Osvaldo Soriano (Mar del Plata 1943), autor de las novelas “Triste, solitario y final” (1973), “No habrá más penas ni olvido” (1978) y “Cuarteles de invierno” (1980), dejó su huella en la literatura argentina con una obra en la que buscó construir la voz de perdedores solitarios para indagar en una visión irónica de lo que deja la realidad. Convertido en uno de los escritores más leídos de la Argentina, Soriano murió el 29 de enero de 1997 a los 54 años, víctima de un cáncer de pulmón, dejando una extensa obra literaria y un corpus periodístico en el que se destacan sus crónicas sobre la pelea del 30 de octubre de 1974 en la que Muhammad Alí enfrentó y le ganó una pelea a un George Foreman de 25 años con 40 peleas invicto y amplio favorito, por nocaut al final del octavo round.
“El éxito verdadero es el cumplimiento de algunos de nuestros sueños y al fin de cuentas el único éxito es la felicidad, que es también la primera utopía”, aseguraba Soriano en una entrevista realizada por Pacho O´Donnell en 1996 y emitida por Canal Encuentro en 2016, en la que se definía como “un ser poco social” y delineaba algunas constantes de su obra: “los perdedores solitarios” y “la visión irónica de lo que deja la realidad”.
EL PAISAJE DE LA INFANCIA
“El gordo”, como lo llamaban sus amigos, había vivido en Tandil pero su infancia había estado atravesada por los viajes de su padre José Vicente Soriano, inspector de Obras Sanitarias, por distintos pueblos de la provincia de Buenos Aires hasta que en 1953, cuando tenía 10 años, ese itinerario se detuvo en la ciudad de Cipolletti, en la provincia de Río Negro.
Los paisajes, las vivencias de esos días en lugares del sur estuvieron presentes más tarde en sus novelas ya que Cipolletti, Allen, Barda del Medio, Neuquén y Plaza Huincul, fueron territorios elegidos para sus ficciones. Soriano vivió en la ciudad ubicada en el oeste rionegrino hasta mediados de los 60 cuando, ya comenzando su juventud, volvió a vivir a Tandil que fue un destino previo a su llegada, en 1969 durante la dictadura de Juan Carlos Onganía, a la ciudad de Buenos Aires con 26 años.
El hijo de ese trabajador de Obras Sanitarias y de la tandilense Eugenia Goñi dejó el secundario en tercer año y comenzó a trabajar como embalador de manzanas, mientras jugaba al fútbol y soñaba con dedicarse profesionalmente a ese deporte.
Más tarde hizo su ingreso a la metalúrgica Tandil, donde trabajaba como sereno durante la noche, y allí comenzó a escribir sus primeros cuentos. De esa manera incorporó un ritual que lo acompañaría siempre: escribir durante la noche. Según relataba, escribía hasta la madrugada y leía los diarios antes de irse a dormir.
Si bien su vínculo con el periodismo comenzó en esa ciudad, cuando publicaba columnas en el diario El Eco de Tandil, se consolidó cuando se convirtió en redactor de la revista Primera Plana. Después llegaron sus escritos en Confirmado y en los diarios Noticias, El Cronista y La Opinión. Además ejerció como corresponsal de Il Manifiesto italiano y fue uno de los fundadores del diario Página/12, donde trabajó como asesor de directorio y firmó como columnista de contratapas.
“El éxito verdadero es el cumplimiento de algunos de nuestros sueños y al fin de cuentas el único éxito es la felicidad, que es también la primera utopía”
EL OFICIO DE ESCRIBIR
En una entrevista que le hizo Mempo Giardinelli en 1992 y que está publicada en el libro “Cómo se escribe un cuento”, Soriano confesó que “El largo adiós”, del estadounidense Raymond Chandler, había sido “la puerta de la literatura” porque aseguraba que “aquel día de 1972 en que leí ‘El largo adiós’ se me abrió el mundo. Ahí encontré la manera de contar ese material de Triste... con el que antes los abrumaba a ustedes en los bares”.
“Yo creo que me parezco mucho a él en algo: en el temperamento pasional. Ese temperamento que le hacía decir, cuando se atacaba tanto a Hemingway, que un hombre con talento, un hombre de genio, cuando ya no tiene con qué tirar, tira con el corazón”, rememoraba en la entrevista en la que también reconocía no haber leído “prácticamente nada” durante su infancia porque señalaba que en Cipolletti, donde vivió entre 1956 y 1959 por el trabajo de su padre en Aguas Sanitarias, “no había librería, como no habían asfalto ni cloacas”.
EL EXITO
Soriano decía que los libros que habían llegado a sus manos eran “libros técnicos” sobre “electrónica, arquitectura”, que eran los que estaban en la biblioteca de su padre, y recordaba “haber pedido por correo un libro de (Ricardo Lorenzo) Borocotó sobre un chico que jugaba al fútbol”.
Más tarde, ya en Tandil, llegó por recomendación del novio de una prima llamado Juan Campagnole, a la novela de ciencia ficción “Soy leyenda”, de Richard Mathieson, a la que se refería como “el primer libro” que había leído en su “vida”.
Su primera novela “Triste, solitario y final” se publicó en 1973, cuando tenía 30 años, y fue traducida a doce idiomas. En esas páginas Stan Laurel, el actor que protagonizó junto a Oliver Hardy la legendaria serie “El Gordo y el Flaco”, cree que llegó el final de su carrera como cómico y entonces recurre a Philip Marlowe, el detective creado por el escritor norteamericano Raymond Chandler para entender las causas.
A medida que avanza la trama, crecen los cruces entre mundos de ficción y las aventuras entre sus personajes y aparece un periodista argentino llamado Soriano que viaja a Estados Unidos y termina construyendo una amistad con Marlowe.
El español Arturo Pérez- Reverte dijo en varias oportunidades que si se quiere comprender la Argentina, Soriano es uno de los autores que hay que leer. A su vez, para Guillermo Saccomanno, representaba un fenómeno maldito para mucha intelectualidad nacional. En una entrevista concedida a la Televisión Pública en 1992 Soriano aseguraba que su idea era “llevar al extremo a un personaje común” y aseguraba que en sus libros había “personas comunes puestas en una situación límite”. Decía que no le interesaba saber por qué se vendían tanto sus libros y señalaba: “A veces cuando estoy muy confundido me pregunto que hubieran hecho (Carlos) Gardel o (Adolfo) Bioy Casares en mi lugar. Son mis modelos de conducta”. Para él eran “figuras” a las que les había pasado “todo lo mejor y siempre fueron los mismos”.
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