Escribe Monseñor DR. JOSE LUIS KAUFMANN
Queridos hermanos y hermanas.
“No codiciarás la mujer de tu prójimo” (Deut 6, 21) establece la novena palabra del Decálogo.
Siguiendo la tradición catequética, este noveno Mandamiento prohíbe la concupiscencia de la carne, mientras que el décimo prohíbe la codicia de los bienes ajenos.
La concupiscencia es un vehemente deseo humano y la teología le dio el sentido particular de un movimiento del apetito sensible que contraría la obra de la razón.
Se trata de un impulso humano que desordena las facultades morales del ser inteligente y, sin ser un pecado en sí mismo, induce a cometer lo que atenta contra el bien objetivo.
En el ser humano existe cierta tensión, debido a su compuesto de alma y cuerpo, que engendra una lucha de tendencias entre el espíritu y la carne; lo cual es una de las consecuencias del pecado original.
La lucha contra la concupiscencia de la carne y los apetitos desordenados es posible, con la gracia de Dios, mediante el ejercicio de la virtud de la castidad
Sin embargo, “del corazón proceden las malas intenciones, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones...” (Mt. 15, 19), por lo tanto, la lucha contra la concupiscencia de la carne pasa por la purificación del corazón.
Este mandamiento promueve la pureza de corazón.
Y un corazón limpio es posible en aquellos que han adecuado su inteligencia y su voluntad a la santidad y a los designios de Dios, principalmente en la caridad, en la castidad y en la verdad de la fe, ya que existe un estrecho vínculo entre la pureza del corazón, la del cuerpo y la de la fe.
San Agustín dice al respecto que los fieles deben creer los artículos del Credo “para que, creyendo, obedezcan a Dios; obedeciéndole, vivan bien; viviendo bien, purifiquen su corazón; y purificando su corazón, comprendan lo que creen” (citado en el Catecismo, 2518).
La concupiscencia está tanto en el varón como en la mujer; pero suele ser la mujer quien - aun sin darse cuenta - muchas veces provoca, con su vestir sin recato, el impulso de la pasión deshonesta de los varones.
La lucha contra la concupiscencia de la carne y los apetitos desordenados es posible, con la gracia de Dios, mediante el ejercicio de la virtud de la castidad, la pureza de intención, la disciplina de los sentidos y de la imaginación, la oración y la penitencia…
Esta palabra del Decálogo también es una exhortación a adquirir y mantener el pudor que preserva la intimidad de la persona.
El pudor se expresa en la modestia y en la discreción del vestir.
Es cierto que hay formas diversas entre una cultura y otra, pero nunca ataca la dignidad de la condición humana.
Todo ello impone una verdadera purificación del clima social, que en el presente está enrarecido por la permisividad de las costumbres basadas en una concepción equívoca de la libertad humana.
Así es que estamos ante “manadas humanas”, varones y mujeres, que son esclavos del erotismo y de la promiscuidad, que los conducen al desequilibrio psíquico y a la infelicidad. Se trata de reconocer y valorar la condición sagrada de la persona humana para evitar cualquier exceso.
Cada uno de los Mandamientos de la Ley de Dios, también el noveno, fueron promulgados para que el ser humano sea feliz.
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