A mediados de los ‘80, a Medicina se entraba sin rendir examen de ingreso. Había un curso introductorio con trabajos prácticos, y el requisito máximo era asistir al 80% de las clases.
Germán Cabo hoy tiene 49 años y vive en Ensenada. Es agrónomo. Pero pasó por 60 y 120. En su libreta tiene un 4 en Anatomía y la cursada de Histología aprobada.
Recuerda que “si el práctico de Anatomía era a las 14, media hora antes había gente sentada en el pasillo, esperando a conseguir un lugar donde pudiese ver y tocar los preparados, como corresponde”.
“En mi caso, la mayoría de las veces quedaba en segunda fila y tenía que estar dos horas en puntas de pie, no alcanzaba a ver bien y escuchaba poco y nada lo que explicaba el docente. Quienes quedaban más atrás se paraban en sillas. Mis dos compañeros de estudio y yo, más de una vez nos fuimos. Era imposible dar clases así”, afirma.
Sigue. “Cuando preparamos el final nos encontramos ante una situación muy compleja, ya que estábamos bien en la teoría, pero Anatomía es práctica por excelencia. La cuestión es que uno de mis compañeros consiguió unas láminas impresionantes, y huesos. Las láminas parecían fotos, tenían detalles increíbles. Las memorizamos durante más de un mes, mes y medio”, añade Germán.
Cuenta luego que “primero dimos el práctico. Pasabas por ocho mesas que tenían otros tantos preparados y una arteria, nervio o músculo pinchado, y te daban un tiempo para que anotes en un papel lo que era. Si aprobabas el práctico, pasabas al oral. Mis compañeros y yo pasamos. Mi oral fue flojo. Pero el profesor, Gorostiaga, me dijo: “Como dio un excelente práctico, está aprobado”. Desde ya que estuve contento. Pero sentía que esa no era la forma”, remata.
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