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El cannabis medicinal como bien social

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Por JOSE MARIA TAU (*)

Se publicó la ley 27.350, que crea en la órbita del Ministerio de Salud el “Programa nacional para el estudio y la investigación del uso medicinal de la planta de cannabis, sus derivados y tratamientos no convencionales”.

El Programa procura, entre otros objetivos, “desarrollar evidencia científica sobre diferentes alternativas terapéuticas a problemas de salud que no abordan los tratamientos convencionales” y “garantizar el acceso gratuito al aceite de cáñamo y demás derivados a toda persona que se incorpore al mismo” El Ministerio deberá adoptar las medidas necesarias para su provisión, incluida la importación del aceite y el cultivo por parte del Conicet y el INTA.

Enmarcada en la ley 26.688, que en 2011 declaró de interés nacional la producción de medicamentos, materias primas y vacunas considerándolos “bienes sociales”, consagra como obligación del Estado la producción de las distintas variedades de cannabis a través de los Laboratorios de Producción Pública.

No modifica la ley de estupefacientes; sólo excluye de la represión penal a pacientes y familiares que se inscriban en el respectivo registro para las patologías detalladas reglamentariamente, “y/o prescriptas por médicos de hospitales públicos”.

Cultivar y comercializar marihuana siguen siendo delito. Incluso su consumo con fines recreativos, aunque si la cantidad secuestrada es para uso personal -el llamado “porrito”-, la ley 23.737 admita sustituir la pena de prisión por un tratamiento para la adicción. (Casi recordándonos que, en griego, “pharmakon” designa tanto remedio, como veneno).

El uso del aceite de cannabis pasó a ser legal, aunque la norma presenta zonas grises, como las referidas a su provisión en lo inmediato. Tampoco será fácil el ejercicio de esta nueva competencia para una Administración Sanitaria, acuciada por tantas urgencias, frente a una demanda como la que se prevé, por las expectativas generadas.

Usado hace siglos por la humanidad no sólo para “abrir las puertas de la percepción”, sino en el tratamiento de distintas dolencias, a partir de su despenalización parcial en varios países, comenzaron a publicarse diversos estudios sobre los efectos del cannabis.

La estructura química de los componentes de esta planta, ya era conocida en los 60

La estructura química de los componentes de esta planta, única especie del reino vegetal que produce cannabinoides (familia de moléculas bioactivas de la cual se conocen más de 70 variedades), ya era conocida en los 60. Después se sabría que cada una de las células de nuestro cuerpo posee receptores canábicos y los múltiples efectos del THC.

Aquí la etapa científica recién comienza: reunir evidencia sistematizada y comprobable de que los derivados del cannabis constituyen un fitoterápico eficaz. Conocer efectos adversos (no sólo sobre el psiquismo, o los derivados de su gran poder adictivo) y determinar si además del uso compasivo, pueden llegar a curar.

“Sustancia compasiva” fueron los términos empleados por el Juez Federal Adolfo Ziulu para hacer lugar en 2016 a una medida cautelar a favor de un menor con encefalopatía epiléptica refractaria, obligando a su Obra Social a suministrarle el producto cuyo principio activo es el cannabidol. Y la compasión es inherente a los Cuidados Paliativos, especialidad que reactualizó en los últimos años aquel clásico enunciado del papel del médico: “curar a veces, aliviar frecuentemente y consolar siempre”.

El enemigo más temible del enfermo es el dolor. Y frente al dolor, o convulsiones incontrolables, el óleo elaborado con la planta de cannabis muestra efectos calmantes que casi nadie discute.

Si bien hoy la Medicina cuenta con poderosos fármacos para mitigarlo, no puede evitar gravosos secundarios. Tampoco alcanza a explicar el dolor cuando no existe lesión orgánica objetivable, ni –obviamente- la relación existente entre corporalidad, psiquismo y espíritu.

Aunque muchos profesionales se muestran cautelosos y otros escépticos, demostrada la localización de receptores específicos de cannabinoides en todo el sistema nervioso central, quizá en esa intersección estas moléculas bioactivas también tengan algo que aportar.

Días pasados con motivo de la presentación del libro de los hermanos Morante, el auditorio de la Facultad de Medicina estaba colmado de estudiantes, profesionales, pacientes y familiares que acudieron al cannabis. La obra reúne testimonios en males irreversibles como Parkinson, HIV, epilepsias, esclerosis múltiple y lateral amiotrófica, enfermedades del espectro autista y hasta cáncer. Y abre esperanzas para las fibromialgias.

Mariela Morante, además de la mirada médica, aportó su testimonio en el neurolupus que padece. Ella impacta por su convicción y transmite entusiasmo, aunque lejos del fanatismo. Ha aquilatado experiencia en el tratamiento del dolor, primero en General La Madrid (su pueblo, al que regresó tras su perfeccionamiento en Madrid) y luego en Canadá (donde el cannabis medicinal está regulado desde 2001), ejerciendo actualmente en nuestra ciudad.

Recordó que cuando no se puede revertir el avance de una enfermedad mortal o grave discapacidad, algo siempre puede hacerse para superar el dolor, mejorar la calidad de vida y ayudar al paciente a morir con dignidad.

El enemigo más temible del enfermo es el dolor. Y frente al dolor, el óleo elaborado con plantas de cannabis muestra efectos calmantes que casi nadie discute

Su exposición a nadie deja indiferente, al situarse en el registro antropológico, ya que el dolor acompaña la condición humana. Aunque emplea el término en sentido muy amplio, sobrecoge su compromiso con el paciente (incluso el que sufre “dolor en el alma”, como José, ese veterano de Malvinas tratado por enfermedad de Crohn) prescribiendo la planta milenaria cuando todos los medios de la medicina alopática dejan de ofrecer respuestas, o atenuando efectos de la sobremedicación.

Exponiendo en el seno de esa Facultad, de la que fueron alumnos, sus palabras sonaban como sana provocación: si, pese a los miles de años de uso por la humanidad, el cannabis no reúne evidencia “científicamente” suficiente, habría sí evidencia “emergente” en patologías como las enumeradas.

Corresponderá ahora a sus distintas Cátedras (Clínica, Fisiología, Bioquímica, Toxicología y otras, además de Farmacología, donde Morante organizó su primer Seminario sobre adicciones), evaluar si tuvo sentido esta ley que transformó la proscripción en prescripción.

(*) Abogado, vicepresidente de la Asociación Argentina de Bioética Jurídica

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