Queridos hermanos y hermanas.
El octavo Mandamiento divino prescribe: “No darás testimonio falso contra tu prójimo” (Ex 20, 16; Deut 5, 20), lo cual quiere decir que prohíbe falsear la verdad en la relaciones interpersonales.
La Sagrada Biblia proclama que Dios es fuente de toda verdad y la verdad de Dios se manifestó plenamente en Jesús, verdadero Dios y verdadero Hombre. El mismo Señor Jesús nos enseña que los cristianos fieles “conocerán la verdad y la verdad los hará libres” (Jn 8, 32).
“La verdad como rectitud de la acción y de la palabra humana, tiene por nombre veracidad, sinceridad o franqueza. La verdad o veracidad es la virtud que consiste en mostrarse veraz en los propios actos y en decir verdad en sus palabras, evitando la duplicidad, la simulación y la hipocresía” (Catecismo, 2468).
Toda afirmación contraria a la verdad encierra una gravedad especial cuando se hace públicamente. Si la mentira se hace ante un tribunal es un falso testimonio y si se pronuncia bajo juramento se trata de perjurio. Estos delitos morales contribuyen a la condena del inocente, a la absolución del culpable o a una sanción injusta; además de perjudicar el ejercicio de la justicia y la equidad de la sentencia.
El respeto y consideración debidos al prestigio de las personas conlleva la prohibición de toda actitud o palabra que pudiese dañarlas injustamente. Por lo tanto, delinque contra este Mandamiento haciéndose culpable de “juicio temerario” quien, aún con el silencio, admite como verdadero un defecto moral en el prójimo, sin tener fundamento; de modo semejante, se hace culpable de “maledicencia” el que manifiesta los defectos o pecados de otros a personas que lo ignoran, sin tener motivo objetivamente válido para ello; y, asimismo, es culpable de “calumnia” todo aquel que, profiriendo palabras contrarias a la verdad, daña la reputación de otros y da ocasión a juicios equívocos sobre ellos.
Jesús afirmó que toda mentira tiene por génesis al demonio : “Ustedes tienen por padre al demonio y quieren cumplir los deseos de su padre. Desde el comienzo él fue homicida y no tiene nada que ver con la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando miente, habla conforme a lo que es, porque es mentiroso y padre de la mentira” (Jn 8, 44).
San Agustín declara que “la mentira consiste en decir falsedad con intención de engañar”. En efecto, mentir es hablar u obrar contra la verdad para inducir a error al que tiene derecho a conocerla.
La gravedad de este pecado se mide según la naturaleza de la verdad que se deforma, según las circunstancias, las intenciones del que miente y los daños sufridos por los perjudicados.
Todo delito contra la verdad – así como contra la justicia – entraña, en conciencia, el deber ineludible de la reparación, aunque su autor haya sido perdonado. Cuando fuere imposible reparar públicamente un daño externo, al menos debe hacerse en secreto. Siempre y en todo debe primar la caridad.
La mentira, el engaño, la falsedad, la maledicencia, la calumnia, la difamación, la hipocresía, y otros vicios semejantes, han causado gravísimos daños que fueron irreparables en la historia humana. Nunca hay razón ni justificativo alguno para tales delitos.
Quienes viven en el amor a Dios y al prójimo, no mienten.
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