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ENFOQUE

Me borré de Facebook

Me borré de Facebook

AlesiaKan / Shutterstock

Por RAUL MARTINEZ FAZZALARI (*)

En el libro Superficiales, Nicholas Carr, sostiene que la utilización de los dispositivos electrónicos va en detrimento de las habilidades de nuestro cerebro. El autor dice que la multiplicidad de mensajes, la innecesaria sobrecarga de memoria y su consecuente desplazamiento para el almacenamiento de datos a dispositivos móviles hace que la mente padezca una distracción constante y una pérdida de su plasticidad adaptativa.

He visto en los últimos tiempos que esto está ocurriendo efectivamente. Personas de diferentes edades han desplazado su vida, vínculos y comunicación al ámbito virtual, convirtiéndolo en el centro de su interés. Siendo lo que acontece en las redes de tal importancia que es el centro de sus intereses. Algunas padecen las difamaciones, el acoso y la violencia que ocurren por estos medios, aunque las consecuencias de lo virtual son sufridas en el cuerpo.

He tomado la decisión de eliminarme de Facebook. Entre los varios fundamentos de la medida adoptada destaco: No me interesa ver lo que come la gente. La valoración de “Me gusta” o “No me gusta” o una cara feliz o triste, me parecen simplificaciones de los argumentos (o la carencia de ellos). Las referencias subidas sobre notas de prensa ya publicadas sin opinión, crítica o comentario alguno sobre las mismas, para quienes leemos los diarios es repetitivo. Nunca me interesé en la vida personal ni privada de las personas. Los saludos efectuados de forma colectiva por días de la madre, padre, amigo, mujer o maestro, no los considero relevantes. Ver las fotografías tomadas en las vacaciones nunca lo toleré ni siquiera en formato papel (lo que incluye sus trayectos de ida o regreso del destino). Ídem para las fotos de casamiento (ya sean en la ceremonia civil, religiosa o sus fiestas respectivas). Las referencias sobre en que aeropuerto se está, que avión se va a tomar o en que sala de embarque se encuentra, me parecen una demostración de un ego infantil. Nunca toleré el exhibicionismo turístico. Rechazo las fotos de hijos o sobrinos, tíos, hermanos y demás familiares, en piletas, bañaderas, comedores o cocinas. Nunca publiqué algo que pudiera ser de interés para la totalidad de la lista de contactos. La sensación que he tenido en las publicaciones efectuadas, fueron que las mismas podían ser de muy poco interés o interés nulo para muchos de la lista y generar con ello una molestia. Nunca entendí que es “Dar un toque” ni “Etiquetar”. Seleccionar e individualizar a una persona que se le quiere comunicar algo, es más importante que hacerlo de forma masiva a un conjunto indiscriminado y anónimo de personas. Me parece muy difícil (cuanto no imposible) tener 200, 300 o 5000 amigos. Creo que podré seguir viviendo sin una “red social” electrónica; las otras me han sostenido hasta la fecha.

 

(*) Abogado especialista en delitos informáticos.

 

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