Escribe Monseñor DR. JOSE LUIS KAUFMANN
Queridos hermanos y hermanas.
En una oportunidad se acercó a Jesús un joven para preguntarle qué obras buenas debía hacer para conseguir la Vida eterna.
El Maestro le respondió: “Si quieres entrar en la Vida eterna, cumple los mandamientos” (Mt 19, 16 ss).
Los Mandamientos, también llamados “Decálogo” – que literalmente significa “diez palabras” –, han sido revelados por Dios a Moisés en favor de todo su Pueblo y son transmitidos en los libros del Éxodo y del Deuteronomio.
Esta Ley de Dios forma parte de la Alianza sellada por el Señor con los suyos.
La Tradición de la Iglesia, fiel a la Sagrada Escritura y siguiendo el ejemplo de Jesús, ha reconocido en el Decálogo una significación e importancia fundamentales.
El Decálogo enuncia las exigencias del amor de Dios y del prójimo.
Los primeros tres mandamientos se refieren más al amor de Dios y los otros siete al amor del prójimo.
“El Decálogo forma un todo indisociable. Cada una de las «diez palabras» remite a cada una de las demás y al conjunto; se condicionan recíprocamente. Las dos tablas se iluminan mutuamente; forman una unidad orgánica. Transgredir un mandamiento es quebrantar todos los otros. No se puede honrar a otro sin bendecir a Dios su Creador. No se podría adorar a Dios sin amar a todos los hombres, que son sus criaturas. El Decálogo unifica la vida teologal y la vida social del ser humano” (Catecismo de la Iglesia Católica, 2069).
El Decálogo nos enseña la verdadera humanidad de la persona, poniendo de relieve los deberes esenciales y, por lo tanto, los derechos fundamentales inherentes a la naturaleza humana. Este Código contiene una expresión privilegiada de la ley natural.
Los mandamientos del Decálogo, que legislan los deberes fundamentales del ser humano hacia Dios y hacia su prójimo, son inmutables e implican siempre y en todas partes obligaciones graves
Los mandamientos del Decálogo, que legislan los deberes fundamentales del ser humano hacia Dios y hacia su prójimo, son inmutables e implican siempre y en todas partes obligaciones graves.
Cuando le preguntaron a Jesús cuál es el mandamiento más grande de la Ley, Él respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas” (Mt 22, 36-40).
El Decálogo debe ser interpretado a la luz de este doble y único mandamiento de la caridad, plenitud de la Ley.
La predicación de Jesús y su estilo de vida han atestiguado el valor perenne del Decálogo.
Sin embargo, aún siendo posible la observancia del Decálogo a toda persona en condiciones normales – pues Dios no podría mandar algo imposible –, con la ayuda del auxilio divino cada una de las sagradas normas conlleva el gozo de la adhesión humana a la Voluntad del Señor.
La adhesión personal al Decálogo permite una coherencia de vida que conlleva la felicidad del individuo, primero en este tiempo de peregrinación, y luego en la Eternidad.
La observancia de este Código no es extraño a la conciencia humana, todo lo contrario, ya que encuentra en tales preceptos una identidad con los principios de la ley natural.
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