Por Alajandro Castañeda
Mail.: afcastab@gmail.com
Periodista y crítico de cine
A cierta edad, decía Hemingway, la historia del hombre se reduce a tener o no tener. Y entre las posesiones, el amor es una de las más preciadas. Es posible que los que han perdido algo en la gran disputa por el poder se las ingenien para obtener después triunfos compensadores en el mano a mano del amor. Algo de esto le estará pasando a Daniel Scioli, que tras quedar eliminado en la carrera por la Casa Rosada, empezó a resurgir gracias al cupo femenino. Había estado en campaña con una mujer que jugaba a ser primera dama cuando ya era segunda señora. Después blanqueó su nueva novia y está semana, en pleno escándalo, apeló al fantasma de la paternidad para encontrar algún atenuante. Está en crisis. Como el hogar Cubero-Neumann, donde las hijas desinformadas empezaron a darse cuenta que mamá y papá jugaban a ser matrimonio, porque ella dormía con los perros mientras a Cubero lo mandaba a la cucha del living a vigilar la casa.
Scioli también tiene un tema pendiente con la paternidad. Nunca son puntuales sus hijos. La primeriza llegó demasiado tarde y el segundo, demasiado pronto. Y los dos lo han obligado a revisar perdones a este señor de buen recorrido, que fue campeón en el agua pero logró en tierra sus mejores performances. No es el único padre con problemas. Cubero, por marcar la punta, se olvidó que en el centro de todo matrimonio acecha la rutina. Y que si dejamos de jugar en la cama siempre se colará algún comedido dispuesto a entretener a la señora. Nicole y a Scioli le sacaron provecho a un dos por uno matrimonial que dejó dolorido a un par de cónyuges que, como no pudieron despejar sus sospechas en casa, fueron a la TV para ventilar dudas y desconsuelo. “Me tenía secuestrada en La Ñata”, dijo Gisela. La dejaba muy sola. Distinto a Nicole y Poroto, que habitaban una superpoblada intimidad, con marido faltante y perros confianzudos que estorbaban pero no engañaban.
La pena ha pasado a ser un valor medible en el rating. El desfile de los engañados forma parte de las glosas dolientes de una comunidad de víctimas que buscan en el voto del prójimo un remedio para su desdicha. Scioli había ocultado a Gisela en los aviones. La tenía, como a las malas encuestas, lejos del alcance de la prensa. En lugar de doble discurso, su campaña incluía doble señoras: Karina en tierra firme y la cordobesa en el aire. Pero todo se derrumbó Y el ex gobernador, poco amigo de las rupturas, tuvo que empezar a negociar. Mientras Cubero pedía ayuda y Scioli recitaba su perdón, Burlando, protagonista de otra pareja en crisis, reafirmaba su imagen de galán insuperable gracias a otra ex indiscreta. Ella aseguraba que tuvo que dejar en suspenso su vínculo, porque el boga platense era un amante insaciable. ¿Reproche o propaganda? Los padres terribles también llegaron al cine. Esta semana se estreno un film, El Candidato, que tiene como protagonista a un empresario acaudalado que quiere hacer carrera política lejos de su familia. Sus iniciales son MM, para que nadie dude. El aspirante debe soportar como un mal inevitable la sombra de un padres más insaciables que Burlando, esos que alguna vez ayudan y muchas veces complican. Padres que estorban más que los perros de Cubero. Pero no fueron los únicos. Los hijos de Báez insistieron en poner sólo sobre las espaldas anchas y cuantiosas de papá Lázaro, la construcción y el manejo de una fortuna incalculable que se hizo a puro camino, entre Vialidad y la Casa Rosada, llevando y trayendo hormigón y plata por la banquina.
Dicen que Scioli usaba a Gioja de coartada y que cuando Gisela le llevaba el desayuno a la cama, él avisaba que es tarde tenía una reunión con La Cámpora. Pero cuando ella leyó los mensajitos de la conejita de Playboy, La Ñata pasó a ser una chalet de reproches y lágrimas. Al enterarse que Scioli timbreaba en casa ajena, todo se vino abajo. Y mucho más al escucharlo usar el embarazo como coartada exculpatoria. ¿Por qué? pregunta una cordobesa que no merece ser sustituida. Los políticos saben que hay que prometer pero que eso no significa que haya que cumplir. Y el amor suele formar parte de esa misma ingeniería simuladora. Un mensaje indiscreto, un teléfono a mano, un destinatario descuidado, una electora calentona y una compañera desconfiada le complicaron la vida al inquilino de La Ñata, que conoció en vida otros derrapes, pero que debió rehacer su relato por un affaire inesperado que empezó con una conejita y terminó con una cigüeña.
Scioli tiene un tema con la paternidad. Nunca son puntuales sus hijos. La primera llegó demasiado tarde y el segundo, demasiado pronto
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