay una diferencia grande entre los rusos y nosotros, y eso en nuestro caso afecta un poco la vida cotidiana, la toma de decisiones, lo mismo le debe suceder a ella. Existe el choque cultural, sí, pero dentro de todo es positivo ya que cada uno aprende del otro”, opina Franco, quien también afirma que “no hay cosas difíciles de llevar en una pareja, el único problema es cuando no hay amor”.

Al poco tiempo, ella quedó embarazada de Adelina. “Ante la nueva situación nos pusimos a pensar en qué hacer: o ir para Moscú o venir para Argentina”, explica. “Adelina nació en Rusia y, por ahora, convivimos juntos en Tres Arroyos, mi ciudad. Con ella cada uno habla en su idioma y, a la vez, los dos en inglés”.

La situación se complica si no existe consenso sobre un lugar neutral de residencia, ya que al ser una pareja binacional cada uno va a inclinarse por su sitio de origen con sus respectivas familias para una crianza segura y sana. Ese es el momento en el que alguien de los dos debe acceder y acomodarse, desarraigarse y diagramar un futuro lejos de sus seres queridos.

“Si es muy difícil tratar de explicar algo en una lengua que no es la tuya, explicar algo sentimental, que ya es incómodo de decir en tu propia lengua, en inglés o ruso se hace más difícil, y eso es un problema, pero lo superamos porque Anastasia es muy buena madre, responsable y excelente persona”, manifiesta Franco.

Alguien tiene que ceder

Oficialmente, Florencia (37), viedmense y ex estudiante de Comunicación Social, conoció a Marcelo (54), estadounidense, en noviembre del 2003 cuando él estaba de viaje de negocios en La Plata. La parte menos conocida de esta historia es que en realidad tuvieron su primer contacto en julio a través de un sitio de encuentros online.

“Cuando nos vimos por primera vez fue raro, porque ya nos contactábamos por fotos y videos. Era como que ya nos conocíamos de antes por tanto hablar y chatear”, dice Florencia.

Para calmar los tiempos muertos entre encuentros y viajes a Estados Unidos y viceversa, seguían en contacto a través del chat de Messenger o el de otras páginas, lo único que les permitía acercarse en esos tiempos.

Finalmente, en abril de 2005 “decidimos que yo iba a vivir allá porque estaba embarazada, y más que nada por una seguridad laboral. Marcelo tenía trabajo como productor en cine y televisión y le iba muy bien y ambos nos necesitábamos cerca”.

El paso siguiente fue el casamiento y luego unos años de relación tranquilos en los suburbios de Los Ángeles “con una vida linda pero sacrificada en la que el consumismo, el peso del trabajo y las horas reducían la convivencia a unos pocos momentos del día” o, eventualmente, a algún fin de semana que se esfumaba manejando por las autopistas y calles de una ciudad que no está pensada para caminar. “Hacíamos vida familiar arriba del auto”, puntualizó Florencia.

El desarraigo fue uno de los primeros golpes que experimentó una vez establecida ahí, a pesar de que casi sin proponérselo repetía la historia de sus padres, un italiano que en Argentina encontró el amor. Pero esa angustia por la distancia no duró mucho tiempo, ya que luego la crisis financiera del año 2008 hizo tambalear la economía familiar y obligó a buscar nuevas alternativas fuera de Estados Unidos.

Aunque pudo adaptarse a la convivencia y criar un hijo, para Florencia la vida de casi seis años en Norteamérica fue resignar espacios, costumbres y familia, y esa experiencia comenzaba a quedar atrás cuando compraron unas hectáreas de viñedos en San Rafael, Mendoza, y se mudaron con la casa a cuestas y suegros incluidos a mediados de 2011.

“Se hizo un esfuerzo y con la plata que juntamos se compró la finca. A Marcelo le había gustado el lugar desde que lo vio durante un viaje en su infancia. Él nunca dudó en volver a la tranquilidad y la simpleza. Ahora tenemos un viñedo chico pero lindo, que cada tanto nos hace renegar por una buena cosecha”, señala Florencia. “Se disfruta un poco más, se vive más y, lo más importante, tenemos a la familia lo más cerca posible”. Amores binacionales. Se sabe cómo empiezan. Pero cómo terminan, sólo Dios lo sabe.

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