En esta misma época del calendario, pero hace exactamente doscientos años, un jefe rioplatense (el gentilicio argentino aún no se había oficializado) al frente de una formación de limitado número pero dotada de una disciplina y un convencimiento por la causa que peleaba que compensaba aquel escollo, emprendía una de las hazañas más espectaculares de que se tenga memoria en los anales de la historia militar universal: era el general José de San Martín emprendiendo el cruce de la cordillera con su Ejército de los Andes.
La finalidad más inmediata era llegar a suelo chileno, presentar batalla a las fuerzas españolas y desbaratar el poderío realista que allí todavía gozaba de buena salud y, por tanto, amenazaba a la recientemente declarada independencia de las Provincias Unidas de Sud América, tal la denominación asentada en el acta del 9 de julio de 1816.
Dicho objetivo fundamental figuraba con claridad desde tiempo atrás, como han resaltado algunos historiadores a partir de Vicente Fidel López al menos desde que el grupo logista del que San Martín formaba parte tomó la denominación de Lautaro, evidente homenaje al cacique araucano que había luchado contra la conquista hispana liderada por Pedro de Valdivia en el siglo XVI, y que dejaba traslucir que la liberación de Chile era un paso inexcusable para garantizar la emancipación del Río de la Plata. A su vez, abría la puerta para un futuro desalojo de los realistas del Perú, lo que el propio Libertador llevó a cabo a partir de 1821.
El año 16 había dejado como claro saldo positivo la declaración independentista por los diputados reunidos en Tucumán. Sin embargo, por donde se dirigiera la mirada la situación era crítica, tanto en la esfera interior cuanto en la externa: las provincias litorales no habían concurrido al Congreso ni reconocían la autoridad del Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón; la Banda Oriental había sido ocupada por una fuerza invasora portuguesa (precisamente, en enero de 1817) y en Europa Fernando VII pretendía retomar el control de las antiguas posesiones españolas para lo cual contaba con el apoyo, en diferentes dosis, de otras potencias continentales.
El cruce de los Andes que realizó San Martín fue una de las hazañas más espectaculares de que se tenga memoria en los anales de la historia militar universal
Ninguno de estos obstáculos pudo detener el plan liberador de San Martín. Su temple y sus características de auténtico líder militar, y aún de hombre político como lo había demostrado en su gestión como gobernador intendente de Cuyo, explican en gran medida cómo, en un escenario tan desfavorable, logró en poco tiempo organizar un ejército cuya característica central era la disciplina y el orden, adiestrar a sus hombres (recordemos que aún no existían las academias castrenses), formar un respetable parque de artillería y, en fin, diseñar la epopeya que estamos conmemorando: trasponer la segunda cordillera más alta del planeta, con todos los riesgos que semejante orografía plantea.
A aquéllas cualidades deben adicionarse, en pos de lograr una explicación más completa, el acompañamiento de un grupo de oficiales que integraron “el mejor Ejército con que contara la Patria”, en palabras de Isidoro Ruiz Moreno: el brigadier Miguel E. Soler, el comandante Mariano Necochea (que lideraba a los antiguos granaderos a caballo), los tenientes coroneles Rudecindo Alvarado y Pedro Conde, el coronel Juan Gregorio de Las Heras, el mayor Antonio Arcos y el teniente Juan Lavalle, entre otros nombres célebres. También, el apoyo incondicional prestado por Pueyrredón, quien gobernando en una muy delicada situación, verificó todos los esfuerzos posibles para colaborar con la gesta: doscientos años después aún conmueve la lectura de las notas enviadas por el Director a San Martín.
La estrategia sanmartiniana fue llegar a territorio chileno por dos direcciones; para ello el ejército fue dividido, encargándose a Soler el cruce por Los Patos (en la provincia de San Juan) y a Las Heras el paso por Uspallata (norte de la provincia de Mendoza); otros cruces fueron los de Come-caballos, en La Rioja, Guana, en San Juan, y Portillo y Planchón en Mendoza. En total, según datos recogidos por el historiador recién mencionado, eran 3.000 infantes, 700 hombres de caballería y 250 de artillería, a los que cabe sumar 1.200 milicianos que marcharon como auxiliares de las tropas regulares o de línea, como se las llamaba por entonces. Para tener una idea de la hazaña, baste señalar que, del otro lado de las alturas, esperaba el Ejército Real compuesto por casi 9.000 efectivos, ya asentados, abastecidos y distribuidos en el terreno por el comandante Francisco Marcó del Pont.
La campaña libertadora de Chile registró derrotas como Cancha Rayada pero también hitos fundamentales en la guerra por la independencia sudamericana como fueron las jornadas gloriosas de Chacabuco (12 de febrero de 1817) y Maipú (o Maipo, nombre del río cercano, el 5 de abril de 1818). La hazaña fue sintetizada por el propio Libertador al escribir el parte de batalla en Chacabuco: “En veinticuatro días hemos hecho la campaña, pasamos las cordilleras más elevadas del Globo, concluimos con los tiranos, y dimos la libertad a Chile”.
(*) Profesor Regular Adjunto de Historia Constitucional (UNLP)
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