Los subsuelos del Teatro Argentino son un hormiguero: los bailarines de la Compañía Estable de Ballet dirigida por Maricel De Mitri caminan con el brío ansioso de quienes cuentan los días para salir a escena, y con el cuerpo cansado tras terminar los ensayos del primer acto de “Giselle”, la célebre obra romántica con música de Adolphe Adam y coreografía de Jean Coralli, Jules Perrot y Marius Petipa, que se presentará el viernes, sábado y domingo.
Con el rostro cansado pero la mirada fija, obsesionada, buscan una sala vacía para realizar ajustes que serán imperceptibles para buena parte de la audiencia, para ensayar búsquedas, limar asperezas, antes del inicio de los ensayos del segundo acto.
La inasible perfección es lo que persiguen, contra los límites que impone su propio cuerpo, esa pesada cárcel material que no les permite flotar y de la que, en los momentos de éxtasis sobre el escenario, consiguen, aunque sea por un instante, liberarse. Por eso empujan las fronteras, por eso insisten: esta es la historia de la desagarradora pasión de los últimos románticos.
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Han sido 12 meses complejos para la Compañía del Argentino, donde la certeza de los límites materiales se ha vuelto ineludible para los sueños de su directora, primera bailarina del Teatro Colón que llegaba hace un año y medio al teatro provincial con sueños de jerarquizar y la pasión como arma principal.
Los obstáculos comenzaron en julio, cuando las funciones de “Don Quijote” se vieron suspendidas en medio de un reclamo gremial, “un dolor muy grande” para De Mitri y el cuerpo de baile, y continuaron cuando la Compañía no pudo realizar las salidas pautadas por problemas de planificación y presupuesto.
Pero el Teatro encaró la nueva temporada desestimando las dificultades y planteando un programa superador a lo ofrecido en 2016: “Tratamos de pensar que los títulos tuvieran un atractivo especial. Y primero pensamos en la incorporación de un gran repertorio”, afirmó De Mitri sobre el armado de la 70° temporada de la Compañía, que como celebración programa “algo que es muy especial, para la Compañía y para el país: no existe en Argentina una versión integral del ballet ‘Raymonda’”, que cerrará el año.
Debido a que “Raymonda”, obra que el cuerpo nunca interpretó, supone un gran tiempo de preparación, al igual que “Dafnis y Cloe”, tìtulo que debía abrir el año, con coreografía de Carlos Trunsky, música de Maurice Ravel y la participación de las tres compañías del Argentino, “Giselle”, primera obra presentada en 2016, aparecía en el programa, en el centro de la temporada, como una forma de “descomprimir” a la Compañía.
Pero todo cambió cuando los problemas continuaron en el inicio de la temporada 2017 en “la capital mundial de la dificultad”, como definió el director del Teatro Martín Bauer: el elenco se preparaba para comenzar el año con “Dafnis y Cloe”, pero fuertes ráfagas de viento derribaron las torretas que realizaban las obras: se cayeron cables, se rompieron los aires acondicionados y la ola de calor volvió imposibles los ensayos.
El primer golpe del 2017 llegó para De Mitri cuando tuvieron que reconocer que sin actividad regular en los subsuelos donde se llevan a cabo los ensayos era imposible preparar “Dafnis” a tiempo. Y entonces, como sobre el escenario, apareció “Giselle”, como un bálsamo.
“’Giselle’ pasó a ser nuestra contenedora en la Compañía, en la compleja situación en la que estábamos por no poder estar en actividad ni avanzando en la temporada: ‘Giselle’ nos ayudó a volver, a recuperar nuestro trabajo regular. Y nos permite subir al escenario, que es tan importante como recuperar el día a día”, revela De Mitri.
Con fecha prevista para agosto, el Argentino le ofreció a la Compañía un “hueco” en su programación en junio para que el cuerpo de baile pudiera subir a escena: “Cuando aparecieron estas fechas creadas por el Teatro, el tiempo que quedaba era poco, la Compañía tenía que ponerse en buena forma”, relata De Mitri el interesante y ajetreado inicio de temporada, un constante “adaptarse y seguir”, que, dice la directora del Ballet, “tiene limitaciones, pero hemos superado la prueba”.
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La prueba ha sido superada, en buena medida, por la costumbre: los bailarines de ballet saben de límites materiales, tanto en sus propios cuerpos como en los cuerpos que regulan su actividad, lo que convierte al trabajo, necesariamente, en una pasión para artistas al borde de la razón.
“Es como si quisieras trepar por una catarata. Pero no me doy por vencida”, afirma, dando un ejemplo de la locura que la envuelve, De Mitri, y reconoce que la dificultad es una costumbre argentina y el teatro un espacio donde “se mide mucho lo que le pasa al país, un termómetro muy sensible”.
“Ocupamos un lugar de privilegio”, acepta, pero también un lugar donde “se cruzan muchos intereses, y desde las diferencias de alguien que desarrolla su pasión al que lo hace porque es su trabajo o al que es un funcionario, tiene que darse un hilo conductor muy claro para que todas esas partes puedan hacer que esto funcione. Y eso es lo que a veces se desafina.”
“A veces es difícil cuando el presupuesto o las condiciones no son las ideales, pero la gente del Teatro siempre intenta adaptarse: a veces se supera y a veces los agota”, explica.
Pero el Argentino, dice enamorada, “tiene algo especial: una matriz muy valiosa. Y cuando uno logra afinar un poco, las cosas que produce el Teatro son muy buenas. Ahora conozco los talleres, cada rincón, y veo las cosas que se pueden producir, y tienen una altísima calidad. Cuando uno se encariña el enojo es más grande cuando no se logra afinar: sabés que hay una forma posible de hacer algo excelente”.
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La del ballet es una historia de amor puro, a contracorriente, contra los límites de lo posible que impone la despiadada realidad. Como la historia de Giselle, una campesina que solo quería bailar, pero que fue aplastada por su entorno hasta la muerte. Y que, como “la Compañía, que como todo el Teatro ha tenido que ser el Ave Fénix muchas veces”, dice De Mitri, se eleva y trasciende por amor.
La obra romántica será interpretada por el Ballet Estable y y la Orquesta Estable, conducida por Luis Belforte, con Julieta Paul y Melisa Heredia como Giselle y Bautista Paraday Miguel Ángel Klug como Albrecht para estas primeras tres funciones, en versión montada y adaptada por Martín Miranda, a quien la coreografía le llegó a través de su maestra, Tatiana Fesenko.
“Fue Marius Petipa quien rescató del olvido la genial coreografía de Jean Coralli y Jules Perrot, la que, a pesar del gran éxito obtenido en su tiempo, había dejado de representarse en los teatros europeos”, dice Miranda sobre la versión que su maestra, ex estrella del ballet ruso, artista emérita de Rusia y profesora de repertorio, le legó: “Fue ella la que me transmitió el estilo coreográfico de ‘Giselle’ y a tener vigente el espíritu del romanticismo, con sus valores filosóficos, con sus claves y sus secretos”.
“La clave principal del romanticismo es que los valores humanos y espirituales siempre son superiores a los materiales. Es por eso que en esta obra una campesina sin fortuna material puede trascender las fronteras de la muerte y ser un alma elevada, sentir amor puro y enfrentar las dificultades de ese mundo oscuro en el cual las leyendas dicen que las novias han quedado atrapadas, que no pueden evolucionar. Ella puede enfrentarlo, desafiarlo y ayudar a su amado que ha vuelto arrepentido a permanecer vivo hasta el amanecer siguiente”, explica Miranda.
“Una sociedad civilizada y culta no puede ni debe prescindir de este alimento: podemos tener físicos muy sanos y almas famélicas. Por eso es muy importante que el Estado sostenga todas las expresiones artísticas y culturales
Para él, la belleza de “Giselle” y su carácter atemporal están relacionados no sólo a “la belleza de su música y su coreografía”, sino a la vigencia de estos valores: “¿Quién no ha sentido amor puro alguna vez en su vida, quién no ha tenido que afrontar las dificultades de promesas incumplidas, engaños, compromisos sociales de los que no se puede escapar? Por eso, a la hora de tomar una decisión de vida, muchas veces prevalece lo material, lo exterior, en detrimento de lo espiritual y del amor verdadero”, afirma, y por eso “el amor, la verdad, la pureza, la fidelidad, son valores que siempre queremos que sean evocados a través del arte, para reafirmalos y alimentarnos espiritualmente”.
“El arte es alimento espiritual”, opina en ese sentido: “el ser humano se compone de un cuerpo y de un espíritu, de la materia y lo etéreo. Y así como alimentamos nuestro cuerpo con los alimentos más saludables que podemos proveernos y nos procuramos abrigo y descanso, nuestra alma y nuestro espíritu necesitan alimento, y el alimento mejor que podemos ofrecerle es la naturaleza y el arte”.
Allí, dice Miranda, reside el valor de continuar esta cruzada “cuesta arriba” que es el arte: “Una sociedad civilizada y culta no puede ni debe prescindir de este alimento: podemos tener físicos muy sanos y almas famélicas. Por eso es muy importante que el Estado sostenga todas las expresiones artísticas y culturales, porque no hay otra manera de sostenerlo, con todo el esplendor que se puede hacer en el Argentino. Siempre es difícil y es cuesta arriba, pero también siempre es un incentivo inagotable la capacidad artística de los elencos, las ganas de evolucionar, de hacer las cosas bien, de afrontar las dificultades con lo mejor que se puede. Es muy gratificante ver que todos ponen lo mejor de sí para llevar adelante una temporada con excelencia”.
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“Tenemos la suerte de tener algo excelente”, concuerda De Mitri, quien ponderó “la calidad de maestros y de ensayos que se tiene”, su principal propuesta al arribar en 2016 y que “pude garantizar, aunque otras cuestiones se escaparan”.
“Entiendo que la Compañía también lo vive así. Siento que la Compañía está contenida artísticamente”, cuenta De Mitri, que con el entusiasmo del “alto nivel de los espectáculos ofrecidos” programó para esta temporada un ambicioso menú, que incluía como apertura a “Dafnis y Cloe” (que ahora cerrará el año, en diciembre), y como cierre, “Raymonda” (se presentará en octubre).
“Raymonda”, con música de Alexander Glazunov y coreografía de Marius Petipa (también con reposición de Martín Miranda), es el último ballet imperial: “A fines del siglo XVIII, cuando los zares en Rusia patrocinaban las artes, el ballet era su arte predilecto. Petipa desarrolló durante muchos años en el Teatro Mariinski de San Petersburgo su carrera y dejó el patrimonio coreográfico que hasta la actualidad se conoce: y ‘Raymonda’ fue su última gran obra”, cuenta Miranda.
Y debido a su linaje, “requiere de un gran despliegue escenotécnico, producción, cantidad de bailarines, una música riquísima y una historia medieval que sirve de contexto para un despliegue coreográfico brillante y que pone a prueba a las compañías del mundo: esa es una de las razones por las que muy pocas veces se hace, porque no hay tantos teatros que puedan afrontar semejante nivel de producción. Hay que tener una compañía grande, un escenario grande. Para hacer ‘Raymonda’ tiene que ser algo aproximado a lo que fue ese último ballet imperial: para hacerlo empobrecido es mejor no hacerlo”, dice sobre la apuesta en que se ha embarcado, redoblando la apuesta ante la adversidad, el Ballet del Argentino en su 70° temporada.
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