La suspensión de Messi, la derrota de la Selección, la elección de Chiqui Tapia... Fueron días en los que todos los reflectores estuvieron puestos sobre el fútbol. Y, en realidad, no hubo mucho para festejar.
Se podrá discutir si la FIFA exageró; si tomaron a Messi como “chivo expiatorio” o si aprovecharon para enviar un mensaje de otro tipo. Pero hay algo que está fuera de debate: un jugador de la inmensa jerarquía de Messi, con la responsabilidad -además- de ser capitán de la Selección nacional, no puede increpar a un árbitro como si estuviera en un potrero. Una pena.
La Selección, mientras tanto, parece expresar el momento que atraviesa el fútbol en la Argentina: no hay ideas; no hay renovación; no hay reglas claras; no abundan los liderazgos virtuosos. Otra pena. Porque Argentina había encontrado en el fútbol un motivo de orgullo y un factor de unidad. Hace tiempo que eso se ha resquebrajado. Las dirigencias opacas; las cuentas negras y las barra bravas parecen haber tomado el mayor protagonismo. Otra pena.
Hasta el deporte amateur parece a veces infectado de locura y de violencia. El caso del técnico asesinado a golpes en un partido de futsal que disputaban pibes de 14 y 15 años, es -acaso- una muestra brutal de los extremos a los que pueden llegar el descontrol y la violencia en el deporte de los chicos.
Genera impotencia ver que la violencia se ha enquistado en la vida cotidiana de una manera feroz. Esta semana un camionero atropelló y mató a un manifestante en el medio de un piquete cerca de Rosario. El “piquete” es una forma de violencia que parece naturalizada; la locura mete la cola con lamentable frecuencia.
El “escrache” es otra forma de violencia. Esta semana lo sufrió la gobernadora Vidal en la puerta de la base aérea en la que vive con sus hijos.
No hace falta decir que el lenguaje también puede ser una herramienta al servicio de la violencia. Y que eso es lo que se escucha en algunos discursos en los que se descalifica como “dictadura” a aquello con lo que disienten. Frente a eso hubo ayer gente en las plazas.
El conflicto docente fue, por supuesto, otro de los ejes por los que transitó la semana. No se encuentra la salida; hay más paros anunciados y miles de chicos empezaron abril sin conocer a su maestra. Todo ha sido dicho: no hay tiempo que pueda recuperarse. Las escuelas han perdido la nomalidad, la previsibilidad, la necesaria continuidad para desarrollar el proceso educativo.
En el medio del conflicto se ha puesto en discusión el viejo asunto del ausentismo. Hace décadas que se describen abusos y desnaturalizaciones en el régimen de licencias docentes. Más que denunciarlo, habría que combatirlo. Más que señalarlo habría que “ponerlo en caja”. Si hay maestros -como se ha dicho- que gozan de licencias con certificados truchos o historias clínicas adulteradas, deberían ser individualizados, sumariados y exonerados por el bien de la escuela pública y de la enorme mayoría de los docentes. Si hay quienes tienen licencia en la escuela del Estado y trabajan, al mismo tiempo, en un colegio privado, también deberían ser denunciados. Si hay -como se sabe que hay- un sistema de licencias excesivamente permisivo y que permite algunos disparates, debería impulsarse seriamente una reforma del sistema.
Ecos de conflicto y de violencia también llegaron desde afuera. Venezuela dio otro giro en contra de la democracia. Paraguay se asomó a un abismo de inestabilidad.
Lo mejor de la semana quizá haya sido la ley que aprobó el Senado nacional: la marihuana medicinal abre esperanzas en la lucha contra crueles enfermedades. Siempre hay, después de todo, algo para rescatar.
SUSCRIBITE a esta promo especial