Escribe Monseñor DR. JOSE LUIS KAUFMANN
Queridos hermanos y hermanas.
El primero de los Mandamientos de la Ley de Dios dice: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Deut. 6, 5).
El único y verdadero Dios se revela a su Pueblo, liberándolo de la esclavitud y enseñándole a conducirse de acuerdo al motivo por el que fue creado.
El ser humano, por medio de sus obras, tiene la vocación de hacer manifiesto a Dios, según su condición de criatura hecha a imagen y semejanza de Dios (cf. Gen 1, 26).
Dios nos ha creado para ser eternamente felices con Él.
Encontraremos nuestra felicidad si vivimos para la gloria de Dios.
Y esa felicidad se conquista por medio de los actos libres, pues sólo en la libertad tiene cabida el amor. Nada debe estar por encima de Dios-Amor que nos dará esa eterna dicha: ni las cosas del mundo, ni los seres queridos, ni la propia vida o salud. “Con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas”: consecuencia ineludible de que Dios es el Ser Supremo, Infinitamente Bueno, que nos ha creado para comunicarnos su inefable paz y felicidad.
Nada puede estar por encima de Dios-Amor que nos dará esa eterna dicha: ni las cosas del mundo, ni los seres queridos, ni la propia vida o salud
“El primero de los preceptos abarca la fe, la esperanza y la caridad. En efecto, quien dice Dios, dice un ser constante, inmutable, siempre el mismo, fiel, perfectamente justo. De ahí se sigue que nosotros debemos necesariamente aceptar sus Palabras y tener en Él una fe y una confianza completas. Él es todopoderoso, clemente, infinitamente inclinado a hacer el bien. ¿Quién podría no poner en Él todas sus esperanzas? ¿Y quién podrá no amarlo contemplando todos los tesoros de bondad y de ternura que ha derramado en nosotros? De ahí esa fórmula que Dios emplea en la Sagrada Escritura tanto al comienzo como al final de sus preceptos: «Yo soy el Señor»” (Catecismo, 2086)
Esta primera Palabra del Decálogo conlleva la adoración a Dios, como lo enseña Jesús, citando el Deuteronomio: “Adorarás al Señor, tu Dios, y a Él solo rendirás culto” (Lc 4, 8).
Los actos de fe, esperanza y caridad de este mandamiento nacen de la oración, que es una expresión de nuestra adoración: oración de alabanza y gratitud, de ruego de perdón y de súplica por necesidades. Sin la oración no es posible observar el Decálogo.
Si amamos y adoramos a Dios, nos someteremos gozosos a su soberanía y estaremos dispuestos a cumplir – siempre y en todo – su Voluntad, como lo hizo Jesús dándonos ejemplo.
Todo lo que Dios quiere para nosotros es bueno y santo, por lo tanto quienes no quieran conformarse con sus designios se oponen al Primer Mandamiento.
Como hijos de Dios, todo lo que hagamos debemos hacerlo por Él. Nuestra intención debe ser honrar a Dios, manifestarle nuestro amor y gratitud, haciendo con alegría su Voluntad. Lo que no se haga para gloria de Dios, es pecado u ocasión próxima de pecado.
Lamentablemente todavía son muchos los varones y mujeres que no encontraron el camino de la felicidad porque no aman a Dios sobre todas las cosas. Por lo cual no es posible que sean felices. Sólo les falta responder con libre docilidad al Amor de Señor que los llama y espera, para llegar a gustar la auténtica felicidad.
El que vive en el Amor a Dios está defendido de todo posible pecado.
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