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Pascuas: el día que cambió la historia

Por NICOLAS BAISI (*)

Un viaje con el mejor destino

Los cristianos creemos y sabemos que Jesús resucitó, que hubo un Hombre que fue hasta la muerte y volvió, para no morir ya más. Uno de nosotros venció a la muerte. Desde ese entonces la muerte no tiene la última palabra, ya no somos un “ser para la muerte”, un ser absurdo que ansiosamente busca vivir, y sabe que indefectiblemente va a morir.

La Resurrección de Jesús cambió radicalmente el sentido de nuestra vida, ya no caminamos hacia la muerte sino hacia la Vida verdadera, hacia la Vida que es más vida que la vida que vivimos cada día. Cambiando el destino final de nuestra vida, cambia cada momento de nuestra caminar por este mundo. No es lo mismo viajar en un tren que sabemos que se dirige a un buen lugar, que pensar que el tren va a estrellarse. El fin del viaje marca cada momento del viaje. Si el lugar adonde vamos es un buen lugar, y más aún, si en él nos espera alguien que nos amar y a quien amamos, esto nos da alegría durante todo el viaje, nos da fuerza en los momentos difíciles o complicados del mismo, sobre todo si es largo, y además constituye nuestro consuelo y nuestra esperanza en los momentos dolorosos o inexplicables... Si la meta vale la pena, nos ayudamos mutuamente para llegar, y queremos que otros participen del viaje con nosotros. Un buen destino permite compartir con alegría los momentos del viaje, sean momentos luminosos, sean momentos oscuros. Un viaje que tuviera como meta final la destrucción o la nada, sería imposible de disfrutar en plenitud. Tal vez podamos distraernos con el paisaje durante un tiempo, o charlar con la gente, ir al vagón comedor, incluso hasta podríamos tomarnos unas copas y festejar las cosas buenas que pasan en el viaje..., pero finalmente, habrá un momento en el que estaremos solos. Entonces, en esos instantes de silencio y reflexión, cuando se acaba el ruido, cuando se hace la noche y nos rodea la oscuridad, comienza la angustia por un final que acaba con todo y nos lo quita todo... Esta angustia nos invade y nos quita la felicidad y la paz. ¿Para qué vivir...?

Si la vida se acabase con la muerte, sin duda seríamos los seres más infelices de este mundo, hasta deberíamos envidiar a los animales, que viven sin saber que viven y sin saber que van a morir.

Tres dias que dan sentido a toda la vida

Pero además de estas cosas, ¿qué nos dice la Semana Santa?

El Jueves Santo celebramos la Cena Pascual de Jesús, donde los cristianos reconocemos la primera Misa, el don de la Eucaristía y el sacerdocio, el mandamiento del amor. La Cena Pascual recuerda la cena de los judíos antes de huir de Egipto y ser liberados por Dios, el paso de la esclavitud a la libertad, de la muerte a la vida. Esta Cena recuerda y celebra las maravillas que Dios obró en la historia a favor del pueblo de Israel. Se come el Cordero pascual en familia, se espera al Mesías. Jesús celebra esta cena con sus discípulos, que son ahora su familia. Toma el pan ázimo y dice: “Esto es mi cuerpo que se entrega por ustedes”. Toma la copa de vino y dice: “Esta es mi sangre que se derrama por ustedes”. Su vida que va a entregar al día siguiente en la Cruz, la entrega antes bajo la forma de pan y vino. Nos enseña a celebrar la Misa y a dar la vida por los demás: “Hagan esto en memoria mía”.

El Viernes Santo Jesús muere en la Cruz. El Hombre más Bueno del mundo, que “pasó haciendo el bien”, curando los enfermos y predicando la Verdad, muere cruel e injustamente ejecutado entre dos ladrones. En esta muerte los cristianos creemos que está nuestra salvación. El Hijo de Dios muere en la Cruz, carga con nuestros pecados, “por sus heridas somos sanados”. Jesús “paga” las culpas de todos nosotros y así nos dona el perdón de Dios y nos abre las puertas del Cielo. Jesús muere perdonando y nos enseña a perdonar hasta el fin, Jesús muere rezando y nos enseña a rezar hasta el fin, Jesús muere amando y nos enseña a amar hasta el fin. Jesús nos dice que nunca estamos solos, Dios nos acompaña en nuestros sufrimientos y en nuestra muerte, nos conduce por los caminos oscuros de este mundo hasta las verdes praderas del Reino de los Cielo.

Después de su entrega en la Última Cena del Jueves, después de su Muerte en la Cruz el Viernes, Jesús reposa en el sepulcro el Sábado Santo, va a lo más profundo a buscar a los hombres que están en lo más profundo, “descendió a los infiernos”, a lo más oscuro y lo más solo de la existencia humana, para buscar a los que están en la oscuridad y soledad, para traerles la luz y la presencia de Dios, para salvarlos. Va hasta el abismo para buscar a los que están en el abismo. Busca a todos, a todos llama, de todos espera una respuesta.

Finalmente el Domingo el Señor vence la muerte, Resucita. Vence la muerte, nos abre el camino al Padre, nos muestra el Camino que conduce a la Vida. Él mismo es ese camino, lo que Él caminó es lo que podemos caminar nosotros, desde el Cielo nos espera y nos anuncia que la muerte no tiene la última palabra. No vamos camino a la muerte, sino a la Vida. La vida vale la pena ser vivida, porque con Jesús podemos caminar hacia la verdadera Vida, la Vida plena, la Vida verdaderamente feliz, la Vida que no acaba nunca y cuyo gozo nadie nos podrá arrebatar.

¡Muy felices Pascuas de Resurrección!

(*) Obispo auxiliar de la Arquidiócesis de La Plata

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