“El daño más grande que la cultura patriarcal ha generado en la existencia humana ha sido el dar valor de bueno o malo a las emociones. Las emociones no son ni buenas ni malas. El problema surge de nuestra ceguera ante nuestro emocionar, y al no verlas, en el quedar atrapado en ellas. Les decimos a nuestros niños ‘controlen sus emociones’ lo que equivale a decirles: ‘niéguenlas’, y los atrapamos en la ceguera sobre nosotros mismos. Si dijéramos: ‘Mira tu emocionar y actúa consciente de él les abriríamos un espacio reflexivo y los invitaríamos a una libertad responsable’”, Humberto Maturana.
Desde el momento que Descartes dijo “pienso luego existo”, nuestra cultura dio una importancia a la razón, dejando en un segundo plano, casi despreciable a las emociones.
En ninguna etapa de nuestra educación fuimos educados en que son y como gestionar nuestras emociones. Desde allí, no es “raro” que en nuestras vidas y por ende en la educación que damos a nuestros hijos, busquemos negar las emociones. Hay cierta idea cultural que emocionarse es de débiles. Sin duda, esta frase acuñada por siglos, no tiene en cuenta que los seres humanos, como todos los seres vivos, somos seres emocionales. Seres emocionales que también razonamos. La emoción es lo que nos mueve a la acción. Siempre estamos en una emoción, aunque no podamos distinguirla ni seamos consiente de ella.
Y nuestros hijos no son la excepción. Siempre están en una emoción. ¿Qué hacemos los padres cuando los escuchamos decir: “tengo miedo a la oscuridad”, “me asustan los sapos” y tantas otras emociones culturalmente llamadas “negativas”? Les decimos: “ no tengas miedo, es un tontería, como le vas a tener miedo a eso”. A partir de ese momento, no sólo negamos su emoción, sino que los negamos como personas. No legitimamos lo que les pasa. Quizá desde nuestra ignorancia de cómo enseñarles a legitimar y gestionar eso que les pasa.
Nos criamos y los criamos como analfabetos emocionales. No pudiendo distinguir las emociones que nos atraviesan a cada instante. Al no distinguirlas, no podemos gestionarlas.
¿Qué significa Gestionar las emociones?
En primer lugar, aceptar lo que me pasa, no resistir. Poder ponerle nombre: no es lo mismo el miedo que el pánico, o el enojo y la ira. Luego poder identificar qué me genera esa emoción y qué dice de mí lo que me pasa (si tengo miedo o mi hijo me dice que tiene miedo, que le dice ese miedo, de que me alerta). Por último comprometerme a generar las emociones que quiero transitar, mas allá de las circunstancias que me toquen vivir.
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