Escribe Monseñor DR. JOSE LUIS KAUFMANN
Queridos hermanos y hermanas.
El décimo Mandato de la Ley de Dios desdobla y completa el noveno. Es la palabra del Decálogo que prohíbe la codicia del bien ajeno: “No codiciarás la casa de tu prójimo... ni ninguna otra cosa que le pertenezca” (Ex 20, 17). “...ni desearás su casa, su campo, su esclavo, su esclava, su buey, su asno, ni ninguna otra cosa que le pertenezca” (Deut 6, 21).
“El décimo Mandamiento prohíbe la avaricia y el deseo de una apropiación inmoderada de los bienes terrenos. Prohíbe el deseo desordenado nacido de la pasión inmoderada de las riquezas y de su poder. Prohíbe también el deseo de cometer una injusticia mediante la cual se dañaría al prójimo en sus bienes temporales. Cuando la Ley nos dice: ‘No codiciarás’, nos dice, en otros términos, que apartemos nuestros deseos de todo lo que no nos pertenece. Porque la sed del bien del prójimo es inmensa, infinita y jamás saciada, como está escrito: ‘el ojo del avaro no se satisface con su suerte’ (Eclesiástico, 14,9)” (Catecismo, 2536).
“El décimo Mandamiento prohíbe la avaricia y el deseo de una apropiación inmoderada de los bienes terrenos”
Este precepto divino exige que, del corazón humano, se elimine el pecado capital de la envidia, que tiene su manifestación en la tristeza que se experimenta ante el bien del prójimo y el deseo desordenado de quitárselo. Este delito se combate mediante la benevolencia, la humildad y la confianza en la Providencia de Dios. Para ser coherente con los designios de Dios es necesario poseer un espíritu de verdadero desprendimiento de las riquezas temporales. Quienes las tienen, en mayor o menor importancia, nunca deberán dejarse esclavizar por ellas, antes bien, por el contrario, han de saberlas administrar según la justicia y la caridad. Aquellos que no viven en la abundancia pero tienen lo suficiente tampoco deberán empeñarse desordenadamente en acumular. En todo caso, “¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?” (Mt.16, 26)
La vida humana no es para tener cosas... no se trata de tener sino de ser. Las riquezas no pueden hacer feliz a nadie. La prueba es evidente cuando se piensa en el final, muchos veces trágico, de tantos ricos y poderosos que, en realidad, fueron tan pobres que sólo tuvieron riquezas. Una expresión popular, acuñada como sentencia lapidaria, proclama que “La mortaja no tiene bolsillos”.
Cuando el ser humano es normal y equilibrado busca la verdadera felicidad y se aparta del apego desordenado a los bienes de este mundo. San Gregorio de Nisa afirma que: “La promesa de ver a Dios supera toda felicidad. En la Sagrada Escritura, ver es poseer. El que ve a Dios obtiene todos los bienes que se puede pensar”
Quien tiene a Dios no carece de nada, aunque viva en la indigencia, porque el Amor del Señor nunca abandona a sus hijos fieles.
Jesús nos ha dejado el ejemplo de su vida, no sólo para que la admiremos sino para que lo imitemos, recordando siempre que “Allí donde esté tu tesoro, estará también tu corazón” (Mt 6, 21). Dios te ama infinitamente, ¿qué más quieres? Para alcanzar una mayor comunión con Dios, los cristianos mortifican sus concupiscencias y, con la ayuda de Dios y la intercesión de la Virgen Santísima, son capaces de vencer las seducciones del placer y del poder, que tanto mal pueden hacer.
SUSCRIBITE a esta promo especial