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Al calor de la euforia por las neurociencias, en los últimos años, se multiplicaron las novedades y conocimientos sobre el cerebro, aunque esto parece correr en dirección inversa al uso que hacemos de él. Cuanto más lo conocemos pareciera que más regresamos a su etapa primitiva. Un fuerte indicio de esto se verifica en el estado del mundo contemporáneo. Guerras declaradas y no declaradas, atentados terroristas, aumento del crimen organizado, y del desorganizado también, la agresión como forma cotidiana de “comunicación”, violencia en las calles, en los estadios, en los hogares, gobernantes de países distintos que se insultan entre sí, parlamentarios que terminan sus sesiones a las trompadas, automovilistas que estallan y se pelean por naderías, linchamientos mediáticos, físicos y virtuales, foros de Internet que se usan como vaciaderos de amenazas y descalificaciones, programas de televisión que recuerdan a reñideros. Son comportamientos primitivos que no se corresponden con la evolución del cerebro humano.
Nuestro cerebro pesa alrededor de un kilo y medio y está constituido por unos cien mil millones de células (neuronas). Estas establecen permanentemente nuevas conexiones entre sí, estimuladas por lo que vemos, sentimos, oímos, olemos, pensamos, leemos, imaginamos. Esas conexiones se llaman sinapsis. Parte de las mismas responden a programas genéticamente predeterminados. Muchas otras se originan en nuestras experiencias, nuestras elecciones y en los rumbos que toma nuestra vida. La multiplicidad de sinapsis es origen y consecuencia, según cómo se mire, de la extraordinaria plasticidad del cerebro.
LAS CAPAS DE LA CEBOLLA
La historia de este órgano puede leerse como la historia de la evolución de la especie humana desde nuestros primitivos ancestros hasta quienes somos hoy. Como el de las otras especies nuestro cerebro comenzó por ser reptílico, constituido por el tronco y el cerebelo. Al igual que el de criaturas primitivas, se dedicaba a regular las funciones básicas para la supervivencia. Es la sede de los instintos y sus reacciones. Si no hubiésemos evolucionado hoy seríamos un reptil más, la criatura con menor desarrollo cerebral. Ese cerebro inicial permanece en nosotros y determina dos reacciones básicas ante situaciones extremas: luchar o huir. Pero al compás de nuestro desarrollo como especie otras dos capas se le sumaron, como en una cebolla. Una, que hoy sería la capa media, es el mesencéfalo. Este es el cerebro que nos lleva de la condición de reptiles a la de mamíferos y se llama también cerebro límbico. Va del encéfalo al bulbo raquídeo y se encarga de recoger información de nuestros sentidos, de regular el sueño y movimientos esenciales de nuestros músculos. Es el gestor del sistema nervioso autónomo o involuntario (gracias al cual parpadeamos, respiramos, circula nuestra sangre, late nuestro corazón, todo sin intervención de la voluntad).
Por fin, aparece la tercera capa, la que, podríamos decir, nos hace humanos. El neocortex, el gran salto evolutivo, con sus lóbulos frontales que nos permiten aprender, imaginar, calcular, tomar decisiones, proyectar, entender nuestros propios sentimientos y sensaciones, tener conciencia de nosotros mismos (designarnos con la palabra “yo” y comprender que somos diferentes de “tú” al tiempo que entendemos la noción de “nosotros”). Gracias a este “cerebro nuevo”, razonamos y podemos desarrollar el pensamiento crítico. Este cerebro es lo que comúnmente se denomina corteza cerebral.
La confrontación entre “ellos” y “nosotros” aparece en el devenir humano cuando, una vez organizados en estructuras cada vez más complejas (familias, tribus, villas, poblaciones, ciudades, países) los individuos se cierran en sus guetos, olvidan que necesitan del otro como condición de la propia supervivencia
El orden en que se desarrolló nuestro cerebro “tripartito” abarca una muy extensa cronología. Hace 500 millones de años, según estudios científicos, aquel cerebro reptílico inicial empezó su evolución, que se prolongaría con la aparición del cerebro medio. Este, responsable de coordinar nuestros movimientos corporales, la motricidad gruesa y fina y la orientación espacial, tuvo su evolución entre 500 y 300 millones de años atrás. Y hace unos 300 millones de años que somos algo más que simples mamíferos gracias al desarrollo del neocortex. Como quedó dicho es el que nos lleva más allá del instinto primario, el que nos abre un abanico de posibilidades que trascienden el inicial “luchar o huir”, el que nos permite hablar de amor, de espiritualidad, desarrollar y exponer argumentos, el que nos llevó a crear la palabra y, con ella, un lenguaje complejo y único, el que nos condujo a concebir comunidades y sociedades que son tramas extraordinarias, el que nos lleva a hablar de valores, a crear leyes, a desarrollar herramientas y tecnologías. Con él damos un salto de la inteligencia práctica al pensamiento abstracto. Hay una estrecha relación entre el neocortex y lo que el gran médico y pensador vienés Viktor Frankl, padre de la logoterapia (sistema filosófico orientado a profundizar en el poder terapéutico encerrado en el descubrimiento del sentido de la propia vida) llamaba la dimensión “noógena” o espiritual que diferencia al hombre de las demás criaturas. El ser humano puede trascender lo meramente biológico e incluso la predeterminación psíquica, e ir más allá, comprender que vive para algo y realizarlo, decía Frankl.
En realidad otros mamíferos cuentan con neocortex, lo que da cierta complejidad a sus conductas. Pero ninguno en la proporción del ser humano, en cuyo cerebro el neocortex significa el 90% del total.
REPTILES TECNOLÓGICOS
Cuidarse, cuidar, preservar su vida y la de sus compañeros más cercanos y directamente vinculados son funciones básicas de todos los sistemas nerviosos, recuerda Patricia S. Churchland, neurofilósofa canadiense, en su libro “El cerebro moral”. De ahí que haya conductas solidarias innatas. La confrontación entre “ellos” y “nosotros” aparece en el devenir humano cuando, una vez organizados en estructuras cada vez más complejas (familias, tribus, villas, poblaciones, ciudades, países) los individuos se cierran en sus guetos, olvidan que necesitan del otro como condición de la propia supervivencia y comienzan a ver a ese prójimo como medio, como enemigo o como aquel de quien obtener lo que uno no produce o no tiene. Se pasa de la cooperación a la confrontación.
En ese punto pareciera que el neocortex se paraliza y el cerebro reptílico toma el timón valiéndose de la amígdala. Esta se encuentra debajo de la corteza y determina la reacción que sigue a las emociones. Miedo, ira, satisfacción están en su área. Cuando se pierde la conexión entre amígdala y lóbulos prefrontales todo es emoción, reacción, y el razonamiento desaparece. ¿Está la sociedad contemporánea bajo el imperio de la amígdala? ¿Está desapareciendo la conciencia superior, esa maravillosa herramienta que nos proporcionó la evolución? ¿Somos protagonistas de una tremenda paradoja, dueños de un cerebro reptílico para nuestras relaciones sociales y personales y de neocortex solo aplicable a la invención tecnológica, aunque desprovista de contexto ético? Acaso como nunca, y de manera dramática, sea tiempo de usar el cerebro para algo más que para estudiarse a sí mismo. Usarlo, en fin, para la evolución moral.
(*) El autor es escritor y periodista. Sus últimos libros son "Inteligencia y amor" y "Pensar"
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