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¿Qué es el pecado?

Por Redacción

Escribe Monseñor DR. JOSE LUIS KAUFMANN

Queridos hermanos y hermanas.

Ante todo, cabe señalar que puede tenerse por pecado aquello que en realidad, objetivamente, no lo es; así como puede considerarse que un acto o una actitud están bien y de hecho son pecados. También es dable tener en cuenta que la debilidad humana se inclina a justificar el propio mal y aun a proclamarlo bueno. De todos modos, el pecado es un acto voluntario y libre en contra del orden natural y de lo establecido por el Sumo Bien y Creador para la felicidad de cada ser humano.

Para tener una apreciación objetiva, responsable, adulta, coherente, sobre el pecado es indispensable tener una conciencia educada; y todo ser humano tiene la grave obligación moral de formarse una conciencia recta, de lo contrario se hace responsable de todos sus errores, faltas y delitos, incluso de los cometidos por ignorancia. Una conciencia errónea es culpable si el o los equívocos son consecuencia de la negligencia o de la despreocupación por conocer la verdad y el bien. La conciencia es la norma subjetiva próxima del proceder en el ser humano.

Lo grave es la mala voluntad en quienes hacen algo, no las equivocaciones o los errores involuntarios.

“Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados Él es Fiel y Justo para perdonarnos y purificarnos de toda maldad. Si decimos que no tenemos pecado, lo hacemos mentiroso, y su Palabra no está en nosotros” (1 Jn 1, 8-10)

“En lo más profundo de su conciencia el ser humano descubre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena en los oídos de su corazón”

El pecado es una confrontación con la Verdad del Amor de Dios, que es justo, generoso y fiel, y que se manifiesta sobre todo en la misericordia y el perdón.

San Juan Pablo II afirma: “Reconocer el propio pecado, es más - yendo aún más a fondo en la consideración de la propia personalidad -, reconocerse pecador, capaz de pecado e inclinado al pecado, es el principio indispensable para volver a Dios” (Ex. Ap. Reconciliatio et paenitentia [02.12.1984], 13).

Tanto el bien como el mal tienen un valor objetivo, por lo cual no dependen de la opinión de los humanos. Por eso, el Concilio Vaticano II afirma: “En lo más profundo de su conciencia el ser humano descubre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello… La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del ser humano, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquella” (GS 16). Sin embargo, la conciencia no está exenta de la posibilidad de error, por eso el ser humano debe estar empeñado en buscar la verdad y el bien, y una vez encontrados ha de optar libremente por ellos. La libertad, por su parte, no es un valor absoluto, sino que depende fundamentalmente de la verdad, como enseña Jesús: “Si ustedes permanecen fieles a mi Palabra, serán verdaderamente mis discípulos: conocerán la verdad y la verdad los hará libres” (Jn 8, 31-32). Sucede que quienes están sumergidos en el pecado, sin tener una conciencia recta, prefieren huir de la verdad y permanecer en la comodidad de la hipocresía. Son los que no tienen una visión trascendente de su propia vida, o la tienen distorsionada, y en su obnubilación desconocen que su paso por la tierra sólo es breve tiempo en el que tienen la única posibilidad de prepararse para entrar en la Vida que no termina y en la única donde serán plenamente felices.

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