Refinada y elegante; dueña de un carácter alegre y jovial; muy entusiasta y de espíritu pujante, falleció, a los 71 años, María Elena Borrell. Creadora de uno de los primeros emprendimientos platenses dedicados a la confección de uniformes escolares; amante del arte en sus diversas manifestaciones; y esposa y madre dedicada, su desaparición física conmovió en distintos círculos sociales de la Ciudad.
Había nacido en La Plata, el 6 de agosto de 1945. Única hija del ingeniero Wenceslao Borrell y la maestra Zulma Lagisquet, se educó en el Colegio Inmaculada.
Muy joven se casó con el periodista y locutor Pedro Burgos y junto a él fundó un hogar que se fue completando con la llegada de cada uno de sus tres hijos: Verónica, Federico y Juan Francisco. Siempre propiciando la unión y el fortalecimiento entre los vínculos, María Elena fue una figura clave en esa familia que atendió, cuidó y amó incondicionalmente.
Casi no había todavía en la Ciudad casas que se volcaran al diseño y fabricación de uniformes de colegios, clubes e instituciones cuando se le ocurrió la idea de elaborarlos al por mayor y ofrecerlos a las entidades interesadas. Así, primero con una socia y después sola mantuvo con éxito el negocio durante más de treinta años.
“Guga”, como la llamaban sus allegados, tuvo una vida social muy intensa y participó en distintas actividades institucionales. Su pasión por las expresiones artísticas la llevó a integrar la Asociación de Amigos del Museo Provincial de Bellas Artes, y tal fue su compromiso con ese espacio de divulgación cultural que lo representó en la Federación Argentina de Amigos de Museos -FADAM- También cumplió una destacada actuación en la Red de Mujeres Platenses.
Con una fuerte inclinación hacia todo lo que se relacionara con el conocimiento y ávida lectora, la filosofía fue otra de las disciplinas que la atrajo al punto de estudiarla a lo largo de muchos años.
Su personalidad fue tan interesante y sus gestos tan cálidos y amables que donde integró algún grupo de intereses en común despertó admiración y un profundo cariño.
Amiga leal, afectuosa y sabia a la hora de ofrecer un consejo, se mantuvo unida durante toda su vida al grupo de compañeras que formó en su paso por el Inmaculada.
Viajera curiosa e incansable, además de visitar al menos dos veces al año a su hija en el exterior disfrutaba de cualquier paseo tanto en el país como en el extranjero.
Igual que como vivió atravesó los momentos más duros de su enfermedad: con entereza, valentía y un optimismo inagotable.
Los últimos años los compartió con su compañero inseparable Martín Antonucci.
Tuvo seis nietos: Agustina, Mía, Matías, Tomás, Pedro e Ignacio.
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