Roland Garros comenzó sin brújula en el cuadro femenino, desprovisto de la estadounidense Serena Williams y de la rusa Maria Sharapova, y se quedó pronto sin la defensora del título, la española Garbiñe Muguruza, huérfano de un referente que seguir.
En ese desierto de nombres propios apareció como un vendaval una letona que no tenía 20 años cuando comenzó el torneo, que no había ganado un partido en el Grand Slam de tierra batida y cuyo nombre no sonaba a nadie.
Pero, a base de raquetazos, de una potencia poco común en el tenis femenino, Jelena Ostapenko ha avanzado hasta la final (hoy, desde las 9,30, por ESPN) dejando estupefactos a propios y extraños, con un descaro propio de una campeona, un fenómeno que hoy se pondrá a prueba frente a la rumana Simona Halep, que por segunda vez en su carrera opta a ganar Roland Garros tras haber dominado la temporada de tierra batida.
De poco sirve que la tenista de Costanza haya desarrollado su mejor tenis, haya levantado una bola de partido en contra la ucraniana Elina Svitolina en cuartos de final y opte a salir de París con el número 1 del mundo en su espalda si levanta la Copa Suzanne Lenglen.
Roland Garros tiene solo ojos para la letona de mofletes rosados, respuestas apresuradas y sonrisas infantiles, ojos azules y melena rubia descuidada. Cumplió 20 años el día en que se clasificó para su primera final de un Grand Slam. Hoy quiere hacer historia grande.
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