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Sin luz, y al borde de la emergencia familiar

La caída de postes durante el feroz temporal dejó a miles de hogares sin luz por días

Es domingo y según el reloj faltan minutos para que llegue la hora de los ravioles. Un frente de tormenta que mete miedo estalla con toda su furia y ante la crisis la familia actúa como si estuviera entrenada para la emergencia.

Unos corren a cerrar ventanas, otros pliegan sillas y reposeras en el jardín. Abrir el portón y dejar el auto bajo techo parece una maniobra que hasta Nico Rosberg pretendería para los mecánicos de su Mercedes campeón de la F 1.

El viento se lleva todo lo que no está afirmado al piso (y a veces lo que está afirmado, también). Una chapa semioxidada viene a dar a mi jardín. El día se hace noche y casi al unísono nos quedamos sin luz y sin teléfono. Caótico escenario.

Cerca de las cuatro de la tarde el viento amaina. Momento propicio para hacer un reconocimiento de los daños en el barrio. Primera conclusión: es mentira aquello de que los árboles mueren de pie. En Gonnet, donde yo vivo, suelen hacerlo quebrados sobre la calle o sobre el techo de alguna casa vecina.

Llega la noche. No hay luz. Una cena a la luz de las velas tiene su encanto. El romanticismo se acaba cuando los chicos insisten en saber si durante la infancia de mamá y papá las noches eran “así” de aburridas, sin compu, sin Internet, ni wi-fi, ni tele, ni Netflix.

¿Qué hacemos? Del fondo de un armario aparece un ¡Jenga! Nos divertimos como locos levantando montañas de maderitas. Y como la noche tiene ese toque “retro” que sólo Edelap puede ofrecer, alguien sugiere que sigamos con el corte de la manzana que alguna vez popularizara Sofovich en “La Noche del domingo”. Afortunadamente no hay balanza.

La calle es una boca de lobo. Alguien sugiere llamar desde el celular a Edelap para preguntar cuando restablecerán la energía eléctrica. “Deben estar tapados de llamados, no te van a atender”, dice mi mujer. Y tiene razón. En el 0800 la grabadora insiste: “Todos nuestros agentes se encuentran ocupados…”

Unos rayos de luz de luna se cuelan entre las nubes. Invitan al romanticismo, lo que viene bien, hasta que uno recuerda que lleva 24 horas sin pasar por debajo de la ducha.

Estamos en emergencia. La luz no vuelve y “la patrona” pone en marcha un plan de contingencia. “Para mañana, sólo se aceptan cambios de medias y de ropa interior”. Sin luz, no hay agua y la que queda en el tanque vale oro. Hay que cuidar la reserva. Ella -insobornable- se encarga del racionamiento: un vaso por persona para lavarse los dientes y enjuagarse. Una pava de agua caliente (¡que ahora no nos falle el gas, Diosito mío!) para la higiene personal. “Baño a la francesa”, lo definen. Vamos a tomarlo con humor.

De los cinco celulares en existencia sólo uno tiene batería. Todos los habitantes de la casa sufren de SIA (Síndrome de Incomunicación Aguda).

El lunes al mediodía ya pasó un día de la tormenta y nadie sabe nada. Ni de la luz, ni de Edelap. Los pocos árboles que se sacaron de la calle fueron los que cortaron los propios vecinos.

Voy a hacer las compras. En la lista dice jabón para lavar la ropa. Creo que me toman el pelo.

En la cola del almacén (donde ya se racionan las velas) alguien se hace el gracioso. “Ahora vivimos en un barrio privado. Sí, privado de luz, de agua, de teléfono…”

Allí cada uno tiene su teoría. Los optimistas sostienen que en un par de horas todo se soluciona. Los pesimistas creen es cuestión de días. Antonio, el cajero, apura las cuentas. Hay que tener cuidado. “Es peligroso cuando suma con calculadora; imagínese cuando los cálculos son mentales”, apunta un desconfiado.

Edelap se empecina en tener a todos sus agentes ocupados.

Es hora de comer y desde la heladera mana un raro tufillo. Uno hace las cuentas de lo que costó ese carrito de supermercado que ahora se descompone sin remedio en el freezer. Mi mujer dice: “Hay que tirar todo eso a la basura”, y hasta la tarjeta de crédito llora. El menú se reduce a sándwiches de pan lactal, jamón y queso.

Tres bidones de cloro alcanzan para que el agua de la pileta, que ya se estaba poniendo verde, torne a un color más transparente. Cuando se acabe la del tanque servirá para los baños “a la francesa” y para lavar los platos.

La luz sigue sin aparecer. Las cuadrillas de Edelap, idem.

Por suerte me aceptan un cambio de remera. Las bermudas son las mismas que traigo desde el domingo.

Encuentro una radio que funciona a pilas pero, obviamente, sin pilas. Tengo que recorrer cinco quioscos antes de poder conseguirlas. El comerciante, que tiene luz, música funcional, aire acondicionado, heladera, agua corriente y todas las ventajas del siglo XXI mira mi barba de tres días y muy perspicaz arriesga: ¿Afectado por el temporal? Fue mi momento de catarsis. En un minuto le conté todas mis penurias. Por un instante pensé que se iba a solidarizar con mi catástrofe y me iba a regalar las pilas. Me dijo que me comprendía, que no querría estar en mi lugar, y que eran 118 pesos con 50 centavos. “Y si tiene los 50, me hace un favor”, concluyó.

El gobierno municipal no parece muy conmovido por lo que pasa en el barrio. Y ahora que tenemos pilas para la radio nos sentimos hermanados con otros vecinos de La Plata que, a juzgar por los mensajes que se escuchan, están igual, o peor que nosotros.

La familia parte rumbo a la casa de una tía solidaria, que tiene luz, agua y teléfono. Se van a dar un baño como Dios manda. Los envidio. Yo me quedo de guardia, con mi hijo, la perra y los gatos.

A mi me espera un nuevo baño “a la francesa”.

Son casi las ocho de la noche y el silencio sepulcral del barrio -la única buena noticia de estas horas fue no haber escuchado la desenfrenada cumbia que suele acompañar las tardes de verano de los adolescentes del fondo- se ve interrumpido por una explosión de vivas y de aplausos que parten de los cuatro puntos cardinales. “¡Volvió la luz!, ¡volvió la luz!” se escucha. Y era cierto.

Los celulares ya se están cargando y volvió el wi fi. Todo funciona como corresponde. Hasta Edelap, que siguen con todos sus agentes “momentaneamente ocupados”.

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