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El calentamiento global decolora dos tercios de la Gran Barrera Coralina

Científicos denuncian la destrucción de la Barrera de Coral - shutterstock

Por Redacción

Especial para EL DIA
de National Geographic

La mayor estructura viviente de la Tierra- un intrincado sistema marino de la mitad del tamaño de Francia, que alimenta a 1.500 especies de peces, está siendo atacada por aguas cálidas por segunda vez en 12 meses. Y el tiempo para salvarla se acaba rápidamente.

La Gran Barrera Coralina de Australia sufre otro episodio masivo de decoloración, la primera vez que se recuerde que haya ocurrido en años calendario consecutivos, según los científicos del programa de arrecifes de coral del Consejo de Investigación Australiano, de la Universidad James Cook.

Y si bien el blanqueamiento del año pasado se vio ayudado por El Niño -un evento natural periódico del Pacífico tropical- el daño de 2017 se produce sin esa ayuda. “Los datos son realmente estremecedores”, afirma Robert Richmond, experto en arrecifes coralinos y director del Laboratorio Marino Kewalo de la Universidad de Hawaii. “Estos eventos masivos de decoloración se han vuelto más severos, duran más y se producen con mayor frecuencia. No hay duda que esto está relacionado con el cambio climático”.

El blanqueamiento ocurre generalmente cuando los contaminantes, el exceso de luz solar o aguas inusualmente cálidas llevan a los corales a expulsar algas simbióticas de sus tejidos, tornándose blancos. El proceso no necesariamente mata de manera instantánea a los corales. Si las condiciones mejoran -si el agua se enfría nuevamente- muchos corales pueden ser recolonizados por algas, y se recuperan. Pero sin las algas, que son su principal fuente de alimento, los corales se debilitan y se tornan más susceptibles a enfermedades. Si las condiciones no mejoran lo suficientemente rápido, mueren.

El problema, según Terry Hughes, director del programa de arrecifes coralinos de James Cook, es que el blanqueamiento es ahora tan frecuente y extremo en las costas de Australia que estos corales tienen “cero oportunidad” de repuntar. Eso está cambiando la conformación misma de la Gran Barrera Coralina.

“Las especies de crecimiento más rápido tardan una década o más para alcanzar una recuperación decente, y mucho más tardan los corales de crecimiento lento. Como hemos tenido cuatro eventos importantes de decoloración en la Gran Barrera en menos de 20 años (1998, 2002, 2016 y 2017), ya estamos viendo un rápido deterioro en los corales y un cambio en la mezcla de especies”, agrega Hughes.

El blanqueamiento del año pasado fue, lejos, el peor. Atacó a la parte norte del arrecife matando, en promedio, aproximadamente el 67 por ciento de los corales en parchones aislados a lo largo de 800 kilómetros al norte de Cairns, Australia. Este año, Hughes y sus colega James Kerry hicieron relevamientos aéreos, volando 8.000 kilómetros hacia el final del verano cuando la temperatura del agua -y el blanqueamiento- llegaba a su pico. Lo que vieron los preocupó seriamente. Este año se vio atacada la sección central que el año pasado quedó casi intacta, por lo que el daño existente se extendió otros 650 kilómetros.

Hoy, el problema se extiende al resto del mundo y eso representa riesgos para cientos de millones de personas. Los corales son el hábitat de la cuarta parte de los peces del mundo y se cree que 500 millones o más de personas dependen casi exclusivamente de criaturas marinas como fuente de proteínas. Los arrecifes también protegen las costas reduciendo las marejadas que pueden destruir zonas costeras.

El año pasado y en 2015 fueron los dos años más cálidos de que se tenga registro. Las emisiones de gas invernadero producto de la quema de combustibles fósiles provocan el aumento de temperatura del océano y el cambio climático se ha convertido entonces en la causa individual principal de los episodios de blanqueamiento.

Los climatólogos afirman que aún cuando todo el mundo rápidamente combatiera el calentamiento, se requeriría mucho esfuerzo para mantener los aumentos de temperatura por debajo de los dos grados, objetivo fijado en diciembre de 2015 cuando 195 naciones y la Unión Europea firmaron un acuerdo sobre el clima en París.

Para Richmond, los siguientes pasos son obvios: el mundo necesita empezar a reducir rápidamente los gases invernadero, pero todavía no está claro qué nivel de compromiso hay en distintas partes del planeta. En Hawaii más de 2.000 científicos que investigan el coral enviaron una carta al primer ministro de Australia para que haga más por combatir las emisiones de dióxido de carbono. En tanto, en EE.UU., el presidente Donald J. Trump ya está dando marcha atrás en las medidas implementadas por su antecesor para reducir las emisiones de las centrales eléctricas alimentadas a carbón, principal fuente de gases invernadero.

“Si actuamos ya, seguiremos teniendo arrecifes”, expresó. “Pero cuanto antes, mejor”.

Como para resaltar este punto, científicos del gobierno estadounidense lanzaron otra advertencia: “Hay razonables probabilidades de que El Niño regrese antes del fin de 2017. Eso podría elevar las temperaturas aún más”.

Los ecosistemas

El biólogo local Pedro Sanzen explicó que “todo ecosistema, sea terrestre o acuático, es sumamente delicado; cualquier eslabón de la cadena trófica que resulte perjudicado o eliminado, genera casi siempre la interrupción del ciclo biológico que de distintos modos enlaza a los componentes del biosistema en cuestión, terminando con el ecosistema, más temprano que tarde”.

“Pero cada sistema tiene un componente basal, es decir, un núcleo sobre el cual o en torno al cual, se desarrolla el ecosistema, de modo que cualquier impacto sobre ese núcleo causa la destrucción del sistema de manera mucho más rápida que el impactar sobre uno o varios de los componentes. En el caso de la Gran Barrera de Coral de Australia, el núcleo del ecosistema son precisamente los colorales que albergan vida como algas, plantas, peces, todos relacionados entre sí. Si desaparece el coral, todo el sistema muere. Pero este ecosistema también influye en un sistema mayor, por lo que las consecuencias, sin ser alarmistas, verdaderamente son imprevisibles. Los ecosistemas, por distintos que parezca, suelen estar conectados de maneras que desconocemos o que conocemos parcialmente”.

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