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En una entrevista publicada hace pocos días (y efectuada por la periodista Emilse Pizarro), Andrés Nocioni, el “Chapu”, basquetbolista de la Generación Dorada que, con Manuel Ginobili, Luis Scola, Fabricio Oberto y otros jugadores, puso a la Argentina en el podio mundial de ese deporte, decía: “Estoy tranquilo con lo que hice. Nunca me estanqué siempre progresé. Le di al básquet todo lo que tenía”. En este momento Nocioni juega en Europa su última temporada. Ya anunció su retiro, a los 37 años. Y, como él mismo advirtió, dará lo mejor de sí hasta el último partido. “Este no es un final triste, reflexiona, es una nueva posibilidad de crecer y ser una mejor persona”. Varias veces repite a lo largo de la entrevista: “Hice las cosas que tenía que hacer”.
Sin ser filósofo, y quizás sin proponérselo, solo guiado por las preguntas de la entrevistadora, Nocioni, da, a lo largo de esas páginas, una sencilla y clara definición del tan meneado, y siempre difícil de definir, sentido de la vida. Se suele leer y escuchar invocaciones a darle un sentido a la vida, como si ella estuviera desprovista del mismo o como si llegáramos a la existencia desnudos y sin brújula ni propósito.
Emmanuel Kant (1724-1804), precursor de la filosofía moral, quien afirmaba que cuando uno hace lo que debe (es decir, cuando ajusta su conducta a valores morales) tiene la recompensa en esa misma acción, no necesita medallas externas
En este caso sentido no significa dirección, por supuesto, sino razón, motivo. Es que desde el momento en que no hay ni hubo dos personas iguales, y ya que no somos producidos en serie en una línea de montaje, todos similares, ni resultamos, por lo tanto, intercambiables, descartables o simplemente reemplazables, es lógico pensar que en cada vida hay un sentido único y propio, una singular y exclusiva razón de existir. Corrientes de pensamiento como el nihilismo (“nihil” es una palabra latina que significa “nada”), para la cual no hay verdadero conocimiento y nada tiene valor, niegan de plano que ese sentido exista. Otros, como los existencialistas, ven un absurdo en la brevedad de la vida frente a la inmensidad de la nada, pero justamente por eso subrayan la responsabilidad de cada individuo en la búsqueda del sentido de su vida para que esta no sea simplemente una sinrazón.
HUIR O PROFUNDIZAR
El rabino y teólogo estadounidense Harold Kushner, pensador de gran sensibilidad y lucidez, afirma en su libro “Dar sentido a la vida” que “la mayor parte de las personas no teme morir, lo que teme es no haber vivido”. Esto equivaldría a haber permanecido en el mundo durante el tiempo que le tocó vivir sin haber entendido para qué, sin haber dejado una huella. A ese temor algunos responden aplicándose a una vida comprometida con los otros, atenta a su vocación más profunda, empática, concentrándose en ideales y trabajando por ellos, asumiendo la responsabilidad por sus acciones y elecciones, anteponiendo sus deberes (que tienen que ver con el otro) a sus derechos (porque saben que estos están respetados si otros también cumplen con sus deberes). En cambio otras personas optan, en respuesta a aquel temor, por huir hacia adelante, sumergiéndose en el bullicio exterior, en la diversión artificialmente estimulada, en el consumo de todo lo consumible, en la indiferencia por el dolor, la necesidad o la presencia ajena y en muchas de las formas de anestesia espiritual que se ofrecen en atractivos envases.
Cuanto más tarda en conectarse con la idea de sentido, señala Kushner, más miedo le tiene la gente a la muerte. En el fondo, dice este pensador, nadie quiere vivir para siempre, porque eso sería como mirar una película o leer un libro que nunca terminan. Por muy interesantes que fuesen, en algún momento se tornarían insoportables. Por otra parte, en una vida sin final nada importaría, a nada le daríamos valor. La finitud realza el valor de la vida, de nuestros afectos, de nuestros logros, de nuestras búsquedas. “La gente entiende, escribe Kushner, que la historia de sus vidas tiene que tener una introducción, un nudo y un desenlace. Pero lo que quiere con desesperación es vivir lo suficiente para hacerlo bien, para sentir que ha hecho algo valioso con su vida, sin importar cuán larga haya sido”. Quizás por este motivo el “Chapu” Nocioni puede decir que su despedida del básquet no es triste, sino una puerta que se abre a nuevas experiencias y aprendizajes. Sabe, y lo dice, que no fue uno de los más talentosos, pero se reconoce como uno de los más apasionados, comprometidos y enfocados. No dejó los resultados del camino elegido en manos de la suerte ni creyó en cábalas o pases mágicos. “Hice las cosas que tenía que hacer y no tengo que andar exhibiendo mis trofeos”, confiesa. Otra vez se equipara a un filósofo. En este caso al alemán Emmanuel Kant (1724-1804), precursor de la filosofía moral, quien afirmaba que cuando uno hace lo que debe (es decir, cuando ajusta su conducta a valores morales) tiene la recompensa en esa misma acción, no necesita medallas externas.
EL SENTIDO NO SE REGALA
Una vida que, en términos generales, se guía por esos parámetros estará siempre enfocada en su sentido. El doctor en Derecho y ensayista austriaco Joseph B. Fabry (1909-1999), creador del Instituto de Logoterapia de California, es claro en cuanto al tema del sentido en su trabajo “La búsqueda de significado”, donde afirma: “El sentido de nuestra vida no es algo que podamos recibir de un padre, un maestro o un amigo, ni puede ser dictado por un líder ni prescrito por el sacerdote o por el psiquiatra. Tampoco puede alguien otorgárselo a sí mismo, diciendo ´ ¡Basta de esta existencia sin sentido. A partir de ahora mi vida va a tenerlo!´”. Es que el sentido de una vida no se fabrica. Se descubre. La misma vida propone continuamente situaciones para ello. Estas se producen en todos los ámbitos, desde el laboral al afectivo, desde el más íntimo hasta el más público, desde el más cotidiano hasta el más excepcional. De ese modo la vida nos interroga. Cada circunstancia a la que nos enfrentamos, por intrascendente que parezca, es una versión de la misma pregunta: “¿Cómo me vas a vivir? ¿Para qué estás en mí?”.
“La gente entiende, escribe Kushner, que la historia de sus vidas tiene que tener una introducción, un nudo y un desenlace. Pero lo que quiere con desesperación es vivir lo suficiente para hacerlo bien, para sentir que ha hecho algo valioso con su vida, sin importar cuán larga haya sido”
Fabry recuerda un concepto de su amigo y condiscípulo Víktor Frankl, para quien la intuición del sentido está en el ADN espiritual humano. El hombre no podría respirar ni moverse si no lo impulsara, penetrándolo hasta sus raíces, una confianza básica en el sentido. En un sentido último, decía, que aunque se perciba a veces de manera contradictoria, confusa, azarosa y no sistemática, está detrás de la apariencia (incluso del supuesto orden, o del desorden) del mundo. El sentido emana la mayoría de las veces de pequeñas cosas. Un gesto, una palabra, una situación, un encuentro, un instante en la realización de la tarea. Son momentos, epifanías en los que se descubre por qué valió vivir. Nunca es de una vez y para siempre. No hay que soñar con hallarlo en un arcón y quedarse con él. Se trata de continuar viviendo con atención, con conciencia, despiertos, y seguir buscándolo en el lugar y las circunstancias en que nos encontramos. “El hombre aprende cuando peor le va”, dice en el reportaje el innegable filósofo Andrés, el “Chapu”, Nocioni, para recordarnos que el sentido también aflora en el dolor y hasta en lo inexplicable. Hacer lo que se debe. Y, como dijo el poeta y pensador Ralph Waldo Emerson (1803-1882): “Saber que por lo menos una vida respiró mejor porque tu viviste”.
(*) El autor es escritor y periodista. Sus últimos libros son "Inteligencia y amor" y "Pensar"
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