Especial para EL DIA
de National Geographic
Antes de las vacunas, millones de niños por año morían horrendas muertes a raíz de enfermedades infecciosas como la tos convulsa, la polio o el sarampión. Hoy, gracias a ellas, la mayoría de estas enfermedades han sido erradicadas. Sin embargo, en distintos rincones del mundo, hay algunas personas que rechazan las vacunas.
En EE.UU. cada vez más padres se rehusan a vacunar a sus hijos por creer en una teoría -refutada por la ciencia- según la cual las vacunas causan autismo.
En Pakistán y Afganistán, los trabajadores de salud suelen ser atacados porque se cree las vacunas son un plan de Occidente para dejar infértiles a los musulmanes.
En “Ciencia, política y el costo humano de vencer la enfermedad”, Meredith Wadman investiga los trabajos que dieron lugar a algunas de las más importantes vacunas, y las batallas éticas e institucionales en torno a las mismas. Desde su casa en Arlington, Virginia, explica por qué los científicos creen que no existe relación entre las vacunas y el autismo, como se usó a los prisioneros como conejillos de india para probar vacunas, y cómo las células de una mujer sueca fueron -y siguen siendo- usadas para crear muchas de las vacunas del mundo.
P: ¿Existe una relación entre las vacunas y el autismo?
R: La idea de que la vacunación infantil provoca autismo fue analizada desde todos los ángulos y no se encontró ningún fundamento. Lamentablemente, el autismo se produce aproximadamente a la misma edad en que los niños reciben las vacunas, entre el año y los dos años. Los padres pueden suponer que su hijo fue vacunado y por eso desarrolló autismo. No obstante, existen decenas de estudios científicos sobre el tema que no encontraron pruebas de que la vacuna MMR- ni ninguna otra provoque autismo.
P: El aborto es un tema candente. Pero sin él, muchas vacunas no habrían sido creadas. Cuéntenos sobre las células WI-38 y la extraordinaria historia de la Sra. X.
R: En 1962, en Suecia, una mujer con varios hijos y un esposo para nada ideal decidió que no podía tener otro hijo. Esta Sra. X cursaba casi su cuarto mes de embarazo cuando logró hacerse un aborto. El feto abortado fue sometido a una disección en el Instituto Karolinska en el laboratorio de un eminente virólogo llamado Sven Gard.
En tanto, un joven biólogo llamado Leonard Hayflick del Wistar Institute de Filadelfia había estado consiguiendo fetos abortados del Hospital de la Universidad de Pennsylvania. Pretendía crear una línea celular, un grupo de células que se autorreplicaran, a partir de un feto abortado, que él creía que servirían como herramienta a quienes intentaban fabricar vacunas en un ambiente seguro y antiséptico. En esa época, se usaban células de riñón de mono para fabricar las vacunas Salk y Sabin contra la polio. Pero, se habían encontrado virus de mono en esas células renales de mono.
Decenas de millones de niños estadounidenses y británicos fueron vacunados con la vacuna Salk que pudo haber contenido el virus SV40 que causaba cáncer en hámsters de laboratorio. Hayflick pensó que si se podía obtener células de un feto y determinar que estaban limpias, se podría obtener una fábrica de microvacunas segura para elaborar estas vacunas virales. Los pulmones del feto abortado por la Sra. X fueron llevados a Filadelfia y usados por Hayflick para crear la línea celular conocida como WI-38. Lo asombroso es el poder del crecimiento exponencial.
Hayflick creó cerca de 800 pequeñas ampollas de estas células en 1962, cada una con un par de millones de células, y cada célula tenía el potencial de multiplicarse de 40 a 50 veces. Un recipiente de pinta, menos de medio litro, producirá alrededor de 20 millones de toneladas métricas de células. Un abastecimiento casi indefinido y esta línea celular sigue siendo usada.
P: Cuéntenos acerca de Hayflick y su larga batalla con el estado por la propiedad de las células WI-38.
R: Hayflick fue un joven científico brillante, tenaz y ambicioso nacido en el seno de la clase trabajadora de Filadelfia. Estaba decidido a dejar su marca en la biología. Tenía 34 años cuando derivó la línea celular WI-38. Cuatro meses antes, había firmado un contrato con el gobierno estadounidense, así que las células fueron obtenidas bajo ese contrato que estipulaba que el título de las células volvería al estado estadounidense una vez caducado el contrato, en 1968.
En ese momento quedaban aproximadamente 375 ampollas, cada una con un par de millones de células de enorme potencial. El ex jefe de Hayflick, Hilary Korowski, se quedaría con 10 ampollas, Hayflick con 10, y el resto volvería al estado. Pero cuando Hayflick viajó a Stanford para comenzar con su nuevo trabajo, llevaba consigo un refrigerador de nitrógeno líquido cargado con todas las ampollas de WI-38.
Se inició una larga batalla legal. El gobierno dijo que Hayflick los había robado. El científico contraatacó con un abogado experto en propiedad intelectual de Silicon Valley, Bill Fenwick, que más tarde representaría a Steve Jobs. La Universidad de Stanford no apoyó a Hayflick, quien se quedó sin empleo, con una gran familia y sin ingresos porque nadie lo quería contratar. Pero en 1974, Hayflick firmó contrato con Merck por un millón de dólares para suministrarle al laboratorio células para una vacuna contra la rubeola.
P: Durante y después de la Segunda Guerra Mundial, los científicos usaron seres humanos para probar vacunas de una manera que hoy consideraríamos inconcebible. Cuéntenos sobre ese contexto cultural tan diferente, y sobre algunos de los casos más atroces.
R: En plena Segunda Guerra Mundial, fue imperativo combatir la diseminación de enfermedades contagiosas en el frente. La gente más desprotegida fue convocada para las pruebas, como sucedió con una vacuna antigripal experimental. Jóvenes delincuentes inhalaron los virus de la gripe a través de una máscara de gas. O se los infectaba de tifus, con resultados terribles. Cuando terminó la guerra, el establishment médico estadounidense siguió pensando que tenía acceso privilegiado a esta gente en aras del bien común, no sólo en casos de investigadores de alto perfil, como Jonas Salk, sino de instituciones que los respaldaron.
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