Alejandra Kamiya escribe como si ejecutara un glissando, como si barriera grácilmente las cuerdas de un arpa. Un andar rotundo que deja una huella apenas perceptible y, sin embargo, tan fácil de rastrear como una identidad o un estilo propio. La escritura como respiración: cada frase se filtra sigilosamente en el lector, desarmado frente a esa experiencia de placer biológico. Los párrafos gotean. Certeros como destinos, precisos y ágiles como la curva de un latigazo, van decantando y segregando su germen.
Y es que Kamiya no sólo tiene un mundo propio, tiene además la contraseña para soplarlo y darle vida. Así, los cuentos de Los árboles caídos también son el bosque funcionan como vasos comunicantes de un cuerpo que no se deja segmentar, ni mucho menos mutilar. Los desplazamientos semánticos, la plasticidad gramatical y la resonancia de los silencios son las postas de un universo capaz de asimilar casi cualquier cosa, y no por espacioso sino por expansible. Las remanencias de las filiaciones de una cultura que no se deja sepultar, los ecos de una amistad interrumpida en pleno idilio, la preparación de una ceremonia como una ofrenda de despedida, las estrías de la guerra, una clase alta en decadencia aferrándose desesperadamente a su arrogancia como último gesto de poder y de supervivencia, la precariedad de la condición humana revelada en una enfermedad terminal o en una madre que recela de la fragilidad de su hijo son algunos de los temas abordados en este libro magistral.
Los cuentos de Alejandra Kamiya -que nació en Buenos Aires y ha colaborado con la revista National Geographic-, fueron premiados en varias ocasiones: Premio Fundación Victoria Ocampo/ Fundación Banco Ciudad (2012), Premio Horacio Quiroga (Uruguay 2012), Premio Unicaja (España 2014) entre otras distinciones; además de haber integrado diversas antologías. La editorial Bajo la luna, en una decisión muy fina y acertada, los publica ahora reunidos en un solo volumen, que hace que se potencien entre sí.
Los contrastes y las zonas de contacto entre occidente y oriente son el tópico que sobrevuela la mayoría de los relatos, narrados desde un equilibrio precario pero certero, como si caminase “sobre una cuerda, un pie en línea con el otro”, cada palabra suspendida y a la vez engarzada a la siguiente. Esa frontera, escarpada y sinuosa, se vuelve “plana como una hoja”, sobre la que Kamiya escribe sus historias desnudándonos un universo que espeja los entresijos de la cultura oriental desde la lupa de una biografía a este lado del océano. Ese universo no nos es revelado desde una mirada antropológica sino profundamente literaria, desplegada desde las intuiciones personales de una genealogía antes que de la observación aséptica de la ciencia. Y es en ese punto donde el libro adquiere un verdadero vuelo estético.
Una escritura tan inauditamente tierna y una mirada inconfundiblemente femenina son la marca registrada de esta autora que no le teme a lo clásico ni a lo contemporáneo, porque se anima a la fusión de ambos desde una prosa y un tempo capaces de trastocar todo lo que tocan en belleza.
Editorial: Bajo la luna
Páginas: 128
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