Los automovilistas platenses conocen perfectamente que muchas de las calles de la Ciudad, especialmente las de la periferia, se han transformado en un muestrario de obstáculos hostiles para las suspensiones y trenes delanteros de sus vehículos, ante la sucesión de pozos afilados en los bordes, grietas o quebraduras del pavimento e, inclusive, cunetas demasiado profundas o lomos de burro que, sumados, se convierten en una suerte de paraíso para los chapistas y otros mecánicos.
Tal como se detalló en un informe publicado en este diario, llevarse por delante un bache de poca profundidad pero con bordes perpendiculares puede redundar en un golpe letal para las finanzas, ya que rectificar una llanta metálica abollada o darle un punto de soldadura a una llanta de magnesio, no baja de los 500 pesos. Si además la cubierta se daña y pierde aire, el parche cuesta $100; peor aún, si el tajo es grande y hay que cambiar el neumático, se debe hablar de mil pesos, en adelante.
Mecánicos de la zona confirmaron que últimamente ingresan a sus talleres autos y otros tipos de vehículos con el tren delantero seriamente deteriorado o los neumáticos rotos. En especial, dijeron, suelen ser muchos los conductores que viajan a Bartolomé Bavio o Magdalena los que sufren las consecuencias del mal estado de la ruta, aunque la mayoría de los principales accesos a la Ciudad se encuentran deteriorados, además de verse sembrados de lomos de burro demasiado altos y sin señalizar.
Los expertos coinciden al expresar que la antigüedad de la mayoría de las calles platenses, es decir los años sin mantenimiento o sin recambio de la capa asfáltica o de hormigón, sobrepasa largamente los índices recomendables. Muchas de ellas no reciben ningún tipo de tratamiento desde hace más de dos décadas.
Por dar sólo un ejemplo: al recorrerse vastos sectores de la zona sur del Gran La Plata podría decirse que no existe una cuadra que no exhiba en alguno de sus sectores deterioros provocados por la falta del mantenimiento adecuado o por trabajos a medio hacer. Si a esta irregularidad se le suma otra igualmente manifiesta y corriente en toda la periferia, como es la insuficiente iluminación artificial durante la noche, se concluirá que se conjugan factores de alta peligrosidad para circular.
Está claro que en la agenda de prioridades de las autoridades deberían figurar esas necesidades insatisfechas que merecen una solución urgente.
Una mención circunstanciada de todas las anomalías que la ciudad registra en la materia sería imposible dado el cúmulo de deformidades apreciables al presente. Las mencionadas son sólo algunas de ellas y de más reciente denuncia pero de enorme gravitación para el normal desenvolvimiento de miles de vehículos. Subsisten desde hace mucho tiempo y constituyen no sólo un riesgo para la integridad de las personas, sino que, como se ha dicho, se traducen en constantes y altas erogaciones para los automovilistas que viven arreglando sus vehículos a partir del hecho de que las administraciones se desentienden de mantener las calles en buenas condiciones.
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