Con el fallecimiento, a los 68 años, del arquitecto Janek Wittek, desaparece la figura de un profesional que dejó la huella de su estilo en numerosas obras particulares y en edificios públicos emblemáticos de la Ciudad. Queda, además, como parte de su legado, su ejemplo de vida, plena en experiencias y en buenas acciones.
Había nacido el 11 de noviembre de 1948 en la capital federal. Fue el único hijo de Zdzislaw Wittek y Nerina Guzzinati. Luego de cumplir con la educación básica en colegios porteños se instaló en La Plata y cursó toda la carrera universitaria en la facultad de Arquitectura y Urbanización de la UNLP.
Ya graduado, en 1975, viajó a Europa y durante tres años trabajó, contratado por terceros, en Milán y París. A su regreso a La Plata, en 1978, abrió un estudio en sociedad con un par de colegas. En ese proyecto se mantuvo varios años.
En 1985 se casó con la arquitecta Marcela Rogg, a quien había conocido en clase, como su profesor mientras que ella transitaba la carrera en la UNLP. A los seis meses de conocerse la pareja contrajo matrimonio y a los dos años de compartir el hogar se unió también en la profesión, trabajando ambos en el mismo estudio, con iniciativas que desarrollaron en la Argentina y en el Uruguay.
Fue autor de lo que constituyó, quizás, su mayor orgullo como arquitecto. Reiniciada la democracia, a mediados de los años 80, tuvo a su cargo el proyecto y la dirección de la restauración del Senado provincial, situado dentro del histórico edificio de 7 entre 51 y 53.
Además de su labor desde el ejercicio independiente de la profesión, fue director de Arquitectura de la cámara Alta bonaerense y ocupó diversos cargos en organismos del Estado.
Wittek desempeñó una larga actuación docente, como Jefe de Trabajos Prácticos, en la UNLP y la UCALP. Dictó, durante muchos años, en ambas casas de estudio, las materias de Arquitectura y de Historia de la Arquitectura. Formar en diseño y urbanismo a las nuevas generaciones fue para él un desafío y una pasión a la vez.
Comprometido con su comunidad, fue un activo integrante de DNI City Bell (Defendamos Nuestra Identidad), entidad que preside su esposa.
Junto a Marcela tuvo dos hijos: Nerina, que siguió los pasos de sus padres y es arquitecta; y Blas. En el último año y medio de su vida tuvo la dicha de fue feliz en su rol de abuelo de Toribio.
Rugbier en sus años jóvenes, inculcó a su hijo el amor por el deporte y visitó con enorme entusiasmo la cancha de Los Tilos para ver jugar a Blas. Fue hincha de Gimnasia.
De espíritu aventurero, disfrutó de cada viaje que realizó y le interesaban tanto los paisajes naturales como los contextos urbanos donde apreciaba por igual arquitectura e historia.
Buen conversador, se lo recordará por sus profundas charlas.
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