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Messi o la ausencia del mesías

afp

Por Redacción

Mail: sergiosinay@gmail.com

Advertencia: ante posibles prejuicios el autor informa que es un consecuente futbolero, que practicó este deporte a lo largo de toda su vida, que lo jugó en diferentes canchas, competencias y torneos, que compartió vestuarios y cosechó amigos en ellos, que como hincha siguió siempre a su equipo a todos los estadios en que este jugó y que ama el fútbol a pesar de las mafias que lo contaminan. A continuación, el tema de esta columna:

Lionel Messi es argentino y lo demostró. Lo es aunque se resistan quienes lo critican porque no canta el himno (tampoco lo cantan quienes en los estadios solo acompañan la música ululando sin entonar la letra). Aunque haya vivido desde su pubertad en España, y allí haya construido su identidad, un gen del ser nacional permanece activo en él. De no ser así no habría hecho en estas tierras lo que ni por asomo haría ni en España ni en el resto de Europa. Insultar interminablemente a un juez de línea en la propia cara de este. ¿Por qué lo hizo? Más allá de inexplicables razones futbolísticas (la jugada era intrascendente, el árbitro ya había beneficiado generosamente a la selección argentina cobrando un penal inexistente y anulándole al rival un gol legítimo), lo más probable es que lo haya hecho sencillamente porque aquí se puede y allá no.

Como Messi es considerado una suerte de mesías que con su sola presencia podría llevar al fútbol argentino a la tierra prometida de un campeonato, se ha convertido en un intocable al que todo se le apaña, se le permite, se le justifica

El árbitro y sus colaboradores son la autoridad dentro de la cancha y su misión es velar por el juego aplicando el reglamento. El reglamento en el deporte es equivalente a la ley en la sociedad, por eso al árbitro se lo llama juez. Como ya lo explicó con sólidos fundamentos y razonamientos el jurista Carlos Nino (1943-1993), la Argentina es “Un país al margen de la ley” (ese es el título de un imprescindible libro de Nino). Aquí, desde tiempos remotos, señala este filósofo político, “se acata pero no se cumple”. Cada uno se cree con derecho a evadir la ley y ve como represor a quien la representa o trata de hacerla cumplir. La ley es siempre para los otros, no para uno, e infringirla se considera casi un mérito. Desde ya, cuando la ley (en raras ocasiones) cae sobre el infractor, este se considera inevitablemente víctima de una injusticia.

¿YO SEÑOR? NO SEÑOR

Como Messi es considerado una suerte de mesías que con su sola presencia podría llevar al fútbol argentino a la tierra prometida de un campeonato (a esta altura de su anemia ese campeonato ya no debe ser mundial, basta con un sudamericano o hasta rioplatense llegado el caso), se ha convertido en un intocable al que todo se le apaña, se le permite, se le justifica. Puede poner o sacar jugadores de la selección, puede aprobar o desaprobar técnicos, puede supervisar hoteles, aviones y comidas, puede quedar al margen del resto del equipo (como si no fuera parte de él) cuando se pierde una final y sus compañeros se agrupan en la frustración, puede renunciar al seleccionado sabiendo que regresará dentro de un rato, cuando se le pase el capricho y se lo rueguen sin pudor, puede quedarse en el banco ostentando su enojo por no haber sido incluido cuando todos (titulares y suplentes) celebran un triunfo clave, puede aducir ante el fisco español que él (un adulto en poder de sus facultades mentales) ignoraba la evasión que cometía la empresa que lleva su nombre y su imagen. Y hasta puede aducir que no insultó al juez de línea sino que simplemente echó pestes al aire, aunque imágenes mil veces repetidas muestran cómo ametralla a ese juez, mirándolo a los ojos, con groserías clarísimas de entender.

Esta última es otra costumbre criolla. La de no hacerse cargo de las consecuencias de los propios actos y buscar que la culpa caiga en otros. Ocurre en la política, en los negocios, en el deporte, en las relaciones personales y en cada recoveco del comportamiento social. Acostumbrados a este tipo de evasión de responsabilidades y a justificar lo injustificable, los argentinos solemos preguntar (con real o simulada ingenuidad) por qué nos va como nos va, por qué no levantamos cabeza. Y desenfundamos como respuesta otro hábito muy propio. El de considerarnos víctimas de oscuras maquinaciones: el FMI, la FIFA, la ONU, corporaciones, sinarquías, fondos buitres, manos negras, intereses oscuros. El mundo, en fin, invierte tiempo y energía en una permanente conspiración antiargentina. Una y otra vez el lobo acecha a Caperucita. Este relato autoindulgente no mostró, hasta ahora, ser el mejor camino para salir de las frustraciones repetidas y constantes.

Más allá del episodio del insulto y la merecida sanción, esto lleva a comprobar lo que ocurre cuando una sociedad pone sus expectativas en una figura providencial. En “El miedo a la libertad” (ayudaría mucho incluir este libro como lectura obligatoria en colegios secundarios) el pensador alemán Erich Fromm (1900-1980) mostraba que desechar la responsabilidad por el propio destino y negarse a pensar críticamente y por cuenta propia lleva a una masificación irracional que suele ser manipulada por figuras que van desde las oportunistas a las francamente dictatoriales. El ídolo o mito promete (a veces de palabra, con discursos manipuladores, a veces por simple presencia y acción) que encarnará y cumplirá el sueño de todos. Nunca lo hace (porque nadie puede huir de su responsabilidad), pero mientras tanto aviva una ilusión. Hasta el momento en que se descubre que su estatura es estándar, que no posee poderes mágicos y que, por lo general, su pedestal es de barro. Mientras creyó en él la sociedad perdió rumbos, oportunidades y a veces generaciones. Si la sociedad aprende iniciará, desde sus miembros, una transformación. Si no, irá en busca del próximo ídolo, olvidando al anterior o defendiéndolo ciegamente para no verse a sí misma al desnudo.

EL DESTINO NOS ESPERA

En este punto es donde podría decirse en su defensa que Messi es argentino en Argentina, pero no en Barcelona ni en Europa. Aquí debe arreglárselas por su cuenta, hacer su trabajo a solas mientras los demás lo miran, y convertirse, vale repetirlo, en el mesías que cargue en sus espaldas con el destino colectivo. Es una parte aislada en medio de un todo desordenado. En Barcelona, en cambio es parte de un equipo, las funciones están repartidas, siempre tiene apoyo, los talentosos no se borran (Iniesta, Busquets, etcétera) y el todo es más que la suma de las partes. Allí sabe, también, que los reglamentos se cumplen y se respetan, y que, como las leyes, a veces nos benefician y a veces nos recortan. Cuando un organismo (sea un equipo de fútbol, un grupo de trabajo, una familia, cualquier organización o una sociedad entera) funciona de esta manera obtiene determinados resultados y sus miembros demuestran, en general, un comportamiento armónico. De lo contrario se extienden las frustraciones, la esterilidad y el mal humor.

No es casual, entonces, que Messi reaccione de un modo en canchas europeas y de otro en estos pagos. Mientras él cumple su sanción, tanto admiradores como detractores tenemos la oportunidad de preguntarnos qué muestran Messi y sus compañeros de nosotros y qué destino podríamos comprometernos a construir respetando desacuerdos, honrando a la ley y las normas, dejando de esperar la llegada del mesías que no viene ni vendrá desde la política ni desde el deporte ni desde ningún otro plano. Ausente el mesías, hay un destino por asumir.

(*) El autor es escritor y periodista. Sus últimos libros son "Inteligencia y amor" y "Pensar"

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