Por ALEJANDRO CASTAÑEDA
Periodista y critico de cine
Mail: afcastab@gmail.com
Todo empezó con la glorificación de las marcas. Ahora la ropa vale no por su buen gusto sino por su emblema. El logo define y revalúa. Desde allí, la gente empezó a querer darle marcas a su cuerpo. ¿Qué lleva a una persona tatuarse? No es sólo algo decorativo. Desde siempre, el hombre quiere diferenciarse y tener algo más. Unos lo hacen para atraer miradas, otros para seguir la moda y están los que invocan un amor para tratar de afirmarlo. El cambio está allí, aunque sea pura apariencia. La tentación de adornarse la piel lleva a extremos. “Nada más profundo que la piel”, dijo Paul Valery. A qué viene esta furia por dejar impresa nuevas señales. ¿Es una manera de afirmar la identidad o es un mero recurso pasajero? ¿Terminaremos siendo rehenes de la pinturería y la gráfica? No debe ser fácil circular con mimos por esos cuerpos con señales tan cambiantes. Antes no había otros agregados que la pura cáscara natural de una belleza que no necesitaba atracciones extras para convocar miradas y atrevimientos. Pero la idea de intervenir allí, en lo que nos delata, y de augurarse otros destinos desde la apariencia, ha ido modificando al panorama. Primero fueron adornos transitorios, pero el tatuaje de hoy se ha vuelto una incursión duradera y los que lo solicitan saben de antemano que lo de borrón y cuenta nueva puede ser para el amor y el trabajo, y hasta por ahí nomás, pero jamás para estos raros símbolos que necesitan largas explicaciones.
Entre tantas cosas que se van perdiendo, el tatuaje amoroso al menos juega su destino al largo plazo. Y pasó a ser lo más duradero en un mundo afectivo que apuesta al imperio de lo efímero. Como todo, importa por lo que muestra y por lo que oculta. Esos trazos dicen algo. El cuerpo hasta hace poco era un coto protegido y mejorable. Pero hoy los novios mimosean y no saben si están apretando algún dragón o manoseando una deidad de quien sabe dónde. Y mucho más incierto al internarse en fronteras más peliagudas, donde a la puerta del paraíso puede esperarnos una serpiente errante que más que recibirnos parece ahuyentarnos. Una admiradora se pintó en sus nalgas la cara de Messi. No debe ser muy inspirador tener allí a un tipo que siempre la mete. Candelaria Tinelli no dejó nada de su silueta libre de alegorías. Y están los que se pintarrajearon el pene. ¿Buscaban un polvo multicolor? Con tanto grafiti íntimo, el franeleo ha pasado a ser faena de exploradores. Hasta ahora el cuerpo era zona colonizable pero permanente. Lo que estaba, quedaba así para siempre. Nada lo profanaba. Las manos queridas merodeaban por terrenos conocidos y no había que andar preguntando para seguir el itinerario de siempre. Es cierto que uno debe rendirse ante las exigencias de su tiempo, pero molesta ver a esas mujeres hermosas acudir a esa rama de la pinturería para otorgarle, a unos jeroglíficos, propiedad definitiva sobre esos lugares donde todo ocurre.
Cualquier retoque es una forma de publicidad. Los que se tatúan necesitan mostrarse. El hombre siempre trabajó para la mirada del otro. Cada uno tiene derecho usar su cuerpo para publicitar lo que quiera. La apariencia siempre exige mucho. Y hay hombres y mujeres descontentos que necesitan dibujos mejoradores. Para algunos, tatuarse el nombre del compañera/o es una nueva prueba de amor, porque antes se pedía otras prestaciones. Pero están los que exponen su geografía a esas pasiones momentáneas que después piden ser borradas. Y el tatuaje entonces dará allí una lección postrera y no esperada: enseñará a sus amos que hay amores que no subsisten ni aunque se los grabe con pintura. Entonces, ¿por qué tatuarse? Desde siempre la piel de la mujer fue un ejemplo de pura luz, textura y limpidez. Y con menos obstáculos, mejor. Un recorrido donde las manos se deslizan gustosas con caricias itinerantes, tan cargadas de propósitos como las carpas de estos días.
El cuerpo hasta hace poco era un coto protegido y mejorable. Pero hoy los novios mimosean y no saben si están apretando algún dragón o manoseando una deidad de quien sabe dónde
Es cierto que uno debe rendirse ante las exigencias de su tiempo, pero molesta ver a esas mujeres hermosas acudir a esa rama de la pinturería para otorgarle, a unos jeroglíficos, propiedad definitiva sobre esos lugares donde todo ocurre
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