Hace más de dos décadas algunos estudios realizados por urbanistas advertían que la cantidad de autos 0 kilómetros que se sumaban por año al parque automotor existente en nuestra ciudad ocuparía, estacionándolos uno al lado del otro, una superficie equivalente a tres manzanas y media. Estaba claro que ese impacto -que se siguió registrando y acentuando desde entonces- vuelve imposible que sea absorbido sin mella por el espacio callejero disponible, en una situación que, tal como lo detalló un informe publicado ayer en este diario, se refleja tanto en la dificultad cada vez mayor para estacionar como en la propia dinámica del tránsito, cercana a su colapso.
Tal como se señaló, con un parque automotor que sobrepasa largamente los 260 mil vehículos (se estima que crece a un ritmo anual del 10 por ciento) y una estructura vial que es virtualmente idéntica, salvo por la ampliación de algunas avenidas periféricas, encontrar un sitio donde dejar el auto se ha convertido en una misión muy dificultosa, que miles de automovilistas deben resolver a diario. Y lo cierto es que muchos lo resuelven de mala manera, ocupando lugares prohibidos, obstruyendo rampas para discapacitados o dejando sus vehículos estacionados en veredas y ramblas.
Se indicó que en nuestra ciudad, los inspectores labran más de 4.200 multas mensuales a quienes estacionan el auto donde no se debe. O sea, unas 140 infracciones por día. Ello representa el 80 por ciento de las multas vinculadas al tránsito. Según fuentes del área de Tránsito, el 50 por ciento tiene que ver con la obstrucción de espacios reservados para personas con discapacidad y un 30 por ciento está vinculado al estacionamiento indebido en ochavas, ramblas y paradas de ómnibus.
Más allá de algunas medidas de reordenamiento que, según dijeron en la Municipalidad, estarían por ponerse en práctica, la Ciudad se encuentra cada día más necesitada de disponer de un plan integral, en lo que se refiere a contar con medios ágiles, no contaminantes y económicos de transportes públicos, ya sea de colectivos o de modernos tranvías impulsados por energía eléctrica. Se trata, en primer lugar, de desalentar el ingreso de autos particulares a un casco urbano virtualmente colapsado, sin descartar tampoco una mayor disposición de cocheras.
Ese plan de fondo, que la Ciudad debiera analizar y poner en marcha, no debiera impedir que se avance en la existencia de los llamados anillos perimetrales, es decir de vías camineras amplias, de doble mano que –tal como lo cumple desde hace años la avenida Circunvalación- cumplan la función de canalizar los intensos flujos de vehículos que hoy transitan dificultosamente por distintos sectores de la periferia. Es decir, debiera ser debidamente reformulado el diagrama caminero en torno al casco urbano.
Es evidente que el crecimiento demográfico y del parque automotor vuelven imprescindible la concreción de nuevas obras camineras en nuestra zona, desde luego sin dejar de lado la prioritaria necesidad de contar con un servicio público de transporte eficaz y moderno, que alivie, sobre todo al microcentro, de la confluencia de miles de automóviles particulares a ese sector saturado desde hace mucho tiempo por una demanda creciente de espacios.
Por cierto que, mientras tanto, ello no exime a la Comuna de sancionar los actos de indisciplina de tantos conductores que hoy estacionan en doble fila, dejan sus autos en ochavas, frente a rampas de discapacitados o en otros lugares prohibidos, al extremo de haber convertido al casco urbano en un escenario poblado de inconductas e infracciones a las leyes de tránsito.
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