Gabriel González Videla, presidente de Chile entre 1946 y 1952, ordenó la detención de Neruda y encargó a 300 policías que cepillaran todo el país hasta encontrarlo. Desde la clandestinidad, el prófugo seguía haciendo fiestas, asistiendo a reuniones y circulando por las calles. Aún así, los uniformados nunca lograron capturarlo.
Para Larraín, esta es una muestra de que, en el fondo, González Videla no quería atraparlo, pues su encarcelamiento no haría más que acrecentar su nombre.
Una ambivalencia que el cineasta aprovechó para tejer una persecución peculiar que les permitía adentrarse en el mundo de la farsa y coquetear con la comedia y el humor negro con una cuidada estética clásica y luminosa, muy distinta a la oscuridad de “El Club” o “Post Mortem”.
“Decidimos darle un tono de lugar noir, asociado a la estética de las películas que se hacían en los años 50. Queríamos que se sintiera verosímil pero que se respirara irreal, como la poesía”, destacó Larraín.
El objetivo del filme es ofrecer al espectador una mixtura de sensaciones y materialidades tanto realistas como poéticas que permitan “ver la película como si se leyera una persecución escrita por Neruda. Una fabricación lúdica que atrapa y emociona”, concluyó Larraín.
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