Cuando los chicos se golpean, con frecuencia los padres intentan apagar el llanto con un: “Ya esta, no pasó nada”. Lo que no se dan cuenta es que con esa respuesta están enseñándoles a negar los hechos. Es una de razones por la que especialistas desaconsejan tomar esa actitud frente a los niños.
La respuesta está tan arraigada socialmente que a muy pocos se les ocurre ponerse en el lugar del niño: ¿Cómo se sentiría un adulto si al apretarse los dedos con una puerta, o al lastimarse una pierna, otro lo calla con un: “No pasó nada”?
Desde la filosofía Montessori (una metodología de educación “alternativa” que nació en Italia y tiene escuelas en distintos países) plantean que al decirles “no pasó nada” cuando en realidad sí pasó, se les está enseñando a negar la realidad, ya que los niños interpretan todo lo que se les dice de manera literal. En este sentido sostienen que es mejor decirles: “No fue grave”, en referencia a lo ocurrido.
“En realidad algo pasó, y lo afectó al punto de hacerlo llorar. No hay que negar lo ocurrido, sino asumir la realidad y en todo caso explicarle que no fue grave”
En la misma dirección opina la psicóloga Silvia Medina: “En realidad algo pasó, y lo afectó al punto de hacerlo llorar. No hay que negar lo ocurrido, sino asumir la realidad y en todo caso explicarle que no fue grave o, si viene al caso, darle la tranquilidad de que se puede reparar”.
Por otra parte, la especialista sostiene que el niño interpretará las actitudes de indiferencia o desestimación de la situación que haga el adulto como falta de interés. Pensará que no es importante para ese adulto referencial, en quien deposita la fortaleza y la seguridad, y no se sentirá protegido.
La respuesta “No fue nada” viene transmitiéndose de generación en generación. Su arraigo torna dificultoso reparar en lo que realmente transmite: “Hagamos de cuenta que no pasó, que no te dolió o que no te frustró. Así que no tenés motivos para llorar”. De manera que no solo se les enseña a negar lo ocurrido, sino también el sentimiento que eso genera (enojo, ira, frustración, dolor).
Es sabido que guardarse las emociones, desoírlas o negarlas, es tóxico, tanto en niños como en adultos. Por el contrario, siempre aconsejan reconocerlas y, en todo caso, trabajarlas.
Por eso, desde la filosofía Montessori afirman que cuando los chicos sienten tristeza o enojo hay que permitirles que descarguen sus sentimientos con llanto. Desde esta perspectiva, lejos de desalentar la expresión de las emociones habría que alentarlas para que sepan que llorar es una forma natural y sana de manifestar lo que sienten y que nadie los va a juzgar, regañar o se va a burlar de ellos por hacerlo.
Además de llorar, los chicos suelen buscar consuelo en sus padres o en las personas que los están cuidando. Como manifiestan los especialistas, es probable que si se sienten incomprendidos de forma reiterada, ellos terminen por no escuchar o hacer caso a sus propias emociones.
Si las personas de confianza le dicen que no pasó, que no es nada, que no duele, terminarán por desconfiar o minimizar la información que les manda su interior.
La actitud más acertada sería validar las emociones del niño y ayudarlo a encontrar las palabras más apropiadas para describir lo que le pasa. De esta manera se le estará ayudando no solo a aceptar sus emociones, sino también a identificarlas.
Tampoco el extremo opuesto es bueno: la sobrerreacción de los padres. Si ante el golpe o la caída los adultos corren angustiados a levantarlo y lo consuelan sin permitirles hablar, le están transmitiendo sus propias emociones e inseguridades y tampoco le estarían dando lugar para expresarse.
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