La tragedia de Olavarría, el conflicto docente y la tensión piquetera, marcaron el ritmo de otra semana complicada.
La de Olavarría es una historia que todavía no está cerrada. La investigación de lo ocurrido recién ha comenzado, la cadena de responsabilidades no está determinada y las consecuencias políticas pueden ser mucho más graves de las que se han visto hasta ahora.
Ha quedado la sensación unánime de que la tragedia podría haber sido muchísimo peor de lo que fue. Hubo tanta impericia, tanto descontrol y tanta improvisación que, con una multitud como la que se movilizó, todo podría haber terminado en una catástrofe.
Queda, también, la sensación de que no aprendemos nunca. Pasó Cromañón y el “dale que va” sigue vigente. Asusta, porque eso habla de un país que insiste, una y otra vez, en bambolearse en la cornisa.
Mientras tanto, el conflicto docente volvió a dominar la escena. El paro se ha debilitado pero el diálogo sigue cortado y las posiciones se han endurecido. Todo está dicho. Lo que nadie sabe es cómo se sale del laberinto en el que ha quedado extraviada la negociación.
Para el gobierno bonaerense, el litigio con los maestros absorbe casi todas las energías. La marcha de la gestión parece, en buena medida, subordinada al conflicto. Hay tres ministros (el de Economía, el de Educación y el de Trabajo) que no piensan en otra cosa. Para la propia Gobernadora, es el tema más complejo de la coyuntura. Si se repara en que otras áreas (como Salud y Justicia) también deben lidiar con paros, no es exagerado decir que casi todo el gobierno provincial baila al compás de estos conflictos.
Un ministerio podría quedar a salvo de los litigios sindicales. Es el de Producción. Pero ya cumplió más de cien días sin ministro.
La Ciudad, mientras tanto, ha tenido que convivir con otras complicaciones. El anárquico conflicto en la Línea Este de colectivos generó enormes perjuicios a miles de vecinos. Se ha repetido lo mismo que hace unos meses. No es, en realidad, un conflicto gremial sino el accionar de un grupo minúsculo y violento que, por fuera de cualquier organización sindical, afecta un servicio público esencial. Se demoró demasiado en desalojarlos del parador que mantenían tomado y se cayó luego en el escándalo de que un grupo de activistas frenara micros en 7 y 50 y les zapateara arriba del techo. Fueron imágenes de un descontrol al que la Ciudad, penosamente, parece condenada.
Como siempre, los más perjudicados fueron los vecinos que no tienen auto ni pueden tomar un remís para ir o volver de sus trabajos.
Andar en auto tampoco fue fácil. Piquetes, movilizaciones y protestas pusieron obstáculos todos los días.
Por supuesto, de andar en tren, mejor olvidarse. A City Bell sigue sin llegar por un conflicto irresuelto en las estaciones de Hudson y Pereyra. A La Plata, nadie sabe cuándo va a volver.
Lo que entusiasma a muchos es la posibilidad de viajar en avión. El desembarco de las líneas Low Coast en el país se ha producido con algunas ofertas tentadoras, aunque se agotaron en pocas horas y no volvieron a aparecer. ¿Se podrá viajar a España por $5.400 ida y vuelta? Algunos -que estaban muy alertas- parece que lo consiguieron.
Siempre hay, en medio de la maraña de conflictos, penurias y dificultades, historias que proponen una sonrisa. Una la escribieron esta semana los albañiles de una obra de 11 y 45. Pusieron un cartel en el que avisan: “En esta obra no silbamos a las mujeres y estamos en contra del acoso callejero”. Unos caballeros...
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