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Ricardo Adala

Por Redacción

Su fallecimiento

Acreedor de un profundo respeto que, como profesional, se lo ganó a fuerza de sabiduría, entrega y entusiasmo; y de la admiración y afecto propios de quien no tuvo más que gestos nobles en la vida; falleció, a los 69 años, el médico especialista en atención de terapia intensiva Ricardo Ignacio Adala.

Había nacido en esta ciudad el 5 de marzo de 1948. Hijo de Ignacio Adala y de Dirce Verzegnassi, fue el mayor de los hijos del matrimonio. Tuvo dos hermanos: Silvia y Oscar.

La educación primaria la completó en la Escuela 42 y la secundaria la cumplió los primeros años en el Colegio Nacional “Rafael Hernández” y el resto en Olavarría, ciudad bonaerense a la que su familia se mudó. Al concluir la formación media, en 1966, regresó a La Plata, ya solo, con el plan de estudiar en la Universidad. Ingresó a la facultad de Ciencias Médicas y obtuvo su título.

Adala se dedicó a los cuidados intensivos. Por aquel tiempo, al finalizar los estudios de grado, la especialidad estaba en sus albores. Cursó la residencia en el Instituto del Tórax del Hospital San Juan de Dios y se convirtió en uno de los primeros terapistas de los centros de salud de la Región, por lo que no sólo ejerció la profesión desde esos servicios sino que además formó en la especialidad a varias generaciones de jóvenes médicos.

En la terapia intensiva del San Juan de Dios llevó adelante toda su carrera, hasta jubilarse como jefe del área. Además, trabajó en entidades del sistema privado de la sanidad, como el Sanatorio Ipensa, desde donde se lo recuerda por su “profesionalismo y humanidad”; y las clínicas Integral de La Plata y La Ribera de Ensenada, lugares en los que también desempeñó un rol esencial a la hora de curar, de acompañar a los pacientes en sus momentos más críticos y de capacitar generosamente a quienes se iban incorporando al equipo médico.

Gran estudioso de la medicina, se esforzaba por actualizarse en las novedades científicas sobre las enfermedades infecciosas -patologías en las que se capacitó especialmente- y en los avances tecnológicos que se volcaban a las terapias intensivas.

Se casó con la médica ginecóloga Elsa Robbiani y con ella formó una sólida familia que completaron dos hijos: Yamila, terapista como su padre; y Juan Ignacio, arquitecto. En los últimos años disfrutó de su nuevo rol, el de abuelo, junto a Lucio, Alma y Malena.

Amante de la pesca, encontraba en ese deporte recreativo que solía compartir con la familia o con amigos la forma de despejarse y descansar luego de semanas recargadas de trabajo y responsabilidades.

Entre sus relaciones sociales, que tuvo en gran número, se caracterizó como un excelente anfitrión y se destacó, en ese sentido, por la calidez de su carácter, sus modales agradables y su conversación rica en temas y por demás amena.

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