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En la tevé, el mago muestra la mano

La pantalla chica cuenta historias cada vez más sofisticadas, y cada vez más ficciones (incluida “ADDA”, en Telefé) eligen para complejizar su trama una historia que salta entre pasado y futuro. Bondades y riesgos de una herramienta primordial para la nueva televisión
“Big Little Lies”
La escena de “Game of thrones” que enfureció a sus fans
“Legión”

Por Redacción

“Big Little Lies”, la miniserie que comenzó hace tres domingos, producida y estelarizada por las estrellas de Hollywood Nicole Kidman, Reese Witherspoon, Shailene Woodley, Laura Dern y Alexander Skarsgard, con talento del mundo del cine detrás de la pantalla (dirige Jean-Marc Vallé, de “Dallas Buyer’s Club”), relata una historia oscura, de gran impacto emocional, personajes complejos y dinámicas familiares rotas. Una nueva serie de HBO que se asegura de completar todos los requisitos de la ficción “moderna”, de llenar cada casillero de los requeridos por la audiencia del siglo XXI, incluida una forma de narrar “no lineal” .

La narración no lineal, es decir, la forma de contar una historia donde los eventos no transcurren en orden, no es una innovación propia de la nueva Era de Oro de la TV estadounidense (ha existido, de hecho, por siglos) pero sí es una marca de los nuevos modos de narrar.

Es que las nuevas generaciones crecen marcadas por las series televisivas antes que por el cine o la literatura, y se han sofisticado como audiencia, empujando a los escritores a construir aparatos narrativos más complejos.

El objetivo de esta decisión narrativa es, básicamente, esconder revelaciones del espectador: la narración clásica se compone de una serie de actos que llevan como consecuencia al momento revelador, y ya en esos relatos tradicionales el narrador manipulaba el tono, las acciones, las revelaciones, para preparar el terreno para el gran desenlace; la nueva televisión solo pretende esconder ese acto final de manera más compleja, dejando pequeñas pistas en una serie de idas y venidas temporales que remuneran al espectador implicado, no al pasivo, y que intentan resguardar los secretos más importantes de la trama de la constante especulación de los obsesionados seguidores en internet.

EL CASO HBO

“Big Little Lies”, por ejemplo, estrenó un piloto donde la narración no lineal permite encubrir a través de una elipsis (algo que ocurre fuera de cámara), un vacío narrativo, información que conoceríamos de otra manera (quién es el asesino, por ejemplo): este procedimiento clásico de cualquier policial es completado con una vuelta de tuerca diseñada para generar suspenso, ya que en la serie tampoco sabemos quién murió.

Pero allí reside el problema de buena parte de la ficción moderna que utiliza este recurso sin discriminar: no hay explicación para el uso de este tipo de narración, que justifique por qué el espectador está recibiendo una cantidad de información suficiente para sostener el suspenso y seguir mirando, pero a la vez se le están ocultando partes cruciales del rompecabezas. La serie está ordenada por una mano exterior, la del director, la del guionista: las revelaciones no surgen de los personajes o las situaciones, sino que emanan de esa mano, del momento en que ella decide mostrar hechos importantes del pasado que desconocíamos.

En rigor, es siempre la mano creativa la que controla el flujo de información que conoce el espectador. Pero en los grandes usos de la herramienta, existe un motivo por el cual no se narra de manera lineal, se oculta información, se engaña al espectador, que emerge, orgánicamente, de la historia: en uno de los casos más estudiados, “Los sospechosos de siempre”, la narración no lineal parte de que la historia la cuenta, desde el final y en un interrogatorio, Verbal Kint, el personaje de Kevin Spacey, un narrador muy poco confiable que esconde los hechos no al público, sino a la policía; la reciente “La llegada” proponía un guión circular como la noción del tiempo que los visitantes extraterrestres legaron a la humanidad.

Lo contrario es la norma en “Big Little Lies”, donde los testigos del asesinato hablan a las autoridades y les cuentan todo, pero la cámara corta justo cuando están a punto de informar de algo a la audiencia, que la audiencia todavía no debe saber. “Westworld”, otra serie de HBO hecha con el molde de la tevé moderna, utilizó el mismo recurso hasta la exasperación, sin revelarle al público que estaba siendo testigo de varias líneas temporales: quizás la forma narrativa que entrelazaba períodos temporales fuera la única manera de contar treinta años de historia, pero engañar deliberadamente al espectador resultó una experiencia exasperante para muchos, sobre todo para el espectador ocasional que no tiene tiempo de seguir teorías explicativas en YouTube.

¿Y cómo olvidar la última temporada de “Game of Thrones”? La serie que enfrentará más temprano que tarde dragones contra zombies de hielo contó su historia durante las primeras temporadas saltando de personaje en personaje, pero sin revisar el pasado o adelantar el futuro, hasta que en esta temporada Bran Stark tomó protagonismo y sus viajes al pasado permitieron rellenar informaciones clave de la historia que sólo habían sido sugeridas, deslizadas, sospechadas.

El recurso emergió de la historia, pero en el momento más irritante de la serie, la mano de los creadores quedó revelada: Bran estaba a punto de descubrir quién es la madre de un personaje clave, Jon Snow, pero la revelación debía esperar hasta el episodio final, motivo por el cual el mentor del joven Stark decidió evitar sin motivo aparente que suba unos peldaños y conozca la verdad...

BUENOS USOs

Esto no quiere decir que el recurso deba cancelarse, que representa algún tipo de forma bastarda de la narración, o que el truco esté agotado: otras series actuales, de hecho, la utilizan de modo satisfactorio y celebrado. Como “Legion”, el nuevo show de FX (va los jueves a las 22) que toma la noción del narrador no confiable (un protagonista esquizofrénico) y entre interrogatorios, entrenamientos mentales, sesiones terapéuticas y el flujo mental de un personaje desbalanceado nos lleva de adelante hacia atrás, en un viaje visual que desdibuja lo que es real y lo que es ficción y que recuerda a “Eterno resplandor de una mente sin recuerdos”, un ejemplo de cómo la forma puede llamar la atención sobre sí misma sin romper el pacto con el espectador.

Narrar es manipular, es un acto de magia al cual el espectador se presta, y cuyo “prestigio”, como explica la película de culto “The Prestige”, de Christopher Nolan, se esconde en el tercer acto, al cual todo debe conducir.

Pero cuando la manipulación se vuelve evidente, cuando llama la atención, se transforma en un vehículo de lucimiento y sofisticación cuyo impacto, siempre, es superficial, porque el espectador, en algún rincón de su ser, sabe que lo están engañando, no puede dejar de sentir la historia como un artificio. ¿O no se sintió así el mundo en aquel episodio de “Game of Thrones”? Cuando la manipulación se revela, se rompe el efecto mágico: el mago pierde su poder sobre la audiencia. Y la audiencia es más sofisticada, precisa cada vez más complejidad, pero también ha afinado mucho más el olfato.

¿Y cómo olvidar la última temporada de “Game of Thrones”? En esta temporada Bran Stark tomó protagonismo y sus viajes al pasado permitieron rellenar informaciones clave de la historia que sólo habían sido sugeridas, deslizadas, sospechadas

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