TEMAS DE HOY:
PUBLICIDAD

Ambrose Bierce, uno de los fundadores de la modernidad

Gregory Peck, junto a Jane Fonda

Por MARCELO ORTALE

Vigencia del legendario escritor estadounidense que peleó en la Guerra de Secesión y luego con las tropas de Pancho Villa. La película de Luis Puenzo sobre su vida

“Un escritor debe saber y tener siempre presente que éste es un mundo de idiotas y rufianes, atormentados por la envidia, consumidos por la vanidad, egoístas, falsos, crueles y bajo la maldición de sus propias ilusiones”.

Quien así pensaba y escribía fue Ambrose Bierce, un escritor no recomendable para lecturas veraniegas. Un hombre del que se dijeron las peores cosas y que, cuando fue periodista resultó ser tan vitriólico y mordaz que debió andar armado con un Colt 45, más útil que la pluma para defenderse de los enemigos que buscaban liquidarlo. Bierce fue cronista, columnista y editorialista del San Francisco Examiner, propiedad del magnate de la prensa William Randolph Hearts, en quien se inspiró Orson Welles para hacer El Ciudadano Kane..

Autor de un imperecedero “Diccionario del Diablo”, allí ofrece definiciones desalentadoras. Cuando toca la palabra “hombre”, dice: “Especie animal tan sumida en la ensimismada contemplación de lo que piensa que es, que a menudo se olvida plantearse lo que evidentemente debiera ser. Su principal ocupación es el exterminio de otros animales y de su propia especie, la cual, sin embargo, se sigue procreando con tal rapidez como para poblar y destruir todas las zonas habitables del planeta y Canadá”.

Pero no sólo era eso este legendario Bierce, además de heredero privilegiado de Mark Twain y Edgard Allan Poe. Para el granadino Antonio Fernández Ferrer, profesor de letras en la Universidad de Alcalá, Ambrose Bierce es una de las “figuras fundacionales del disparate de la modernidad”, habilitándose a partir de él una línea que se traza hasta nuestros días con Erik Satie, Guillaume Apollinaire, Groucho Marx, Eugene Ionesco y Woody Allen, entre otros. Ellos fueron, añade, “constructores del continente de la sinrazón”, un territorio que se nos está volviendo ahora cada vez más familiar.

Nacido en Ohio en 1842, hijo de una familia puritana, peleó y fue herido en batallas de la Guerra Civil en los Estados Unidos, viajó a Europa, se caso, tuvo hijos, se divorció, fue periodista y se supone que allá por 1914 murió en Méjico, adonde había ido a los 72 años de edad para pelear junto a las tropas de Pancho Villa contra el ejército mexicano. Allí desapareció Bierce (nunca se supo cómo murió ni dónde se encuentra su cuerpo) y sobre su vida se filmó una conocida película –Gringo Viejo- dirigida por el argentino Luis Puenzo, en la que el escritor fue encarnado por Gregory Peck. Poco antes de morir, Peck le dijo a un periodista del madrileño “El País” que lo había seducido y también confundido la compleja personalidad de Bierce.

Hace 26 años el talentoso Gabriel Báñez escribía en este diario: “Ambrose Bierce es mundialmente famoso por su “Diccionario del diablo” y por una vida de leyenda que se cierra con el enigma de su muerte cuando, a los 70 años -asmático y desencantado de la vida-, decide viajar a México para participar en la Revolución de ese país. Corría 1914, un año estigmatizado por las guerras y las tensiones sociales, pero para Bierce significaba “una caricia con la muerte”. Había dedicado casi toda su vida al periodismo satírico, y tenía el don (o la desgracia) de la mordacidad, lo que le valió muy pocos amigos y casi ningún afecto literario. Su participación como voluntario en la guerra civil americana, los horrores que allí observó y vivió, le moldearon el carácter al punto de tornarlo “cruel y sombrío”, según los biógrafos. “Bitter Bierce”, empezaron a llamarlo, por el tono amargo de sus reflexiones y apuntes que volcó en un libro famoso, “Cuentos de soldados y civiles”, de 1891”.

“EL AHORCADO”

En uno de sus más famosos cuentos –”El ahorcado” también conocido como “El puente sobre el río del Buho”- que fue traducido a nuestro idioma por Rodolfo Walsh, Bierce, la narración presenta a un combatiente condenado a la horca. La ejecución tendrá lugar de inmediato, sobre un puente bajo el cual fluye el río del Buho.

Allí empieza una historia extraordinaria. El hombre recuerda su vida anterior, se ensimisma en esa memoria. Delante del capitán y de los centinelas que aguardan su ejecución, preparándose para la etiqueta de la muerte, cierra los ojos y piensa en su mujer y sus hijos. La prosa de Bierce muestra abajo el río fluyente y de pronto el hombre que está a punto de ser ejecutado se encuentra nadando en ese río, huyendo, mientras ve brillar bajo el agua los plomos achatados de las balas que le disparan desde el puente ferroviario.

La escena es notablemente lenta, el tiempo ha dejado de ser. Sale del agua del Niágara, duerme un poco al sol. Pero el lector ya intuye que el protagonista vive en otra clase de sueño, casi espantosa. Bierce establece el contraste: “Se halla ante la reja de su propia casa. Todo está como lo dejó, todo brilla espléndido bajo el sol matinal. Seguramente ha caminado toda la noche. Abre el portón, echa a andar por la amplia vereda blanca, ve un revuelo de faldas; su mujer, fresca, bella y dulce, baja de la vereda a su encuentro. Al pie de la escalinata se queda esperando, con una sonrisa de inefable alegría, en una actitud de incomparable gracia y dignidad. ¡Cuán hermosa es! Él avanza con los brazos abiertos. Y cuando va a estrecharla, siente un golpe demoledor en la nuca; una enceguecedora luz blanca fulgura a su alrededor, oye un ruido semejante a un cañonazo...

“¡Después todo es oscuridad y silencio!

“Peyton Farquhar estaba muerto. Su cadáver, con el cuello quebrado, se balanceaba suavemente entre los maderos del viejo puente de Owl Creek”.

LA MORDACIDAD

El estilete de Bierce no deja de causar daño. En uno de sus pequeños cuentos habla de un legislador que va caminando por un bosque y encuentra un jabón. El legislador va al río y se lava mucho tiempo las manos. Cuando llega a su casa mira sus manos y las ve tan limpias, tan blancas, que “se asusta y llama al médico”.

A continuación se transcriben los primeros párrafos de dos relatos, en donde campea el estilo irónico y también lúgubre de Bierce. El primero se llama “Mi crimen favorito” y dice así: “Después de haber asesinado a mi padre en circunstancias singularmente atroces, fui arrestado y enjuiciado en un proceso que duró siete años. Al exhortar al jurado, el juez de la Corte de Absoluciones señaló que el mío era uno de los más espantosos crímenes que había tenido que juzgar. A lo que mi abogado se levantó y dijo:

Allí desapareció (Méjico) Bierce (nunca se supo cómo murió ni dónde se encuentra su cuerpo) y sobre su vida se filmó una conocida película -Gringo Viejo- dirigida por el argentino Luis Puenzo, en la que el escritor fue encarnado por Gregory Peck

-Si Vuestra Señoría me permite, los crímenes son horribles o agradables sólo por comparación. Si conociera usted los detalles del asesinato previo de su tío que cometió mi cliente, advertiría en su último delito (si es que delito puede llamarse) una cierta indulgencia y una filial consideración por los sentimientos de la víctima”.

Otro cuento siempre citado es “Aceite de perro” y sus primeras líneas dicen así: “ Me llamo Boffer Bings. Nací de padres honestos en uno de los más humildes caminos de la vida: mi padre era fabricante de aceite de perro y mí madre poseía un pequeño estudio, a la sombra de la iglesia del pueblo, donde se ocupaba de los no deseados. En la infancia me inculcaron hábitos industriosos; no solamente ayudaba a mi padre a procurar perros para sus cubas, sino que con frecuencia era empleado por mi madre para eliminar los restos de su trabajo en el estudio. Para cumplir este deber necesitaba a veces toda mi natural inteligencia, porque todos los agentes de ley de los alrededores se oponían al negocio de mi madre. No eran elegidos con el mandato de oposición, ni el asunto había sido debatido nunca políticamente: simplemente era así. La ocupación de mi padre -hacer aceite de perro- era naturalmente menos impopular, aunque los dueños de perros desaparecidos lo miraban a veces con sospechas que se reflejaban, hasta cierto punto, en mí”.

Pese a todo lo que se lee en su obra, en lo profundo de Ambrose Bierce se advierte un miedo y también una compasión al horror de una humanidad extraviada. Poco antes de irse a pelear por la revolución mexicana, le escribió a un amigo esta carta: “Adiós. Si oyes que he sido colocado contra un muro de piedra mexicano y me han fusilado hasta convertirme en harapos, por favor, entiende que yo pienso que esa es una manera muy buena de salir de esta vida. Supera a la ancianidad, a la enfermedad o a la caída por las escaleras de la bodega. Ser un gringo en México...¡ah, eso sí es eutanasia”.

Las noticias locales nunca fueron tan importantes
SUSCRIBITE a esta promo especial
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD

Registrate gratis para seguir leyendo

Ya leíste varias notas de El Día. Creá tu cuenta gratuita y seguí accediendo al contenido del diario.

¿Ya tenés cuenta? Ingresar

Has alcanzado el límite de notas gratuitas

Suscribite a uno de nuestros planes digitales y seguí disfrutando todo el contenido de El Día sin restricciones.

Básico Promocional mensual

$570/ mes

Acceso ilimitado a www.eldia.com

Suscribirme

Full Promocional mensual

$740/ mes

Acceso ilimitado a www.eldia.com

Acceso a la versión PDF

Beneficios Club El Día

Suscribirme

ESTA NOTA ES EXCLUSIVA PARA SUSCRIPTORES

Para disfrutar este artículo, análisis y más, por favor, suscríbase a uno de nuestros planes digitales

¿Ya tiene suscripción? Ingresar

Básico Promocional mensual

$570/ mes

Acceso ilimitado a www.eldia.com

Suscribirme

Full Promocional mensual

$740/ mes

Acceso ilimitado a www.eldia.com

Acceso a la versión PDF

Beneficios Club El Día

Suscribirme
PUBLICIDAD